Contra el Leteo

Entrevista a Alonso Ruiz Rosas, por Dino Jurado

Alonso Ruiz Rosas (Arequipa, 1959) es una de las voces más importantes de la poesía peruana actual. Ha publicado “Caja negra” (1986), “Sacrificio” (1989), “La conquista del Perú” (1991), “Museo” (1999), “La enfermedad de Venus” (2000), “Estudio sobre la belleza” (2010), “Espíritupampa” (2015), “En la ascensión (2021) y “Subida al Monte Parnaso” (2021), compilados ahora en “Contra el Leteo. Poesía reunida” (Lima, Paracaídas Editores, 2023), volumen al que ha añadido dos libros inéditos, “Estatuas y otros poemas” y “Libro de polvo”.

Desde el inicio, su obra es recorrida por un tono elegíaco, al que acompañan momentos de celebración y unas miradas ásperas, que observan desde lo íntimo hasta las turbulencias de la historia. Su destreza formal teje y desteje versos y formas clásicas, anudándolas con oportunos y flexibles giros contemporáneos, lo cual pone en jaque las tentaciones retóricas y le permite modular una voz propia, impregnada de musicalidad y reconocible por su consistencia. Se trata de un poeta complejo, incluso denso en algunas ocasiones, pero siempre inteligible. Su ritmo atrapa al lector en una lograda tensión entre lo palpable y lo ignoto, y lo sitúa en la línea de quienes saben tensar los extremos de un arco compuesto por la tradición y la renovación, para dirigir desde allí certeras flechas cargadas de esa materia verbal, viva y ardiente, que es la poesía.

Vista en conjunto, la obra de Alonso Ruiz Rosas despliega una amplia serie de referencias, planos y alusiones de diversa índole, que serán, seguramente, abordadas en tesis o trabajos académicos. Para el lector asiduo de poesía, ese que se detiene en las páginas de un libro por puro gusto o necesidad (impulsos convergentes, a no dudarlo), las revelaciones cadenciosas de “Contra el Leteo” pueden asentarse sin disfuerzos en sus fibras más íntimas. Como ha escrito el poeta Francisco José Cruz en la revista sevillana Sibila: “Se diría que la gran tradición poética peruana y, por ende, hispánica, tan rica de matices y de acentos, se concentra en este proteico estilo en el que todo parece posible de ser reciclado por una aguda conciencia del desgaste creativo, gracias a la cual, paradójicamente, brota una vigorosa planta renovadora en pos de un vasto mundo propio”. A continuación, una entrevista realizada en Madrid, la tarde del 8 de diciembre de 2023.

MAURICIO MALDONADO, MISAEL RAMOS, OSCAR MALCA, OSWALDO CHANOVE, PATRICIA ALBA,
ELEANA LLOSA, DINO JURADO Y ALONSO RUIZ ROSAS, AREQUIPA, 1980. FOTO: WILLARD DÍAZ

Formaste parte del grupo que editaba, entre Arequipa y Lima, a fines de la década de 1970 e inicios de los 80, las revistas “Ómnibus” y “Macho Cabrío”. ¿Cómo fue esa experiencia?

En Arequipa, hacia 1976, aparecieron tres revistas de poesía, “Roña”, “Márgenes” y “Mesa de partes”. Sus instigadores -Oswaldo Chanove, Misael Ramos y yo- empezamos a reunirnos, invitamos a Charo Núñez, poeta y estudiante de medicina, y editamos “Ómnibus”, una pequeña revista a mimeógrafo, deliberadamente sencilla, donde debían caber los pasajeros que nos pareciera, sin manifiestos -estaban entonces de moda-, con tonos diversos y solo la vivencia del viaje compartido. Luego se unieron Patricia Alba y Óscar Malca, a quienes conocí en Lima, en San Marcos, cuando empecé mis fugaces estudios de literatura, y, poco después, tú mismo. Cada uno ha hecho una obra a su manera, pero la fraternidad permanece, con la misma pasión por compartir lecturas y conversaciones.

¿Y la revista “Macho Cabrío”?

Fue una propuesta de Óscar Malca, que contaba desde entonces con un radar interior muy preciso para captar novedades y una habilidad particular como editor. El primer de sus tres números se publicó en 1980. Hicimos allí parte de un aprendizaje común. Teníamos intensas jornadas en una azotea de Magdalena, en Lima, donde vivía Óscar y solíamos alojarnos Oswaldo y yo. “Macho Cabrío” prohijó también otras publicaciones.

Los ochenta fueron años dramáticos.

