Historia no oficial del mestizaje andino

Por Willard Díaz

(Fragmento de la presentación de “El mestizo de los andes y su destino. Los orígenes”, de Zein Zorilla)

Hace treinta años, allá por 1990, colaboraba con un suplemento cultural en el diario Correo, cuando nos enteramos que la señora María Rostorowsky de Diez Canseco, la historiadora, había llegado a la ciudad no sé por qué motivo, y quise entrevistarla. El diario fijó la cita: 9:30 de la mañana tuve que presentarme en el hotel Las Mercedes, cerca del río Chili y del puente Bolognesi.
Cuando llegué llamaron a la señora que bajó de sus habitaciones puntual. De inmediato empezamos la entrevista, saqué mi grabadora y muy nervioso empecé con mi cuestionario. María Rostorowsky tenía una voz bajita, aguda, cantarina. Mi media hora pasó muy rápido y todo fue muy protocolar hasta ahí. La entrevistada estaba apurada además porque su avión salía a las once de la mañana. Cuando terminamos, con la grabadora ya apagada, un poco más tranquilo le conté que había leído su libro “Historia del Tawantinsuyo”, que hace poco había salido. “¿Ah, sí? ¡Un joven periodista ilustrado!” se sorprendió la señora. Justo en ese momento pasó algo mágico. Un empleado se acercó y le dijo que su vuelo había sido postergado y salía recién a la una de la tarde. Entonces ella me miró y me preguntó si tenía tiempo para acompañarla y conversar. Yo feliz por supuesto. Pidió un café y empezamos a dialogar como un par de nuevos amigos. Me contó de su infancia, de su padre polaco y de su madre puneña, de sus estudios europeos y de su matrimonio con Alejandro Diez Canseco. Me habló también de lo exigente que era con ella su maestro Raúl Porras Barrenechea. Pasamos así un par de amenas horas hasta que de pronto me preguntó qué me había parecido su libro. Le dije que me gustó mucho pero que me sorprendió hallar en él algunos datos muy distintos a los que yo había estudiado en el colegio. “Mire, me dijo, le voy a contarle una cosa. Un día viene a visitarme mi hijo y me trae a mi nietecito, me dice “Mamá, a tu nieto la han jalado en Historia del Perú. No le gusta ese curso. A ver si tú le hablas y le explicas qué importante es saber la Historia del Perú. Háblale por favor”. El chico estaba ahí asustado con su libro de colegio en la mano. Imagínese al nieto de la historiadora jalado en Historia del Perú. Le dije “A ver, trae tu cuaderno, tu libro. Qué es lo que no sabes, por qué no te gusta estudiar”. Cuando reviso su libro de colegio ¿qué es lo que veo?: una sarta de embustes, puros cuentos, que los doce incas, que el imperio incaico, que los 200 españoles. No puede ser, les dije, treinta, cuarenta años de estudios de Historia que no han llegado a los colegios. ¿Para eso trabajamos?”.
Ya eran las doce. Al despedirnos desde la puerta añadió algo: “Pero no se lo vaya a contar a nadie”. Alma bendita.
Lo que entendí esa vez, ya lo sabía: que hay siempre dos historias, la oficial y la no oficial.
Disculpen ustedes la digresión, pero quisiera transmitirles la manera peculiar como he leído los libros de Historia de Zein Zorrilla: como aportes a la Historia no oficial del Perú, como verdaderos ensayos de interpretación a partir de una audaz propuesta sobre un personaje velado por la academia hasta ahora.
“El mestizo de los andes y su destino. Los orígenes” es otra vuelta de tuerca al tema que ha elegido Zein para indagar en el pasado, interpretar el presente y proporcionarnos algunas luces sobre lo que podría ser nuestro futuro nacional. El eje de todo esto, por supuesto, es la figura del mestizo; diré mejor, la categoría del “mestizo andino peruano” que él está tratando de rescatar.
En los cinco primeros tomos de la colección publicada con gran tino por Lluvia Editores hemos podido seguir el hilo del argumento con el cual Zein analiza el proceso del mestizaje andino, ese amargo fruto de la conquista y del dominio de los pueblos que desde los orígenes del hombre consiste en violar a las mujeres de los vencidos como trofeo de guerra. De ello resulta una gran masa de bastardos cuyo destino nace signado por el trauma histórico del desacuerdo, el desprecio y la marginalidad. Es cierto que en Perú hubo un mestizaje entre nobles españoles y nobles incas, del cual es muestra Garcilaso de la Vega. Pero es más cierto que siempre hemos hecho diferencia entre Incas e indios: “Incas sí, indios no”, escribió la historiadora Cecilia Méndez.
