La libertad viene del norte

Por Luis Nieto Degregori

En 1817, tres años antes del desembarco de la expedición libertadora del general José de San Martín en la bahía de Paracas, se instaló en Lima, procedente de Guayaquil, Rosa Campusano, una bellísima y seductora mujer que frisaba los veinte años de edad. Era hija ilegítima de Francisco Herrera Campusano y Gutiérrez, corregidor del pueblo de Samborondón, con una mulata de nombre Felipa Corneja. Los historiadores no se han puesto de acuerdo en si fue o no reconocida por su padre, pero definitivamente su ilegitimidad marcó su biografía: una mujer con ese origen no podía aspirar a un buen matrimonio y se debía conformar, en caso de que el varón que la cortejaba perteneciera a una esfera social alta, con el concubinato. Tal fue el camino que siguió Rosa, que llegó a Lima como acompañante de un español, cincuentón de fortuna y sobre todo afortunado por gozar de la juventud de la muchacha. Es más, al parecer la riqueza del español le abrió a Rosa las puertas de algunos salones de la alta sociedad limeña en los que, de no ser por su protector, jamás hubiese sido recibida.

¡Cuánto valor, sin embargo, hubo de necesitar esta muchacha para dar la cara a los desplantes, las maledicencias y las abiertas condenas de una sociedad pacata, regida por la religión y los prejuicios! Resulta comprensible por lo mismo que Rosa abrazara muy temprano la causa de la independencia pues sin duda veía en la inminente llegada del ejército libertador la posibilidad cierta de que ese mundo que le resultaba asfixiante y detestable se desmoronase. En todo caso, según escribió Ricardo Palma, los salones de la Campusano en la calle de San Marcelo fueron frecuentados “por muchos caracterizados conspiradores en favor de la causa de la Independencia.” Precisamente uno de ellos, Francisco Javier Mariátegui y Tellería, nos dejó información de primera mano sobre los riesgos que corrió la joven para favorecer la victoria de las armas patriotas:

“Cuando San Martín desembarcó en nuestras costas recibimos un paquete que contenía comunicaciones, que el general del Ejército Libertador dirigía a los jefes americanos que tenían la desgracia de servir en las filas del ejército opresor. Uno de los que recibió un oficio fue el general La Mar. Doña Rosa Campusano lo tomó, y, con el pretexto de hacerle una solicitud, le pidió que la oyese en secreto, en lo que convino La Mar. La Campusano dejó, sobre el sofá en que estaba sentada, el consabido pliego, que el general encontró poco después que la interlocutora se retiró, evacuada su fingida pretensión. La Mar leyó su oficio y a nadie habló una palabra. Procedió con dignidad y como caballero.”

Según varios historiadores y también el mencionado Ricardo Palma, Rosa siguió valiéndose de su singular atractivo para recabar información importante sobre las fuerzas realistas y hacerla llegar a los patriotas. Es lo que consigna Germán Leguía y Martínez en su pormenorizada Historia del Protectorado, bautizando a la joven como “Aspasia de la revolución” y anotando que en su “atrayente domicilio, repleto de encantos, reuníanse y vaciaban sus más íntimos secretos personales y políticos, los altos jefes españoles; secretos que inmediatamente pasaban a noticia de los independientes, y, por su conducto, al de San Martín.”

Al hacer referencia a la compañera de Pericles, recordada en la historia por su gran influencia en la vida cultural y política de Atenas, Leguía está dando por sentado que entre la Campusano y San Martín existió un vínculo cercano y de hecho así lo dice, sin mayores ambages, en el mismo pasaje de su obra: “Mujer irresistible que, prendada del prócer de Yapeyú, supo inspirarle pasión duradera, recóndita y ferviente, a la par dulce y perniciosa para el corazón del gran libertador del sur.” Del mismo parecer fue Ricardo Palma, quien llegó a señalar que en su momento la joven fue conocida como “la Protectora” en alusión al título que recibió San Martín tras declarar la independencia del Perú. Dice el escritor en la tradición que dedica al asunto: “San Martín, antagónico en esto a su ministro Monteagudo y al Libertador Bolívar, no dio en Lima motivo de escándalo por aventuras mujeriegas. Sus relaciones con la Campusano fueron de tapadillo. Jamás se le vio en público con su querida; pero como nada hay oculto bajo el sol, algo debió traslucirse, y la heroína quedó bautizada con el sobrenombre de la Protectora.”

La verdad, sin embargo, es que hasta el día de hoy no se ha podido hallar documentación que corrobore que San Martín y Rosa fueran amantes, por lo que es casi similar el número de historiadores que consideran esto tan solo como una posibilidad con el de aquellos que lo dan como un hecho irrefutable. Hubiese sido fácil salir de dudas si, como hizo otra extraordinaria mujer llegada desde Quito a Lima por los mismos años, Manuela Sáenz, Rosa hubiese dejado alguna correspondencia o llenado las páginas de un diario. En tanto esto al parecer no fue así, es mejor restarle importancia al asunto, mostrándonos de esta manera doblemente respetuosos: con la historia en caso de que no haya existido una historia de sábanas y con los amantes, si la hubo, pues resultaría obvio que estos quisieron mantener en estricto privado un tipo de relación que por su naturaleza es precisamente muy íntima.

Volvamos pues a la figura de la hermosa guayaquileña y repasemos algunos hitos documentados de su vida, comenzando por uno de gran calado: el papel que desempeñó en la defección del batallón Numancia, uno de los más selectos del ejército realista, y su paso a las filas patriotas. Es Ricardo Palma quien brinda información más precisa al respecto, señalando que “los encantos de doña Rosa” fueron decisivos para que Tomás Heres, uno de los más altos oficiales de dicho batallón, se inclinara por la incorporación a las tropas republicanas.

