El sexo pagado en tiempos de internet

Por Luis Nieto Degregori

Gaby, una muchacha de diecinueve años que se dedica al sexo delivery, dice no sentirse menos que las muchachas que no se dedican a vender su cuerpo y alega que esto es así porque esas muchachas suelen tener sexo casual con algún hombre que conocen en una fiesta o una discoteca con la única diferencia de que no cobran por ello. “Se acuestan con hombres ajenos, que no conocen, pero yo les saco la ventaja de cobrarles, ellas no” –argumenta Gaby, quien lleva un año dedicada a esta actividad.

Se ha investigado poco todavía sobre esta nueva modalidad de intercambio sexual que se ha popularizado en la última década. Algunos autores la llaman “servicio delivery” pues el cliente pide el servicio por teléfono sea desde su casa o desde un hostal y espera a que la muchacha contactada llegue, aunque también es común que las chicas que se dedican a esto cuenten con su propio departamento. Otros autores, en cambio, han bautizado este intercambio como modalidad digital en alusión a la forma cómo se publicita en sitios web. De hecho, pareciera que en los últimos años este tipo de anuncio está desplazando a los que aparecen en los periódicos.

Hasta aquí no quedaría claro por qué dedicar un capítulo aparte a un tipo de comercio sexual que no parece muy distinto de cualquier otro salvo por el lugar donde se presta el servicio o por la forma en que se publicita, pero en realidad la singularidad radica en el tipo de personas que se dedican a esto. Para empezar, se trata no solo de mujeres sino también de varones que ofrecen sus servicios a mujeres, así como de homosexuales pasivos y activos que buscan encuentros a cambio de dinero. Y la peculiaridad más saltante es que es un servicio segmentado, por lo general dirigido a clientes que pueden pagar tarifas altas en soles o incluso a clientes que pagan en dólares, aunque esto último es menos difundido. Si en el primer caso las muchachas que se dedican a esto, por lo general muy jóvenes, son de sectores populares o clase media baja, en el segundo suelen ser de clase media media o incluso media alta.

En el caso de las chicas provenientes de familias de escasos recursos, la principal motivación para dedicarse al servicio delivery suele ser la necesidad de dinero, básicamente para cubrir sus gastos de mantenimiento o pagar sus estudios. Las muchachas provenientes de familias acomodadas, en cambio, lo hacen para comprar ropa de marca y cosméticos o para costear diversiones y en general gastos superfluos que seguramente sus padres no consideran apropiado cubrir. Como se puede deducir, las chicas empujadas por la necesidad se dedican a esta actividad de una manera más permanente, en tanto las que solo buscan dinero para sus caprichos pueden hacerlo de manera eventual e incluso dejar de brindar sexo a cambio de dinero en cualquier momento. Incluso las muchachas del primer grupo, sin embargo, no suelen considerarse prostitutas sino acompañantes.

Que se sepa, nadie ha investigado todavía cómo viven su sexualidad y cómo se ven a sí mismas las jóvenes que intercambian sexo por una suma considerable de dinero sin tener en realidad ningún apremio económico. Por lo mismo, tampoco se tiene testimonios directos sobre los factores que inciden en su decisión más allá del crematístico. Se tiene a lo sumo los testimonios de algunos dueños de locales nocturnos donde muchachas del mismo perfil también intercambian sus encantos por dinero. Así, el sociólogo Rubén Ramos Falconí recoge lo expresado por el dueño de una discoteca:

“Lo que ocurre con este mercado es que es muy competitivo y cada día están ingresando más y más chicas y cada una con lo suyo. El mejor gancho para atraer a la clientela son las anfitrionas, las bartender que vienen a montones a pedirte chamba. La mayoría tiene su familia y no necesita para comer: les gusta comprarse ropa, vestirse bien, tener su tarjeta Ripley… Algunas viven solas o en grupo y se manejan muy bien. Salen con empresarios o con esos patitas que viajan y se las llevan.”