Luego de una exposición rápida e inteligente en los cinco primeros tomos del proceso del mestizaje peruano que va desde los tiempos de la conquista hasta el gobierno de Velasco Alvarado, hoy Zein vuelve en este nuevo libro hacia atrás, regresa a los orígenes del drama y avanza con una muestra mejor definida la figura del mestizo andino ocultado por la Historia criolla y segregado del poder hasta hace poco. Me basta citar la página 128 en la que se comenta la formación virreinal de las dos repúblicas peruanas: la República de españoles y la República de indios; hallo allí expresada la idea principal del libro:
“Los mestizos, estamento surgido con la llegada española, son excluidos de las repúblicas toledanas. Prohibidos de ingresar a los pueblos indígenas donde moran sus madres; igual, a los pueblos de españoles donde sus padres velan por sus esposas españolas y sus hijos criollos. Excluidos de ambas repúblicas, flotan en el limbo jurídico, económico y social de la colonia, sin derecho a poseer tierras ni ganado, caballos ni armas, cargos administrativos ni educación, ni ubicación en trabajos de algún prestigio social. Únicamente les está permitido servir a los españoles, hacerse un espacio entre la servidumbre indígena, pero sin mezclarse con ella. Aparecen unas veces al lado de los indios cuando se trata de conducir algunas mulas a la hacienda; al lado de los españoles, cuando de liberar a un indígena ebrio de la prisión de la ciudad.
Otras veces aparece a caballo y arcabuz en alto con los soldados rebeldes, o tras los estandartes del rey. A lo largo de los siglos de la vida colonial, subsiste ejerciendo oficios amorfos, al margen de la legalidad, ya de capataces y administradores menores, ya de arrieros y ayudantes de albañil, si el alarife español se lo permite. Convertido en la correa de transmisión entre las dos repúblicas, gracias a su fácil manejo de ambos idiomas y su dúctil paso de uno a otro escenario. Así es que los valles y llanuras del Ande comienzan a poblarse con los hombres sin república y sin ley, sin techo ni definido rol social”.
Esos mestizos, hay que decirlo, ni indios ni españoles, forman ahora parte de una gran clase media baja, no son los criollos limeños y tampoco los indios aimaras, están como siempre atrapados entre dos mundos, entre dos amos, entre dos lealtades, enfrentados a un lado y al otro de la barricada, de la marcha de protesta; tal como lo hemos visto en los sucesos de enero: mestizos policías contra mestizos manifestantes.
Pero no todo es negativo en esta construcción teórica. En la última línea del libro nos deja Zein Zorrilla su confiada conclusión como despedida:
“Bolívar había adelantado su diagnóstico en 1815, quien sabe si válido en 1915 y tal vez en el 2015 también: “El Perú, por el contrario, encierra dos elementos
enemigos de todo régimen justo y liberal: oro y esclavos. El primero lo corrompe todo; el segundo está corrompido por sí mismo”.
Entonces, ¿nunca gozaremos de una república realmente democrática? La respuesta está en cada lector, y en el hecho que el hombre es el olmo capaz de entregar peras increíbles.
Polibio observó que Roma fue capaz de dominar casi todo el mundo en menos de cincuenta y tres años gracias a una Constitución mixta. Mahoma fue capaz de organizar a los beduinos del desierto y formar el pueblo musulmán. A cien años de su muerte los musulmanes habían conquistado todo el norte del continente africano y libraban la batalla de Poitiers, a punto de modificar el rostro de Europa. Y está el cercano ejemplo del pueblo chino, que hace menos de un siglo luchaba por alimentar con un huevo al día a cada habitante y hoy disputa la hegemonía del mundo a las poderosas naciones de Occidente.
Entonces, ¿nunca gozaremos de una república realmente democrática? Esperemos al año 2115; lo que tenga que ser, habrá sido, y para el bien común”.
Es una pena que el 2115 ni Zein ni yo estemos aquí para saberlo; sin embargo, compartimos su esperanza.

Deja una respuesta