Sobre Las palabras que debo decir

Por: Willard Díaz

PRÓLOGO

Uno de los problemas principales de vivir en Perú, en el plano simbólico, radica en la notoria incoherencia de nuestros discursos identitarios. En el plano material son otros los problemas: un sistema de producción mañosamente anticuado, dependiente como el peor, unas condiciones de trabajo míseras, ingresos abismalmente desiguales, etc.; pero en el campo simbólico parece unánime el opinar que no logramos un mínimo acuerdo entre lo que pensamos, lo que queremos y lo que hacemos.

El objeto del que se ocupa “Las palabras que debo decir” es, evidentemente, discursivo. El libro que nos entrega en esta ocasión Miguel Ángel Huamán va más allá de sus ocupaciones comunes en el campo literario, donde ha navegado con reconocida maestría. Se aleja de ese campo seguro para explorar ahora el campo discursivo de nuestro ser social y en especial el discurso identitario nacional. Lleva con él para esta empresa su variada caja de herramientas adquirida con el tiempo. Haciendo gala de un sano eclecticismo MAH usa no solo elementos del psicoanálisis lacaniano y la pragmática lingüística, como declara al ingreso, sino del análisis del discurso, la semiótica peirciana, la historia y demás.

Esta estrategia del autor suscita unas palabras. Durante las últimas décadas en los Departamentos de Literatura de las universidades peruanas se ha producido una importante modernización. Años atrás el eje teórico metodológico universitario fue el materialismo dialéctico en todas sus variantes, desde el Foro de Yenán hasta la sociología de la literatura; etapa cuyo aporte fue un historicismo antirretórico saludable, pero cuya debilidad estuvo en el tratamiento de la forma literaria y de naturaleza de la ficción. Vino luego la ola estructuralista que volvió la mirada hacia el texto en todas sus acepciones, incluidas la posmoderna y la fenomenológica. Solo desde finales del siglo XX ha sido posible un balance de los aportes de cada escuela y su aplicación mesurada a los objetos literarios e incluso a los discursivos.

No ha sido un desarrollo unánime, hay quienes usan el materialismo dialéctico hoy como si no hubiera pasado el tiempo; tampoco ha sido muy creativo, es verdad. Pero, de todos modos, ya no se puede leer hoy la literatura, desde la academia, como se hacía en los años 70 del siglo pasado; la especialización en las teorías contemporáneas, sea el psicoanálisis lacaniano, la pragmática, los estudios culturales, los estudios poscoloniales o la nueva retórica, ya ha hecho su trabajo innovador. Ahora parece más sensato emplear toda la batería teórica, metodológica y crítica sin dogmatismo y con mesura. El eclecticismo, mal visto hace medio siglo, tiene tal vez hoy su momento.

En cuanto al tema, Miguel Ángel Huamán lo ilustra con una imagen bastante clara: “La gran paradoja radica en que, generalmente, quien hace escarnio de un “indio” o “cholo” es él mismo un típico andino; el que injuria a un “blanquiñoso” o “pituco” se tiñe el pelo de rubio, y a la chica que denuesta de un “moreno” o “zambo” le fascina la música negra”. De una parte hay una gran necesidad de afecto, de vida familiar, amical y comunal; y de otra, un impulso hacia la desunión, el desprecio y la incomunicación con el otro. La raíz de esta paradoja la rastrea el autor en un trauma antiguo, anterior incluso al horizonte inca, dado por la diversidad de culturas, lenguas y condiciones materiales de existencia que la contrastada geografía nacional produjo; trauma que se repite y ahonda con la invasión española y que la modernidad repite una vez más como síntoma de los tiempos. Trauma que penetra, según el autor, en la lengua (o las lenguas nacionales) y se expresa en términos edípicos de marcada oralidad.

Es pues en el lenguaje, en los signos, donde rastrea MAH los rasgos de dicha paradoja. En el habla y la conversación, pero sobre todo en la escritura: sin quererlo y sin saberlo a veces “usamos el lenguaje para excluir y postergar por motivo de origen, raza, sexo, idioma, religión, opinión o condición económica”, afirma. No solo en el lenguaje, es cierto, se presenta la paradoja, sino en todo medio de comunicación e interacción entre nosotros se reproduce el sentido catastrófico: “Lengua, escritura, educación, deporte, arte o música, toda práctica significante termina enajenándose de sus sujetos y produce efectos contrarios a sus intenciones inherentes”. En el estudio de esta “matriz cultural” Huamán se ocupa, luego del prólogo, en especial del discurso y de la escritura.