Terribles, muy dolorosos y sórdidos. El terrorismo marcó y dividió a nuestra generación. Nosotros, luego de la efervescencia radical de los años adolescentes, estábamos vacunados contra los dogmatismos y los delirios mesiánicos de quienes llevaron a tantos al matadero.

¿Qué poetas y obras recuerdas de esos años?

La obra, notable, de Oswaldo Chanove. Aprecio también a Carlos López Degregori, Mario Montalbetti -especialmente su primer libro-, Eduardo Chirinos, y la poesía escrita por mujeres: Patrica Alba, Rosella di Paolo, Giovanna Pollarolo, Magdalena Chocano, Rocío Silva Santisteban, Mariela Dreyfus, Ina Salazar, entre otras. Un poeta y amigo cercano: Odi González. Y hay, desde luego, otros autores que he leído con interés.

¿Cuál sería tu canon mínimo?

Un conocido ensayo de Pound, “El abc de la lectura”, aborda el tema. Diría, un poco al paso: Homero, Safo, Calímaco, ciertos libros del Antiguo Testamento, los poetas latinos, los de la dinastía Tang, algunos provenzales, la “Chanson de Roland” y el Mío Cid, Dante, Berceo, el Arcipreste, Manrique, Garcilaso, San Juan de la Cruz, Fray Luis, Quevedo, Góngora, Sor Juana, Shakespeare, Hölderlin y otros románticos alemanes, Baudelaire y los “malditos franceses”, Whitman, Darío, Brecht, Elliot, algo del surrealismo, Cernuda y otros del 27, Perse, Celan, Quasimodo, el Borges maduro, Gingsberg, los grandes poetas de nuestra propio canon, de Eguren y Vallejo en adelante, y un largo etcétera. Ahora bien, la lengua es básica. Las traducciones siempre son un problema y, muchas veces, un grave problema: soy partidario de buscar ediciones bilingües y cotejar, aunque se entienda poco o no se entiende nada de la otra lengua.

ALONSO RUIZ ROSAS, PARÍS, 1988. FOTO: JUAN CARLOS BELÓN

¿Se puede decir que hay un canon peruano?

Sin duda. El siglo XX ha sido una especie de “Siglo de Oro” de la poesía peruana. Esta tradición, unida a la de otros autores del continente y a la tradición hispana, me parecen fundamentales para quienes escribimos en español, nuestra lengua común. En el siglo XX se descubrió también uno de los grandes poemas del Perú: la “Elegía Apu Inca Atawalpaman”, que tradujeran Meneses y luego, con gran calidad, Arguedas, y de la que hay un estudio y una versión reciente de Odi Gonzáles. Hubo también poemas virreinales interesantes, y, cerrando ese ciclo y abriendo el nuevo, la obra trunca, embrionaria, de Melgar.

Por lo visto, tienes un gusto ecléctico.

Sí. Podría suscribir un verso de Neruda que dice “adoro toda la poesía escrita”, dando por descontado que se refiere a toda la poesía escrita en estado de gracia. He sido desde muy joven lector de poesía. Mi padre puso en mis estampitas de primera comunión esta cuarteta de Góngora: “Oveja perdida ven /sobre mis hombros que hoy / no solo tu pastor soy / sino tu pasto también”. Me dio un poco de apuro repartir las estampitas, pero la cuarteta se me quedó grabada. Bueno es reconocer también que no solo de poesía se nutren los poetas: hay infinidad de lecturas, para no hablar de otras artes, y de las decisivas vivencias y experiencias.

Hablemos un poco de vivencias, al menos literarias. Además de tus compañeros de generación, ¿a qué otros poetas peruanos conociste o frecuentaste?

A muchos, empezando por algunos amigos de mi padre. Conocí a Guillermo Mercado, su compañero de trabajo en la Casa de la Cultura, que solía recordar a Oquendo de Amat. En Arequipa, conocí también a Aníbal Portocarrero, Walter Márquez y otros poetas. Recuerdo la figura ensimismada de César A. Rodríguez, cuya hermana era vecina de mis tías. La primera vez que fui al Cuzco, en 1974, visité a Luis Nieto, que tuvo la amabilidad de llevarme hasta la Fiesta de la Candelaria, en Puno. En Lima, estuve unas vacaciones alojado donde Arturo Corcuera, con quien fui a conocer a Javier Sologuren, Traté, fugazmente, a Alejandro Romualdo y Juan Gonzalo Rose. Aprecié mucho a Pablo Guevara: fue a dictar un curso en el cineclub de Arequipa que dirigía José Antonio Portugal (y del que yo era boletero), se alojó en nuestra casa y tuvimos una relación muy cordial y, para mí, muy enriquecedora. Mucho después paseamos por Nueva York un par días. Conocí a Jorge Pimentel cuando volvió de España y pasó por nuestra casa; pocos años más tarde, a Enrique Verástegui, Carmen Ollé, Abelardo Sánchez León y Elqui Burgos. En San Marcos, solía ver a Washington Delgado -poeta y profesor formidable-, a Marco Martos e Hildebrando Pérez. Un amigo fraterno: Jorge Nájar, con quien he caminado cientos de tardes por París y algunos días por Iquitos. A ellos debo sumar tres poetas cuya amistad ha sido muy significativa: Antonio Cisneros, Blanca Varela y Carlos Germán Belli.

