Harold Brodkey

Harold Brodkey creía que era un genio.

De entre los varios autores de obras maestras que hoy se encuentran casi por completo en el olvido, es probable que ninguno se considerara a sí mismo tan espectacularmente talentoso e importante para la Literatura Universal como Harold Brodkey (EE.UU., 1930-1996). No obstante, en su tiempo las extravagantes declaraciones que hiciera sobre su persona -considerándose, por ejemplo, “el mejor y más genial escritor de todos los tiempos al Oeste de Marcel Proust”— tan sólo fueron rechazadas por, digamos, lo inadecuado de tal autoproclamación.
En realidad, buena parte de la crítica le adoraba y es probable que algunos de sus colegas escritores, sí bien no del modo en que tanto alardeaba él que ocurría, le envidiaran por lo extraordinario de su trabajo.
Pero, ¿era realmente para tanto? Mientras Cynthia Ozick decía de él que era “un verdadero artista”, Susan Sontag, confesaba que leía “cada palabra” que Brodkey escribía; don Harold Bloom lo comparaba con Proust (!), para agregar que como autor no tenía paralelo en la prosa de ficción desde Faulkner, y Gordon Lish y Millicent Dillon no cesaban de decir que su prosa era… en fin, todo lo magnífica que luego el propio ídolo pregonaba.
Lo cierto es que tras la publicación de los deslumbrantes libros de relatos “Primer amor y otros pesares” y, sobretodo, “Relatos a la manera casi clásica”, el mundo condenó a Brodkey por entregarle tarde, demasiado tarde y luego de múltiples postergaciones, tan sólo una gran novela, “El alma fugitiva”, cuando en lugar de ella esperaba la mega obra, la “En busca del tiempo perdido” que el mismo ególatra genial le había ofrecido; y más tarde, bueno, una novela más, regular: “Amistad profana”, y finalmente, el relato de su propia agonía en “Esta salvaje oscuridad”.
Entonces callaron la mayoría de las voces que alguna vez entonaron para él las más desproporcionadas alabanzas, y salvo los más lúcidos guardianes del patrimonio literario nacional estadounidense, todos prefirieron olvidar.  Harold Brodkey murió de SIDA el 26 de enero de 1996.
Ahora bien, ¿sería justo olvidar al autor de relatos tan formidables como “Educación sentimental”, “El soñador prolífico” o “Inocencia”?  Desde luego que no. ¡No! Felizmente, más allá del show, las exageraciones y la frustración, ha quedado esa obra, la mejor, la todavía sorprendente, la atrevida, la, sí, peligrosamente seductora narrativa de H.B.

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