Frente a estas evidencias, lo novedoso, la hipótesis que lanza al debate Huamán en “Las palabras…” es que “poseemos una identidad forcluida, es decir, la imagen de nosotros se muestra como un caso de representación que, expulsada de lo simbólico, reaparece violentamente en lo real. Esta forclusión colectiva, por la cual separamos de nuestro universo simbólico a quienes son como nuestros semejantes y miembros de nuestro propio cuerpo social, constituye el mecanismo detrás de la paradoja aludida del uso de los medios para la comunicación que deviene en lo contrario. Esta antinomia entre afectividad y comportamiento, que nuestra contradictoria relación con los signos permite apreciar, explicita la paranoia de la aparente carencia de una identidad”.

Solo así se entiende, dice el autor, la persistencia traumática de la desunión, del desencuentro. Forclusión. Negación radical de un trauma que se repite y se repite, “hiancia, agujero, abertura, ausencia de causa, huella o llaga simbólica”.

Osado uso de la categoría aplicada al trauma nacional que los psicoanalistas discutirán tal vez, constituye no obstante un intento de explicar la paradoja nacional.

Si hay forclusión, infiere Huamán, entonces es posible proponer una salida. Lo forcluido impide la formación de lo simbólico, de la Ley, por eso no aceptamos el principio de Realidad, esto es, la necesidad de acuerdos para sobrevivir armoniosamente en el país. Luego, es necesaria una transferencia por parte del crítico, hay que decir las palabras justas, necesarias para “propiciar las condiciones para que se funde una tradición de diálogo en nuestra formación social. Ello supone un principio con dos énfasis simultáneos y sucesivos: vocación de escucha, que implica reconocer en la práctica a nuestros semejantes como interlocutores, y convicción de entendimiento, que supone deseo de expresar aquello que permita la solidaridad con los otros, incluso cuando ellos son diferentes a lo que somos”.

Las palabras que debo decir serán por lo tanto críticas y a la vez humanistas: Agonismo en vez de antagonismo, diálogo dialéctico en lugar de conversación de sordos: esa es la propuesta del ensayo de Huamán para lograr cierta identidad nacional.

¿Cómo se podría alcanzar esa salida?, ¿cuál es el método?, se pregunta responsablemente Huamán. La respuesta viene en dos etapas: el análisis de las “imágenes del cuerpo social” que han construido algunos textos críticos paradigmáticos, y luego confrontar las representaciones inconscientes con las especulares, espacio en el cual se genera el conflicto. “Solo así podremos reconciliarnos con nuestros síntomas y aceptar el deseo oculto en nuestros fantasmas”, señala como su fin el autor.

Se trata pues de buscar en textos de intención crítica no lo expresamente dicen sino los “silencios o amnesias que el analista puede llegar a descifrar, captar o traducir para hablar o decir las palabras que debe decir si pretende lograr la superación consciente de los traumas sociales inconscientes”.

El propósito del ensayo de Miguel Ángel Huamán es, en suma, proponer la solución armónica, identitaria, de la tensión entre un querer y un hacer nacional; entre el cuerpo social inconsciente y el cuerpo social real.

El punto de quiebre lo halla en el momento de la invasión española que trajo consigo una tecnología de lenguaje diferente, la escritura. Dos tradiciones se superponen y se distinguen, una dominando a la otra, que resiste. Se separaron entonces “los que buscaban apropiarse de la escritura para utilizarla en una estrategia defensiva y de conservación de la cosmovisión indígena (escritura de la apropiación), y aquellos que se adscribieron al poder que encarnaba con la asunción ideológica que su práctica implicaba (escritura de la adscripción)”.

Finalmente, el libro nos ofrece tres sesudos ensayos de análisis e interpretación de textos y momentos paradigmáticos del proceso disidente de nuestra identidad; y saca las respectivas conclusiones.

Una virtud adicional del trabajo de Huamán radica en la elección del género de su texto: ensayo. En tiempos en que por ley hay que pensar con el rigor de la ciencia y con algún aporte material en la mira el ensayo —que quiere plantear preguntas y sugerir hipótesis, que trata de persuadir a los lectores sobre la conveniencia de la aplicación de algún principio o norma a fin de mejorar las relaciones humanas, que hace despliegue de la subjetividad del autor y de sus buenos deseos más que un conocimiento científico y su demostración argumentativa—, es hoy el mejor vehículo para el ejercicio del humanismo, como lo fue en sus orígenes con Montaigne.

Como los lectores podrán ver, hay varias cosas que discutir en estos análisis, pero entiendo que ese es el propósito de Huamán, ensayar una lectura colectiva de fenómenos y procesos que comprometen nuestra convivencia nacional, anhelada y negada al mismo tiempo, como señala el autor.

En momentos en los que la desunión, la incomunicación y la incomprensión amenazan más que nunca la estabilidad y aun la supervivencia; en que el problema de la identidad y la falta de ella se materializan de maneras dramáticas, este libro nos ofrece un espacio de reflexión, de introspección y de esperanza que bien vale la pena explorar.

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