OSWALDO CHANOVE, ANTONIO CISNEROS Y ALONSO RUIZ ROSAS, AREQUIPA, 1990

¿Cómo fueron esas relaciones?

Conocí a Toño en Arequipa, cuando yo era todavía colegial. Estuve, de jovenzuelo, alojado en su casa, en Lima, y pasé luego casi tres meses en un departamento donde vivió en Berlín, en 1985. Fue un maestro y un amigo excelente. Trabajé con él en “El Caballo Rojo” y en la revista “Sí”. Me permití proponerlo como director del Centro Cultural Inca Garcilaso, donde hizo un trabajo formidable. Antes de morir, pidió que yo ocupara su cargo. A Blanca la conocí fugazmente en 1978, pero la frecuenté mucho desde 1990. Una magnífica poeta y una mujer absolutamente excepcional. Carlos Germán era amigo cercano de mi padre, y también de Jorge Cornejo Polar y de Pedro Cateriano Delgado (figuras inolvidables desde mi infancia). He conversado largas veces con él y admiro mucho su obra. Un gran poeta, sin duda.

¿Los poetas viven en las nubes?

Es un estereotipo muy extendido considerarlos nefelibatas o selenitas, esto último tal vez por su extendida afición a la bohemia y la vida nocturna. Los poetas que he conocido, especialmente los más notables, siempre me han parecido muy lúcidos, con percepciones muy nítidas de la realidad, y algunos hasta con un sentido especialmente práctico. Otro asunto es que no les interesen o desdeñen muchas cosas que tantas personas consideran importantes. Algunos, es cierto, andan obsesionados con ciertos temas, o tienden a las quimeras, aunque a veces se trate de figuras literarias. Vallejo, por ejemplo, propuso alguna vez sembrar en el Perú “campos de arroz con pato”. La frase es humorística, pero podría verse también como una forma sugerente de promover nuestra cocina.

¿Qué opinas de Eielson?

Un poeta excelente. Su obra empieza con un vistoso decorado y luego se va despojando en pos de lo esencial, con una perfección e intensidad memorables. Me gustan también sus nudos y una instalación –“La última cena”-, de antología. Lo traté solo una vez, en Milán, a inicios de 2002. Un amigo común, Hernando Torres Fernández, organizó en su piso el encuentro. Eielson llegó a las seis de la tarde y se fue a medianoche. Fue una conversación muy amena, con alguien que sabía acercarse a la sabiduría.

Hablemos ahora de “Contra el Leteo”. ¿Cuál ha sido el criterio para organizar este libro?

La mirada panorámica que implica una “poesía reunida” permite ajustes y afinamientos; los libros y poemas, dispersos a lo largo de los años, establecen, juntos, otros vínculos. He dejado fuera “La conquista del Perú” (1991), porque ese libro ya había sido absorbido y transformado por “Espíritupampa” (2015), al que le he añadido un par de poemas traspapelados. Recorté la introducción de “La enfermedad de Venus”, innecesariamente extensa, y he incorporado dos nuevos libros, con poemas inéditos y otros aparecidos en algunas revistas estos últimos años.

En tu obra, hay libros que recopilan poemas sueltos, con algunas afinidades, y otros que son, en realidad, un solo y extenso poema, dividido.

Sí. El tema empezó a esbozarse en mi segundo libro y se fue extendiendo. Me parece que la mitad de mi obra está formada por ese tipo de poemas, extensos o unitarios. Son como ciclos, abordajes que asedian desde el estremecimiento o la conmoción que dan pie a lo que uno escribe.

¿Esa podría ser una definición de tu poesía?

En cierto modo. No soy muy dado a las teorizaciones, pero creo que se escribe poesía desde la conmoción, con todas las facultades racionales y emocionales puestas en juego para propiciar eso que Antonio Gamoneda llama “pensamiento rítmico”, aunque la palabra “pensamiento” esté, sobre todo, vinculada a juicios e ideas de otros discursos, que la poesía, más bien, abandona, subordina o reformula, en función de sus necesidades expresivas.

