Cuento: Los asesinos, versión arequipeña

Por: Ernest Hemingway y Oswaldo Chanove

La puerta del Bangú estaba abierta y entraron dos hombres. Ambos se acomodaron junto a la barra.

—¿En que puedo servirlos? —preguntó Jorge.

—No sé… —dijo uno de los hombres— ¿Tú, Alfonso, qué quieres comer?

—No sé —dijo Alfonso—. No sé que mierda quiero comer.

Afuera estaba oscureciendo. La luz de la calle se filtraba a través de la ventana. Los dos hombres leían el menú. Nicolás, desde el extremo opuesto de la barra, los observaba.

—Sírveme un estofado de gallina, pero con dos piernas, y nada de camote, y nada de papas. Eso sí, bastante arroz —dijo el primer hombre.

—Eso no está listo todavía.

—¿Entonces por que mierda lo pones en la carta?

—El estofado de pollo es de la comida —explicó Jorge— Se lo puedo servir a las seis en punto.

Jorge miró el reloj colgado en la pared.

—Son las cinco en punto.

—El reloj dice cinco y veinte —dijo el segundo hombre.

—Está adelantado.

—A la mierda con el reloj —dijo el primer hombre— ¿Qué tienes para comer?

—Tenemos todo tipo de sánguches —dijo Jorge—. Sánguches de salchicha, sánguches de pierna de chancho, de jamón con huevo, de mortadela, de queso, de palta, de aceituna. También  puedo ofrecerles uno de churrasco…

—Yo quiero un ceviche mixto, pero sin pescado, sólo marisco, y además no le pongas nada de cebolla.

—Eso es del almuerzo.

—Todo lo que nosotros queremos es del almuerzo o de la comida ¿ah? ¿Esa es tu manera de chambear?

—Puedo ofrecerles un churrasco con su encebollado.

—¿Pero está listo el arroz?

—No

—No me jodas entonces. Sírveme nomás un sánguche de pierna de chancho. Pero échale bastante sarza de cebolla. ¿Tienes sarza de cebolla?

—Sí

—¡Ah!

—Yo quiero un sánguche de salchicha —dijo el hombre llamado Alfonso. Su rostro era pequeño y colorado y tenía unos labios delgados, apretados. Llevaba un sombrero oscuro y su casaca era de las que se abotonaba oblicuamente a través del pecho. Los dos hombres eran aproximadamente del mismo tamaño y su ropa era muy parecida, ajustada, con el vientre luchando por rebasar el borde de la correa. Sin embargo sus rostros eran de corte diferente. Ambos estaban inclinados hacia delante, con los codos apoyados sobre la barra.

—¿Qué tienes para tomar?

—Cerveza, Coca Cola, Fanta, Cola Escocesa, Socosani —dijo Jorge— También hay chicha morada.

—Lo que quiero decir es si tienes algo de tomar…

—Sólo eso.

—En esta ciudad uno sí que la pasa de la puta madre —dijo el otro— ¿No?

—No nos podemos quejar.

—Oíste eso —dijo Alfonso mirando a su amigo.

—No —dijo el amigo.

—¿Qué hacen aquí por las noches? —preguntó Alfonso.

—Ellos se comen la comida —dijo su amigo— Vienen en fila y se dan una panzada.

—Sí —dijo Jorge.

—¿O sea que no nos equivocamos? —preguntó Alfonso.

—No.

—Tú eres un gran pendejo ¿No es cierto?

—Sí —dijo Jorge.

—Sí, seguro —dijo el otro hombre— ¿Y éste qué es?

—Ese es un sonso —dijo Alfonso. Se volvió hacia Nicolás—. ¿Cómo te

llamas?

—Odam.

—Otro pendejito —dijo Alfonso— Oye Máximo, ¿No es éste un pendejo?

—Esta ciudad esta llena de pendejos.

Jorge puso dos platos sobre el mostrador, uno con el sánguche de salchicha y el otro con el de pierna de chancho. Alistó también un platillo con sarza de cebolla y un salero. Luego cerró la ventanilla dentro de la cocina.

—¿Cuál es el suyo? —le preguntó a Alfonso.

