Una artivista social arequipeña

Por: Yuddy Gallegos Zamata

 El arte contemporáneo se caracteriza por su fuerte polisemia, sin embargo en muchos aspectos de su proceso hace vívido el aquí y ahora, reverberando especialmente el contexto sociocultural y político de nuestras sociedades. Pero, además, es subjetivo pues expresa en un lenguaje universal nuestras emociones y apotegmas, buscando estrechar un vínculo sempiterno con nuestra percepción sensorial.

En medio de este contexto vale la pena develar un término que es necesario emplear: el Artivismo.

La contracción de las palabras “arte” y “activismo” da como resultado el término “Artivismo” referido a las actividades artísticas que se ejecutan con el propósito de promover un cambio en la sociedad. Las vanguardias artísticas del siglo XX como el dadaísmo, futurismo y surrealismo podrían ser los orígenes del artivismo. Según Valdivieso el videoarte, el arte conceptual, la performance son elementos esenciales que provocan la desmaterialización del objeto artístico. Esto nos invita a ver los conceptos de arte contemporáneo fundamentalmente como intención de proyectarse en la sociedad, rompiendo los límites del lienzo, alcanzando y deconstruyendo la idea del espacio en el arte con la finalidad de calar aún más en la gente.

Las obras con intención artivista actúan sobre una sociedad con necesidades y expresan su disconformidad ante un amplio espectro de desigualdades e injusticias que atraviesan la columna vertebral de la estructura social (Art Madrid, 2021). La sociedad y la cultura peruana con sus particularidades e hitos en su historia ha sido fuente de estímulo para los artistas contemporáneos, dando paso al uso del artivismo en su mensaje y su metáfora, como es el caso de la instalación “Flores de Cantuta” del artista peruano Ricardo Wiesse donde se buscó sensibilizar sobre los asesinatos cometidos durante el gobierno de Fujimori. En 1995 se intervinieron los cerros de Cieneguilla con siluetas monumentales de diez flores de cantuta, una por cada víctima del caso La Cantuta. Un año después se descubrió que Cieneguilla había sido el sitio final de las sepulturas clandestinas de los universitarios. Las flores rojas vibraban en la periferia limeña, no sólo como homenaje, sino como furiosa denuncia.

Con todo esto, ¿existen artistas arequipeños que podamos considerar que lleven en su trabajo destellos de artivismo contemporáneo? ¿Cómo se está llevando el desarrollo del arte contemporáneo en la ciudad blanca? ¿Su impacto social ayuda a la difusión del mismo?

El arte contemporáneo tiene la posibilidad de engendrar ideas que vinculan y conmueven. Alain Badiou en su ensayo “Condiciones del arte contemporáneo” expresa que la ambición y propósito del arte contemporáneo es crear “arte viviente”, considerando fundamental los efectos que produce: el arte no será un espectáculo, ni una detención del tiempo, más bien será lo que compromete en el tiempo mismo y produce efectos en el tiempo. La obra contemporánea se dirige hacia una acción que polemiza y modifica al receptor, incluso existe la intención de generar una transformación de carácter subjetivo, a la vez que es una atestación viva de la vida, preocupada por lo inmediato. Según Badiou, el arte contemporáneo no sugiere una contemplación sino una transformación.

Actualmente el arte contemporáneo en la Ciudad Blanca es víctima de una lenta asimilación cultural. Algunos consideran que se salió de control y necesita de las paredes de un museo para existir, o, como diría Avelina Lesper: “Es una estética vacía envuelta en grandes intenciones”. Recordemos que en el siglo XX los artistas que venían de una formación tradicional, al ver una obra de Picasso naturalmente la encontraban desagradable, por lo que tuvieron que pasar años para encajar esta nueva forma de expresión y crear la categoría de arte moderno. A finales de los 60, Marina Abramović sufrió de este mismo desprecio, generando polémica en su obra; tuvo que esperar varios años para transmutar el rechazo hacia en parte de la cultura, dentro de otra nueva categoría: el arte contemporáneo.

