El yaraví ha muerto

Augusto Vera BejarValiente declaración de uno de los músicos arequipeños más respetables: Augusto Vera Bejar. La polémica está servida.

Augusto Vera Bejar es en primer lugar un músico, en segundo lugar es el Director peruano del Colegio Max Uhle, luego es un escritor y otras cosas más. Pero en primer lugar es un músico.
Su padre, Cástor Vera, violinista puneño afincado en Arequipa, le enseñó desde la primera infancia a tocar el violín, la guitarra, las zampoñas y a oír con atención la música, la clásica y la folklórica con igual respeto y la misma pasión. De modo que Augusto Vera ha formado parte de todos los grupos, orquestas y conjuntos de música que ha podido; ha fundado varios de ellos, el más conocido quizá el grupo Goethe. Cincuenta años dedicados a la música dan para sostener con él una conversación respetable acerca de asuntos importantes y poco atendidos de la cultura arequipeña.

¿Qué ha pasado con la música arequipeña? ¿Por qué ya no tenemos compositores? ¿Qué ha sido del yaraví?
El yaraví es una especie muerta; no en extinción, muerta.
Solo gente que tiene cincuenta o sesenta años escucha todavía, en raras ocasiones, yaravíes o los toca o los canta. Nadie crea nuevos yaravíes. La nuestra es la última generación que conoce lo que significa el yaraví, de modo que esa música no tiene ningún futuro.
¿Por qué?
En primer lugar por la invasión de ritmos y melodías foráneos.
Como sabes soy profesor de música y dirijo una orquestina en el colegio. A veces les propongo a mis alumnos tocar un poco de música peruana o arequipeña. A lo sumo cantan un vals; un yaraví lo escuchan una vez y punto, hasta ahí llegamos.
¿Y el vals arequipeño?
Desde los años cincuenta ya nadie escribe un vals de pentagrama en Arequipa. Nuestro vals era distinto del costeño, era más triste, más estilizado. La música arequipeña en general es una música triste.
Y esa es otra de las razones por las que ya no hay música arequipeña: los jóvenes prefieren hoy en día la música alegre, bailable.
¿A qué se debería tanta tristeza?
Así era el carácter de los arequipeños. La famosa “nevada” no es más que una forma ligera de depresión. Hoy las cosas han cambiado. Llega Juan Luis Guerra y el estadio se llena; ¿pero a ver cuántos vienen a un Festival de yaravíes?
En músico europeo amigo mío solía decir que hay solo dos tipos de música: música para la cabeza y música para los pies. La música clásica es música para el cerebro, hay que oírla con atención y hay que conocerla bien. El yaraví era música para la cabeza, para la meditación y la tristeza. En cambio la música que gusta a los jóvenes es música para los pies, para la fiesta y la alegría. Es música para la sensualidad. Niñas de tres o cuatro años ya están bailando con la música caribeña con una gran plasticidad.
¿Y el vals criollo?
Para hacer mi Tesis doctoral tuve que leer un libro sobre “Psicoanálisis del vals peruano”. Los temas del vals, decía el autor, son desesperantes: primero la degradación de la mujer, luego las ausencia y las carencias, y muy poco sobre el amor.
La música mejicana es bien machista, todo el mundo lo sabe: “Te vas porque yo quiero que te vayas”. La música peruana es “mamista”: me dejas y me echo a llorar. Todas son penas.
Bueno, pero ahora tenemos la música andina…
Felizmente.
En Arequipa estamos viviendo otro mestizaje, la migración puneña le ha cambiado el rostro a Arequipa, no solo el rostro físico sino la manera de hablar, de hacer negocios, de cantar y de bailar. Mira los apellidos de los ganadores del último concurso de Cerro Verde, los mejores pintores son Mamani, Quilla, Condori. Nuestra identidad ha cambiado en tres décadas. Hoy existe un nuevo arequipeño, una nueva música arequipeña: la música andina. Arequipa es una ciudad medio altiplánica. Y eso me alegra.
Pero Arequipa siempre ha sido un lugar de mestizajes, desde antes de los incas y de los españoles aquí se mezclaron los puquinas, los yanahuaras, los collaguas y luego vinieron los collas y los aimaras y después los españoles. Y todos seguimos mezclándonos.
¿Podemos considerar a las danzas puneñas como arequipeñas entonces?
Por supuesto. No hay fiesta popular en la que no se presente alguna danza folklórica, y los que bailan son hijos e hijas de puneños de segunda o tercera generación. No vienen de Puno, han conservado su danza y la han adaptado a nuestro entorno. Si van a Puno bailan igual en la fiesta de la Candelaria, pero se sienten arequipeños en Puno. La identidad arequipeña se asume muy rápido y es muy fuerte, pero ha cambiado.
Es tu caso, por ejemplo…
Todos creen que he nacido en Puno, pero lo cierto es que nací en el Hospital Goyeneche. Mi padre, Cástor Vera era puneño, vino a casarse a Arequipa y aquí nacieron sus hijos, después nos fuimos a vivir a Puno. Yo pasé doce años de mi vida en Puno, aprendí la música puneña y la música clásica con mi padre y luego me vine a Arequipa.
Hace un año nos reunimos en Puno cincuenta descendientes de Cástor Vera, hijos, sobrinos, primos, nietos: todos músicos; y tocamos en el Teatro, cada cual lo suyo, había músicos de jazz, de punk, una cantante de la Ópera de Campinas de Brasil, varios violinistas, guitarristas, compositores; y al final formamos un coro y una orquesta para interpretar música de mi padre.
Fue una expresión pura de mestizaje.
¿Se podría hacer algo por la música arequipeña?
Imagínate un Festival de la Pampeña arequipeña auspiciado por Cerro Verde, algo parecido al Festival de Cosquín en Argentina.
Hay algunos géneros que podrían adaptarse al nuevo espíritu arequipeño: la pampeña que es una especie de huayno, los carnavales…
¿El carnaval arequipeño es un género?
No es, pero debiera. En Argentina hay el género del “carnavalito”; igual podría haberlo aquí. Hasta los músicos que vienen de Lima y de afuera tocan el Carnaval Arequipeño, de Ballón Farfán, y todo el mundo canta y baila aunque no sea época de carnavales. ¿Por qué no componer más “carnavales” para bailar y cantar?
El asunto es que alguien invierta dinero y pague a los músicos por componer, produzca sus discos, los grabe y propicie que los artistas puedan vivir de su música.
En Puno se graban discos todos los días. Virgilio Palacios ha publicado un “Registro de Melodías Puneñas” impresionante. Hace poco me invitaron para Jurado de un concurso de Estudiantinas, nos quedamos hasta las tres de la mañana. Lo que pasa es que allí los músicos viven de su trabajo, de su arte. Si lográramos que en Arequipa se vuelva a componer, que se vuelva a escuchar y a bailar música arequipeña y que se graben discos y que la gente los conozca y los cante, podríamos hacer también nuestro aporte a la música popular peruana.

 

 

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