—¿No te acuerdas?

—El de salchicha.

—Nada más y nada menos que un pendejo —dijo Máximo. Estaba inclinado hacia delante y mordía su sánguche de pierna de chancho. Los dos hombres comían con los guantes puestos. Jorge los miraba comer.

—¿Qué estás mirando? —dijo Máximo con los ojos clavados en Jorge.

—Nada.

—Sí, huevón. Tú me estás mirando a mí.

—Seguro que el pata sólo se estaba pajeando, Máximo —dijo Alfonso.

Jorge se rio.

—¿Y tú de qué te ríes? —le dijo Máximo— Te gusta reírte de todo, ¿no?

—Esta bien —dijo Jorge.

— Así que éste piensa que todo está bien —dijo Máximo mirando a Alfonso— Este piensa que todo está como la puta madre. Está buena la cosa.

— Es que le gusta pensar. Seguro que es un filósofo el conchasumadre —dijo Alfonso. Los dos hombres siguieron masticando sus respectivos sánguches.

—¿Cuál es el nombre del pendejo ese que está allá? —preguntó Alfonso dirigiéndose a Máximo.

—Oye, pendejo —le dijo Máximo a Nicolás—, da la vuelta a la barra y ponte a lado de tu enamorado.

—¿Cuál es la idea? —preguntó Nicolás.

—No hay ninguna idea.

—Tú mejor anda nomás pendejito —dijo Alfonso. Nicolás fue hasta el extremo de la barra y pasó al otro lado.

—¿Cuál es la idea? —preguntó Jorge.

—Nada que sea de tu incumbencia, patita —dijo Alfonso— ¿Quién está en la cocina?

—El Cholo.

—¿Qué quieres decir con el Cholo?

—El cholo que cocina.

—Dile que venga.

—¿Cuál es la idea?

—Dile que venga.

—¿Dónde piensas que estás?

—Oye huevón, ¿Qué crees, que no sabemos dónde estamos? ¿Es que tenemos cara de cojudos o qué?

—Deja de hablar huevadas —le dijo Alfonso— ¿Qué mierda te pones a discutir con este? Escucha —le dijo a Jorge—, dile al cholo que salga.

—¿Qué van a hacer con él?

—Nada. Usa tu cabeza, pendejo. ¿Qué querríamos hacer con un cholo?

Jorge abrió la rendija que comunicaba con la cocina.

—Samuel —llamó—, ven aquí un ratito.

La puerta de la cocina se abrió y el cholo salió.

—¿Qué pasa?

Los dos hombres lo observaron.

—Muy bien, cholo, tú tranquilo nomás —le dijo Alfonso.

Samuel, el cholo, permaneció con su mandil sucio, mirando a los dos hombres sentados contra la barra.

—Sí, señor —dijo.

Alfonso bajó de su taburete.

—Yo voy a entrar a la cocina con el cholo y el pendejito —dijo—. Vuelve a meterte, cholo —ordenó—. Y tú anda con él, pendejito.

El pequeño individuo caminó detrás de Nicolás y del cocinero. La puerta se cerró detrás de ellos. El sujeto llamado Máximo se sentó junto a Jorge, en la barra. No lo miraba, pero sus ojos estaban clavados en el espejo que había detrás del counter. El local había sido diseñado como un bar dentro de un restaurante.

—Muy bien, pendejo —dijo Máximo, mirando en el espejo— ¿Por qué no dices algo?

—¿Por qué es todo esto?

—Oye, Alfonso —llamó Máximo— el pendejo quiere saber por qué todo esto.

—¿Por qué no se lo dices? —la voz de Alfonso vino desde la cocina.

—¿Tú qué crees?

—No sé.

—Di nomá, ¿Qué piensas?

Máximo miraba al espejo mientras hablaba.

—No sabría decir.

—Oye, Alfonso, el pendejo dice que no sabría decir que piensa de todo esto.