Por su parte, Josué Chapilliquén realizó una investigación entre el 2016 y 2018 en base a seis entrevistas a muchachas de sectores populares que se dedican a la modalidad digital. Gaby, a quien citamos al inicio de este capítulo, es justamente una de las entrevistadas por Chapilliquén. Ella confiesa que entró a esta actividad porque se le presentó “un gasto grande” que debía cubrir con urgencia y en esto no se diferencia de la mayoría de entrevistadas, que aducen como motivación la presión económica, la necesidad de costear la universidad y gastos extras y situaciones similares Solo una de ellas, la más joven, diecisiete años al empezar, reconoce que vio una manera rápida de ganar dinero pues se sentía explotada en su anterior trabajo de vendedora de zapatos. En general, casi todas las entrevistadas, seguramente debido a su bonita apariencia, probaron trabajos como los de azafatas en sangucherías o restaurantes, pero los bajos sueldos estaban lejos de satisfacer sus expectativas y cubrir sus necesidades. Solo una de ellas trabajaba en su profesión de chef, pero adujo que fue despedida injustamente por un gerente que la acosaba y luego tuvo dificultades para conseguir un trabajo en su campo.

Es importante señalar que cinco de las seis mujeres entrevistadas dicen no tener pareja en ese momento y tampoco tienen hijos. Solo una de ellas, la mayor, de veintisiete años, tiene un hijo con su ex pareja pero es él quien está a cargo del niño. Al mismo tiempo, casi todas las entrevistadas dicen que eventualmente brindan ayuda económica a sus familias aunque aclaran que estas no saben la verdadera fuente de sus ingresos. Otro aspecto relevante es la percepción que tienen ellas de los hombres, no solamente de los eventuales clientes sino de aquellos con los que tratan en su vida cotidiana. Es muy interesante en este sentido el testimonio de Gianella, quien manifiesta lo siguiente:

“Yo creo que la mayoría de hombres con los que me he involucrado en mi vida real…eh han sido hombres de todas las edades, he buscado hasta hombres mayores con los cuales yo pensé que iba a tener algo estable, con los cuales yo pensé que iba a funcionar una relación, pero me han tratado hasta peor que un cliente, porque los clientes, así sea una hora, eh…se puede decir que te tratan mejor, al menos en mi caso, que una persona que…no sabe nada de tu vida.”

La conclusión a la que llega Josué Chapilliquén en base a este testimonio y otros similares es que, contra lo que se pudiera suponer, las mujeres que se dedican al sexo por delivery se sienten empoderadas puesto que obtienen beneficios económicos de la relación que establecen con clientes en su trabajo, una relación por lo demás que no se diferencia mucho de la que tienen con hombres que no saben a lo que se dedican. Como precisa este investigador:

“Algunas de ellas aprecian que el trabajo sexual se constituye como escenario de relaciones más auténticas, en el sentido de que los hombres y las mujeres manifiestan su deseo de modo más explícito: los hombres desean sexo o ser escuchados, mientras que las mujeres desean recibir beneficios económicos. Por lo tanto, se atenúan algunos ingredientes tóxicos de las relaciones que en el ´mundo real´ despliegan, como las manipulaciones, los engaños, etc.”

Es lo que parecen traslucir las palabras con las que Gianella hace el balance de su experiencia:

“Creo que es una manera rápida de poder comprar lo que necesito, de poder ayudar en mi casa, de poder ayudarme yo misma también, de poder estudiar siempre y cuando tú sepas administrar bien el dinero. Si no lo sabes realmente estás fregada, pero, de hecho, si tú eres una mujer estable con las cosas que tú quieres, una mujer madura, yo sé que puedes llegar muy lejos.”

¿Estamos en este caso ante lo que los estudios de género llaman “feminidades subversivas”; es decir, ante aquellas que escapan a la normativa y a los roles de género establecidos en determinado contexto social? A decir de la antropóloga Doris León, una de tales feminidades transgresoras es precisamente la que muestra un “exceso” en el desempeño de los roles sexuales, desestabilizando un orden social y moral basado en el mantenimiento de una conducta sexual femenina pasiva y recatada. Hacen falta más investigaciones para responder a esta pregunta y establecer por lo menos cuán extendida está la práctica entre las mujeres jóvenes peruanas de ejercer eventualmente el intercambio de sexo por dinero. Sin embargo, seguramente se están dando muchos casos de hombres que, sin saberlo, forman pareja con mujeres que en algún momento apostaron por la opción de cobrar por lo que los varones de su entorno creían que se les debía dar de manera gratuita, tan solo a cambio de algunas atenciones que formaban parte de un comportamiento machista.