La sociedad arequipeña vive en carne propia este lento proceso de asimilación cultural, promoviendo a cuentagotas espacios para los artistas nacientes quienes apuestan por lo contemporáneo. No solo por ser una nueva forma de expresión en la ciudad que permite la exploración de materiales, dimensiones y espacios, sino también por el nivel de sensibilidad y metáfora que permite evocar sucesos como parte de nuestra identidad e historia cultural. Dentro de estos impulsos para revalorar el arte en la ciudad podemos destacar el trabajo de diversos arequipeños como es el caso de la artista visual multidisciplinaria Nereida Apaza Mamani, de Miguel Cordero, de Raúl Chuquimia, entre otros artistas destacados.

Nereida Apaza Mamani mediante una expresión poética busca sensibilizar y transmitir su manera de entender el mundo y su insondable interior, al mismo tiempo que plasma una crítica clarificada, cuestionando las narrativas que a través de la historia han predominado en el sistema estatal de educación en nuestro país. En la muestra “Historia doméstica del Perú” realizada en el 2020, se dispuso a recuperar de una manera directa la figura de un personaje de la historia peruana como es Micaela Bastidas. En ella nos invita a debatir la repetición y normalización que le damos a la violencia de género. Nereida expresa su deseo de recuperar nuestros orígenes mediante cuadernos bordados a mano, simulando los formatos escolares que eran repartidos en una época de gran recesión económica como fue el gobierno de Alan Garcia. Nereida sostiene: “Mis cuadernos bordados son el resultado de “ese tipo de educación” que recibí pero que de forma subversiva voy haciendo en ellos lo que yo considero importante para vivir: el uso de la imagen y la palabra como expresión, como arte”. Por medio de los “cuadernos populares” es que esta artista da forma a su mensaje, el cual podría considerarse como artivista.

Nereida coloca en el ojo del huracán, la amnesia colectiva presente en la sociedad, que durante todos estos años hemos olvidado en demasía muchos nombres y sucesos fundamentales referidos a la creación y consolidación de nuestra patria; pero sobre todo pone en tela de juicio la invisibilidad que se le ha dado a la mujer durante el proceso de emancipación, los grandes aportes al desarrollo del pensamiento, a la ciencia y al arte en general. Apaza critica cómo el rol de la mujer durante la historia del Perú ha sido prácticamente mutilado, parcializado y escrito con una pluma patriarcal que la ha ignorado y discriminado durante todos estos años.

Es una gran deuda moral el valorar la participación de la mujer en la construcción de nuestra historia, donde el ninguneo a su rol ha quedado grabado en la memoria colectiva de las jóvenes arequipeñas de diversos colegios estatales. Mientras nos enseñan imágenes como la de Micaela Bastidas rompiendo cadenas, las jóvenes arequipeñas son sometidas a una educación donde el mayor valor es ser sumisa y la discriminación es una triste realidad a la que no se le debe combatir. Esta educación que se jacta de crear valores no corresponde a la formación de seres humanos libres e iguales, es por esto que Nereida siente la necesidad de evitar que todas estas nuevas generaciones no olviden algunos pasajes de nuestra historia, y eso vale llamarla artivista del arte contemporáneo.

Cada vez son más los artistas contemporáneos tanto en Arequipa como en el Perú que suman a sus procesos artísticos un impacto social, transformando sus obras en elementos pragmáticos, lo que podría conectarnos más al arte, sintiéndonos parte del mensaje que encierran estas expresiones artísticas.

Finalmente, podemos decir que el arte contemporáneo arequipeño se encuentra en constante evolución, apoyado por diversas formas de expresión y tecnologías que abren nuevos canales de comunicación y creación. Y dentro de sus conceptos se puede interpretar el uso del artivismo, muchas veces tácito, pero siempre presente, al ver en su entorno directo una fuente de inspiración personal que enlaza los conceptos arte y sociedad, tanto en la escena arequipeña, como nacional e internacional.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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