—Estoy escuchando, imbécil —dijo Alfonso desde la cocina. El había puesto una botella de ketchup para mantener abierta la ventanilla por la que se solía pasar los platos—. Escucha, pendejo —dijo desde la cocina dirigiéndose a Jorge—, párate un poco más allá. Y tú Máximo muévete un poco a la izquierda — parecía un fotógrafo dando indicaciones para tomar un grupo de familia.

—Dí, nomá, pendejo —insistió Máximo— ¿qué crees que va a pasar?

Jorge no dijo nada.

—Te lo voy a decir —dijo Máximo— Vamos a meterle un cohete al gringo. ¿Conoces al gringo?

—Sí.

—Viene aquí todas las noches por su combo ¿Nocierto?

—A veces viene.

—Se aparece siempre a las seis en punto ¿Nocierto?

—Si viene.

—Nosotros sabemos todo, pendejo —dijo Máximo—, hablemos de otra cosa. ¿Te gusta ir al cine?

—De vez en cuando.

—Deberías ir más al cine. Las películas son buenas para un pendejo como tú.

—¿Por qué quieren matar al Gringo? ¿Qué les ha hecho?

—No ha tenido la oportunidad de hacernos nada. El nunca nos ha visto.

—Pero ahora nos va a ver. Nos va a ver una sola vez —dijo Alfonso desde la cocina.

—¿Entonces por qué quieren matar al Gringo? —insistió Jorge.

—Un encarguito de un amigo. Sólo un encarguito, pendejo.

—Cállate, imbécil —dijo Alfonso desde la cocina—, estás hablando como una cotorra.

—No te paltees, sólo estamos hueveando ¿nocierto pendejo?

—Hablas como una cotorra —dijo Alfonso—, el cholo y mi pendejito están pasándola de lo lindo ellos solitos. Los tengo aquí juntitos como dos enamoraditas en un internado.

—¿Se supone que estuviste en un internado?

—Tú no sabes nada.

—Tú estuviste en un internado para curas. Tu fuiste un seminarista.

Jorge miró hacia el reloj de pared.

—Si alguien viene dile que el cocinero está enfermo y que si quieren regresen más tarde, diles que tú te meterás a la cocina y les harás su comida. ¿Puedes decirles eso, pendejo?

—Esta bien —dijo Jorge— ¿Qué van a hacer con nosotros, después?

—Eso depende —dijo Máximo— Esa es una de esas cosas que tú nunca sabrás antes de tiempo.

—Jorge miró hacia el reloj. Eran las seis y cuarto. Un chofer entró.

—¿Y? Jorge —dijo— ¿Ya esta la comida?

—Samuel ha salido —dijo Jorge—, regresará en una media hora.

—Entonces mejor me doy una vueltita —dijo el chofer. Jorge miró el reloj. Eran las seis y veinte.

—Te pasaste, pendejo —dijo Máximo—. Eres todo un caballerito.

—Lo que pasa es que sabía que podíamos volarle la casposa —dijo Alfonso desde la cocina.

—No —dijo Máximo—, no es eso, este pendejo es un buen chico. Me cae bien.

A las seis y veinticinco Jorge dijo:

—No va a venir.

Otros dos clientes habían aparecido en el restaurante. En una ocasión Jorge tuvo que meterse a la cocina para preparar un sánguche de jamón y huevo “para llevar” que un hombre le había reclamado. Dentro de la cocina vio a Alfonso, su gorra alzada sobre el mechón de cabello que le rebasaba la frente, sentado en un taburete junto a la ventanilla, con su pistola de cañón recortado apoyada en el anaquel. Nicolás y el cocinero estaban en una esquina espalda contra espalda; un trapo les tapaba la boca. Jorge preparó el sánguche, hizo un paquete con papel mantequilla, lo puso en una caja de cartulina y se lo llevó al cliente que se fue inmediatamente.

—Este pendejo puede hacer de todo —dijo Máximo—. Puede cocinar y todo.

—¿Sí? —dijo Jorge— Tu amigo el gringo no va a venir.

—Démosle unos diez minutitos más —dijo Máximo.

Máximo miró el espejo y el reloj. Las manecillas del reloj marcaban las siete en punto y luego las siete y cinco.

—Vamos, Alfonso —dijo Máximo—, mejor nos vamos, él no va a venir.