Usas con frecuencia formas clásicas, como el endecasílabo, el heptasílabo y, de manera reciente, el alejandrino, y hasta te inclinas de vez en cuando por las rimas consonantes. ¿A qué se debe esta tentación arcaizante o, al menos poco frecuente en la poesía actual?

Es obvio que los versos, los ritmos y hasta las rimas, cuando las hay, están siempre al servicio de los poemas y no al revés; pueden ser útiles para darles eufonía, musculatura, ligereza, tonos paródicos, veladuras nostálgicas, etc., etc. A mí, en muchos casos, me resulta útil usar esas formas arcaizantes, pero creo que cada poeta encuentra o, al menos, busca lo que mejor le acomoda para expresarse. Por lo demás, veo que los jóvenes raperos son ahora muy aficionados a ciertas rimas.

Tu obra tiene un reiterado tono evocador o directamente elegíaco. Empieza incluso con un poema, “Una columna”, erguida contra el “abuso del olvido”. ¿A qué atribuyes ese tono?

Debe ser algo que viene de la infancia: crecí con parientes muy ancianos, que iban desapareciendo. Recuerdo también que escribí mi primer poema cuando entraba en la adolescencia. Pasé una tarde jugando con un batallón de soldados de plomo, a los que derribaba tincando unas bolitas o canicas, hasta que vi a todos desparramados y sentí una profunda desazón. He olvidado el poema, pero no el momento. Fue mi primera elegía, mi primera canción evocadora.

ALONSO RUIZ ROSAS Y CARLOS GERMÁN BELLI, LIMA, 2015

En tu “Estudio sobre la belleza” (2010), que podría llamarse también “Estudio sobre la poesía”, dices al inicio: “La belleza es el viento detenido / la luz que recupera en la mirada / la lágrima que viene del olvido”. ¿Esa mirada recorre tu obra?

Seguramente. Evocar lo perdido o pasado es un tema recurrente de la especie. La evocación suele estar acompañada de una carga dolorosa, porque se añora lo vivido o se reabren antiguas heridas. Tal vez las obras literarias completas del género humano podrían llevar el título de Proust: “En busca del tiempo perdido”. Algunos tomos, claro, tendrían subtítulos como “Historia universal de la infamia”, “Celebración” o “Veinte millones de poemas de amor y muchos poemas desesperados”.

¿Solo veinte millones?

Tienes razón: debe haber bastantes más. Pensando solo en los últimos cien años, ¿cuántos personas no habrán escrito al menos un poema de amor?

Hay otros dos temas que aparecen con frecuencia en tu poesía: la historia y la religión. ¿Por qué?

Soy desde joven muy dado a leer libros de historia y, a estas alturas, debe ser lo que más leo. Me da la impresión de que es muy buen alimento para la poesía, al menos en mi caso. Debe ser también una inclinación nacional, dado que somos un país viejo e historicista. El problema con la historia está siempre en la objetividad de lo narrado y en la duración de sus lecciones. Uno pensaría que, a estas alturas, el género humano podría ser bastante más cuerdo y, sin embargo, mira la cantidad de horrores que se siguen cometiendo, aunque sean conflictos “de baja intensidad” si se comparan con las monstruosidades del siglo pasado. La religión, en el sentido de la inquietud por el misterio de la creación y todo lo que conlleva, me parece un tema central de la experiencia humana y, por lo mismo, de la poesía. Mis referentes culturales están marcados por el catolicismo, pero el tema religioso, o mejor aún, místico, va mucho más allá y necesita excluir dogmas, instituciones o creencias cerradas, que conducen a pavorosos fanatismos. Me parece que el ejercicio de la poesía tiene también algo de sacerdocio, en un plano individual, íntimo, y con toda la libertad posible. No es, propiamente, una “carrera literaria”, va más por otro lado.

He notado que, en tu obra, a pesar de los tonos dramáticos, a veces solemnes o paródicos de la solemnidad, son frecuentes también el humor y la ironía.

Cierto, el humor ayuda a enfrentar o sobrellevar muchas desventuras. La ironía, que tiene de burla, permite también a desacralizar, y funciona mejor si empieza por casa, es decir, con uno mismo. A propósito, me gusta mucho este epitafio de un poeta japonés llamado Yamazaki Sokan: “Si alguien preguntara / a dónde ha ido Sokan, / digan tan solo: / Tenía cosas que hacer en el otro mundo”.

 

(Tomado de https://redaccion.lamula.pe/2023/12/14/alonso-ruiz-rosas-el-aliento-de-los-clasicos/redaccionmulera/)