Por su parte, Germán Leguía señala que fue la noche del 10 de julio de 1821, en la primera visita secreta y nocturna que San Martín hizo a Lima desde su cuartel en La Legua, cuando se produjo el primer encuentro entre el libertador y la hermosa espía. Al pintar esta escena, sin embargo, el historiador se deja ganar por el fabulador y se sumerge en los sentimientos de los protagonistas: “Como aparición repentina y prodigiosa, surge una mujer, alta, hermosa y agraciada, que, sollozante por la emoción, échase en sus brazos, cual si ya le fuesen conocidos y amados; y, clavada en ellos, apenas si acierta a articular y repetir estas solas palabras: ¡Mi general! ¡Mi general! San Martín la oprime benévolo y luego la contempla embebecido.”

El corolario de esta dedicación a la causa independentista fue la orden que le concedió San Martín en enero de 1822 junto a otras ciento doce mujeres, conocidas en conjunto como las “caballeresas”. Curiosamente, el decreto de institución de la condecoración, como han hecho notar algunos investigadores, atribuía a las mujeres una especial predisposición al compromiso nacionalista, señalando literalmente que “el sexo más sensible naturalmente debe ser el más patriota.” Fue un honor, por lo demás, que Rosa compartió con su paisana Manuela Sáenz.

A fines de 1823, un año después de la salida de San Martín del Perú, Rosa contrajo matrimonio con un comerciante prusiano, Juan Adolfo de Grawert, quien debió caer rendido ante su exótica belleza. Grawert, apenas dos años mayor que ella, era hijo de nobles prusianos y en tanto extranjero seguramente estaba en mejores condiciones de reírse de los prejuicios sociales de la época. Esta unión, que imaginamos en un comienzo muy apasionada, duró, sin embargo, poco. Algunos historiadores atribuyen este fracaso a diferencias culturales y otros, como Manuel de Ingunza Simonetti, uno de los biógrafos de San Martín, a que la Campusano no habría podido cambiar “su estilo de vida liberal”. En tanto lo más probable es que ambas afirmaciones carezcan de base documental, preferimos hacer notar simplemente que la vida de esta joven seguía dando vuelcos que la hacían muy distinta a la de otras mujeres de su tiempo.

En 1836, Rosa vuelve a dejar huellas en los archivos pues presenta al gobierno una solicitud de una pensión de gracia por “los servicios prestados a la causa americana”, argumentando que a la sazón es “una pobre madre reducida al extremo de la miseria.” Se sabe que Rosa tenía un pequeño hijo del alemán Juan Weninger, dueño de una zapatería en la calle Plateros de Lima. La pensión que este pasaba a la madre de su hijo era al parecer tan reducida que de verdad ella se encontraba en la pobreza. A pesar de esto, su solicitud fue rechazada por un gobierno que adujo no contar con los recursos suficientes para atenderla.

Hallándose en esta triste condición, Rosa Campusano dictó su testamento en julio de 1843, en el que declara ser madre de un hijo de ocho años a quien deja en herencia sus escasos bienes, mayormente “muebles y alguna ropa.” Sin embargo, esta vida de privaciones se prolonga por ocho años más pues Rosa fallece recién en setiembre de 1851, a los 55 años de edad. Por esta época debió conocerla Ricardo Palma, quien cuenta, en la tradición que le dedica, que fue condiscípulo en el colegio de Alejandro, el hijo de Rosa. Este es el retrato que pinta Palma:

“Era ella una señora que frisaba en los cincuenta, de muy simpática fisonomía, delgada, de mediana estatura, color casi alabastrino, ojos azules y expresivos, boca pequeña y mano delicada. Veinte años atrás debió haber sido mujer seductora por su belleza y gracia y trabucado el seso a muchos varones en ejercicio de su varonía. Se apoyaba para andar en una muleta con pretensiones de bastón. Rengueaba ligeramente. Su conversación era entretenida y no escasa de chistes limeños, si bien a veces me parecía presuntuosa por lo de rebuscar palabras cultas.”

La casualidad, como sucede con tanta frecuencia, permitió al tradicionista popularizar la figura de Rosa Campusano, aunque, como ya señalamos, este se tomó muchas libertades en lo referido a la verdad histórica, no solo dando por sentado que fue amante de San Martín, asunto al que vuelve en las frases finales de su texto (“Con el alejamiento de San Martín de la vida pública se eclipsa también la estrella de doña Rosa Campusano. Con Bolívar debía lucir otro astro femenino.”), sino dando información errónea sobre el destino que corrió su solicitud: “Posteriormente, y cuando los años y acaso las decepciones habían marchitado a la mujer y traídola a condición estrecha de recursos para la vida, el Congreso del Perú asignó a la caballeresa de la Orden del Sol una modesta pensión.”

La realidad es, como ya se dijo, que ni los funcionarios de gobierno en ese tiempo ni los historiadores hasta hace poco estaban en condiciones de aquilatar el enorme servicio que prestó la joven muchacha que un día de 1817 desembarcó en Lima: lanzarle más de una bofetada a los prejuicios sociales de su tiempo y vivir con una libertad que simplemente era impensable para la mayoría de sus contemporáneas. Y en esto, curiosamente, fue acompañada por una casi paisana suya: la quiteña Manuela Sáenz.