—Sólo cinco minutos más —dijo Alfonso desde la cocina.

En esos cinco minutos entró un hombre y Jorge tuvo que explicarle que el cocinero estaba enfermo.

—¿Y por qué mierda no te consigues otro cocinero? —reclamó el cliente— ¿No es esto un restaurante? —luego se fue.

—Vámonos, Alfonso —dijo Máximo.

—¿Y qué hacemos con estos dos pendejos y el cholo?

—No va a haber problema con ellos.

—¿Tú crees?

—Claro. Eso ya está superado.

—No me gusta esto —dijo Alfonso—. Esto es una chambonada. Tú hablas demasiado.

—No jodas —dijo Máximo— Nos hemos estado divirtiendo ¿Nocierto?

—Tú hablas demasiado, de todas maneras —dijo Alfonso. Salió de la cocina. La pistola abultaba notoriamente bajo su apretada casaca. Alisó su ropa con las manos enguantadas.

—Chau pendejo —le dijo a Jorge—, eres un suertudo.

—Eso es la pura verdad —dijo Máximo—. Tú deberías comprarte la Tinka, pendejo.

Los dos hombres avanzaron hacia la puerta y salieron. Jorge los miró, a través de la ventana, pasar bajo el arco de luz y cruzar la calle. En sus apretadas casacas y con sus sombreros parecían un dúo de músicos listos para interpretar “La flor de la canela”. Jorge regresó entonces, empujó la puerta de vaivén, entró a la cocina y desató a Nicolás y al cocinero.

—A mí no me vuelven a amarrar —dijo Samuel, el cocinero—. A mí no me vuelven a tocar.

Nicolás se paró. Nunca antes nadie le había puesto un trapo en la boca.

—Di —dijo— ¿Qué mierda es todo esto? —estaba tratando de hacer creer que no le importaba lo ocurrido.

—Vinieron a matar al gringo —dijo Jorge—. Vinieron para acribillarlo en el momento en que se sentase a comer.

—¿Al gringo?

—Claro.

El cocinero se tocaba las comisuras de la boca con los dedos.

—¿Y ya se fueron? —preguntó.

—Sí —dijo Jorge—, ya se largaron.

—No me gusta esto —dijo el cocinero—. No me gusta nadita.

—Escucha —le dijo Jorge a Nicolás—, tú mejor anda a buscar al gringo.

—Está bien.

—Mejor no te metas —dijo Samuel, el cocinero—. No tienes nada que hacer ahí.

—Si no quieres no vayas —dijo Jorge.

—Mezclándote en este asunto no vas a conseguir nada —dijo el cocinero—. Es mejor que no te metas.

—Voy a verlo —dijo Nicolás dirigiéndose a Jorge— ¿Dónde vive?

El cocinero dio media vuelta y se alejó.

—Estos patitas siempre se las dan de que saben que es lo que hay que hacer —dijo.

—Vive en San Lázaro, en la pensión Salas —dijo Jorge.

—Ya voy.

Afuera el arco de luz brillaba a través de la desnuda rama de un árbol. Nicolás avanzó por la calle al borde de la pista y dio vuelta en la siguiente esquina. Avanzó a paso ligero cuadra tras cuadra. Dio dos pasos y presionó el dedo en el botón del timbre. Una mujer apareció en la puerta.

—¿Está el gringo?

—¿Quiere verlo?

—Sí, claro, si está.

Nicolás siguió a la mujer por un tramo de las gradas y luego hasta el fondo de un corredor. Ella tocó la puerta.

—¿Quién es?

—Alguien lo busca —dijo la mujer.

—Soy Nicolás Odam.

—Pasa.

Nicolás abrió la puerta y entró. El gringo estaba tirado sobre la cama, completamente vestido. Había sido un boxeador de peso pesado y era demasiado grande para la cama. Yacía con la cabeza sobre dos almohadas. No miró a Nicolás.

—¿Qué pasa?

—Estaba en el Bangú —dijo Nicolás—, y vinieron dos patas y nos amarraron a mí y al cholo y dijeron que iban a matarte.

