Tren parte de Tacna

Por: Getty Paco, Tacna.

Presentación de “Último tren al sur” en la Casa Basadre, Tacna.

Terminé de leer “Último tren al sur” hace unos días. La escritora argentina Leila Guerriero contó que hay un cocinero francés, Michel Bras, conocido y respetado a nivel mundial por el estilo creativo de su cocina y por los platos a base de hierbas frescas y flores comestibles. Cuentan que, al atardecer, el cocinero Michel Bras llevaba a los integrantes de su equipo de trabajo a la terraza de su restaurante en la campiña, y les obligaba a permanecer allí hasta que el sol se ocultaba en el horizonte. Cuando terminaba el atardecer, señalaba el cielo y les decía: “Ahora vuelvan a la cocina y pongan eso que han visto en los platos”. Creo que algo parecido ha sucedido con esta selección de cuentos escritos a lo largo de más de un año. La prosa de los doce autores es arriesgada, audaz, resulta fácil a la lectura, es feroz, precisa y no muchas veces lineal (y por eso justamente me gustaron unos más que otros). Por momentos parecen autobiográficos, como si los autores se dejaran ver; pero cuando entramos a cada uno, ellos se acaban de marchar y nos dejaron el relato en las manos. Pero están sus huellas, su imaginación, su olor, su pan recién horneado, su lenguaje, su letra escrita. ¿Cómo lo logran? ¿Cómo es que dejan la silla vacía?

La respuesta la dio el profesor Willard Díaz, quien condujo el Taller de Cuento Orovilca el viernes 13 de mayo: los veintiún trabajos van del fogonazo del asombro a la experiencia romántica, de los sucesos cotidianos hasta aquellos monólogos que nunca decimos en voz alta, de todas las cosas que estaban hechas para olvidar hasta las que no hemos olvidado, de la constelación de recuerdos hasta las catacumbas de la realidad, de las parejas y los viajes hasta el aprendizaje solitario, de la ferocidad afilada y verbal a la prosa poética invertebrada. O sea, son híbridos. Pero híbridos en buena onda. Híbridos, misceláneos, ambiguos, con fórmulas narrativas distintas. El cuento “Un pico y el viejo”, por ejemplo, se expresa todo el tiempo con la jerga propia del lugar. Es un paseo. Una mirada de rayos X por las costumbres de un pueblo.

A estas alturas, quiero agradecer la cortesía que ha tenido Piero Miovich al invitarme a comentar esta compilación de cuentos. Piero fue mi profesor en el taller literario que mis amigos de la Asociación Cultural Caracola llevamos el año pasado, y debo decir que fue una experiencia catalizadora. Un compañero nuestro calzó perfectamente a una mujer viéndose a sí misma desnuda frente a un espejo. Mi mejor amiga, poeta, empezó a redactar cuentos cortos, asfixiantes, poderosos. Otro amigo escribió una experiencia completamente detallada con drogas. Y en mi caso, conocí la oscuridad, las sombras y el mal. Todos sabemos que para que la vida sea posible, hemos tenido que reprimir el mal. Vamos, forma parte de nosotros, de nuestro genoma humano, y uno de los vehículos para conducirlo y sacarlo de ese pozo, es justamente la literatura.

Creo que los talleres sirven para eso, para que no falte ni sobre ni una palabra, para que cada historia se muerda la cola, sea redonda como una naranja, compacta. Que la persona se distancie de sí misma y se muestre capaz de escribir a partir de una experiencia personal o ajena, pero auténtica: siempre teniendo a la ficción como protagonista central. Es la única que nos salva, nos redime de la vida real que nos cuesta entender, dominar, controlar, respirar. Ahí, en la ficción, nos resarcimos del dolor, del fracaso, de la decepción, de esa vida que se distancia tanto de lo que queríamos hacer de nosotros mismos. No necesitamos irnos a Sudáfrica para viajar y vivir experiencias. Cuando viajamos en la combi o en el bus, lo que vemos a través de la ventanilla es un poco lo que sucede en nuestra cabeza: viajamos al pasado o vemos la vida del lado opuesto. El meollo de una historia no se gesta en la conciencia, sino en el deseo y el miedo. O escapamos de algo que nos atemoriza o nos dirigimos hacia algo que deseamos. Ahí, en la zona oscura, radica el gran motor, ahí se gestan los embriones de cada historia.

Los dejo para que exploren esa gravedad, esta gravitación, estas sombras terrestres, estos destinos que se revelan. Vean cómo cada uno, a su manera, arma su propia constelación. Así que olvídense de ustedes mismos, floten en destinos ajenos y caigan en el centro mismo de su propia existencia. Aquí están la intensidad, el tiempo asesino, la búsqueda, los intentos para entender cómo se pone un atardecer en un plato.

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