Lo que dijo sonó como algo tonto cuando lo dijo. El gringo permaneció mudo.

—Nos metieron en la cocina —continuó Nicolás—. Estaban esperando que aparezcas a la hora de la comida.

El gringo miró a la pared y no dijo nada.

—Jorge pensó que lo mejor era que yo venga a avisarte.

—No hay nada que yo pueda hacer —dijo el gringo.

—Puedo decirte cómo son ellos.

—Yo no quiero saber cómo son ellos —dijo el gringo. Miraba a la pared—. Gracias por venir a decirme.

—Esta bien.

Nicolás miró al enorme tipo yaciendo sobre la cama.

—¿No quieres que vaya a buscar a la policía?

—No —dijo el gringo—. Eso sería por gusto.

—¿Hay algo que yo pueda hacer?

—No. No se puede hacer nada.

—De repente es sólo un bluff.

—No, no es sólo un bluff.

El gringo se movió sobre su costado hacia el muro.

—La cosa es —dijo, hablando hacia la pared— que no tengo ganas de salir. He estado aquí todo el día.

—¿No puedes irte de la ciudad?

—No —dijo el gringo—, estoy harto de todo ese ir de un lado para otro. No hay nada que se pueda hacer ahora.

—¿No hay manera de que puedas arreglar las cosas?

—No. Cometí un error —hablaba con la misma voz plana— No hay nada que se pueda hacer. No te preocupes, más tarde de repente me animo a dar una vuelta.

—Mejor será que vaya a ver a Jorge —dijo Nicolás.

—Adiós —dijo el gringo. No miró hacia Nicolás— Gracias por venir hasta aquí.

Nicolás se dirigió hacia la puerta. En el momento de salir vio al gringo yaciendo sobre la cama, completamente vestido, con la vista fija en la pared.

—Ha estado en su habitación todo el día —dijo la mujer cuando Nicolás llegó al primer piso— Supongo que no se siente bien. Yo le dije: “Gringuito, deberías salir y caminar un poco, ha salido un rico solcito”, pero él no quiso.

—No quiere salir.

—Qué pena que esté enfermito —dijo la mujer— Es un pan de Dios. Aunque él antes era boxeador, tú sabes ¿no?

—Sí, claro.

—Yo lo adiviné por su cara —dijo la mujer. Hablaban en el umbral de la puerta de calle—. ¡Es tan buenito!

—Buenas noches, señora Salas —dijo Nicolás.

—Yo no soy la señora Salas —dijo la mujer—. Ella es la dueña de la pensión. Yo sólo me encargo de todo. Soy la señora Campano.

—Claro, buenas noches señora Campano —dijo Nicolás.

—Buenas noches —dijo la mujer.

Nicolás caminó por la oscura callejuela hasta llegar al bien iluminado Campo Redondo. Siguió avanzando con largos trancos y en pocos minutos alcanzó la puerta del Bangú. Jorge estaba adentro, detrás de la barra.

—¿Lo viste?

—Sí —dijo Nicolás—. Está en su habitación y no quiere salir.

El cocinero abrió la puerta de la cocina cuando escuchó la voz de Nicolás.

—No quiero escuchar nada —dijo, y cerró la puerta.

—¿Le contaste todo?

—Claro. Le conté lo que había pasado, pero él ya sabía todo.

—¿Y qué va a hacer?

—Nada.

—Ellos lo van a matar.

—Yo creo que sí.

—Debe haber hecho un entripado en Lima.

—Es lo más probable.

—Todo esto es una mierda.

—Una verdadera mierda.

No dijeron nada más. Jorge tomó un paño y empezó a limpiar la barra.

—Me pregunto qué habrá hecho —dijo Nicolás.

—Traicionar. Ellos matan por eso.

—Creo que me voy a largar de esta ciudad —dijo Nicolás.

—Sí —dijo Jorge—, es lo mejor puedes hacer.

—No puedo soportar pensar que él está allí esperando, tirado en su cama, sabiendo lo que le espera. Me jode.

—Está bien —dijo Jorge—, mejor es no pensar en eso.

 

 

(Revista Apóstrofe, 1. Arequipa 2000)

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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