“No tengo tiempo para nada”
Analía de Fátima Huamani
Hace unos meses un profesor de universidad presentó a la clase algunas de las herramientas de inteligencia artificial que él usaba, que no eran todas pues conocía más. Me sorprendió la gran cantidad de herramientas que presentó, y que cada día aparecen nuevas tecnologías que no solo facilitan el trabajo, sino lo hacen más rápido.
En las últimas décadas hemos presenciado un cambio acelerado en la sociedad, no ha dejado de sorprender con cada uno de sus nuevos inventos para apresurar las cosas, la forma ligera en que hacemos esas cosas. Buscamos cada día que la vida sea más inmediata, que los largos caminos se acorten, “el placer del momento”.
Nos hemos convertido en personas del momento, pero esta búsqueda de lo inmediato nos envuelve en nuestra propia burbuja, nuestro mundo particular en el que los otros mundos aledaños dejan de cobrar importancia; y la indiferencia hacia estas realidades externas, la indiferencia social, se acrecienta. “Aunque cada vez estamos más hiperconectados, también nos sentimos más alejados de la realidad”, escribió Herraiz en 2022.
Paradójicamente, aunque las tecnologías hacen nuestra vida más fácil y agilizan los procesos que antes tomarían mucho tiempo, la vida se ha vuelto cada vez más corta, o esa es la sensación que da. Diariamente podemos escuchar frases como “No tengo tiempo para nada”, “el tiempo no me alcanza para nada”, “el tiempo corre” o “el tiempo vuela”. Frases que reflejan este problema.
Sin embargo, esta nueva realidad en la que vivimos, de las grandes tecnologías y la inmediatez de la vida, es perjudicial no solo porque genera mayor estrés o ansiedad en las personas, ya sea por la sobrecarga de información u otras cuestiones, sino porque afecta algo elemental en la vida de todo ser humano como son las relaciones sociales.
Una persona que constantemente esta enfocada en su propia vida y que tiene tantas cosas por hacer muy difícilmente va a voltear a ver qué pasa con el otro, darse el tiempo para hablar o para ayudar, pues el tiempo que le llevará será mucho y como se dice comúnmente “el tiempo es oro”. Acrecentándose así la indiferencia, que, si antes era un problema, ahora que “la vida es corta” y lo que a otros les pasa “no es mi problema” ha empeorado.
Por consiguiente, si somos indiferentes frente a los problemas de gente cercana a nosotros, los problemas de personas a las que no conocemos son totalmente irrelevantes.
La indiferencia normalmente es definida como un estado anímico en el que no hay un estoy a favor o en contra de algo, es un desinterés total hacia algo o alguien. En ocasiones la indiferencia no suele ser un mal, sin embargo, en la sociedad actual esta indiferencia ha ido tomando un rumbo mucho más dañino, pues se convierte en una forma de maltrato “La indiferencia largamente proyectada sobre alguien en concreto o sobre un colectivo es una forma de maltrato”.
La falta de interés, de empatía hacia lo que sucede a los otros afecta y daña a la sociedad, pues una sociedad en la que sus miembros se ocupan solo de ellos mismos no puede desarrollarse debidamente y se convierte en una sociedad egoísta, en la que no existe fraternidad alguna y en la que se prioriza al individuo. Lo que ocurre es que la indiferencia cala de manera que no hay reconocimiento, no del semejante, sino de la responsabilidad que se tiene con él.
La inmediatez, nos envuelve en un pensamiento individualista, sumergiéndonos así en la indiferencia total hacia todo lo que nos rodea, hacia los otros. Lo banal, lo que no necesita de tiempo y esfuerzo para ser logrado, es una cosa que las personas empiezan ha apreciar cada vez más, ya que genera un placer inmediato. Sin embargo, esta forma de pensar, esta forma de vivir, hace que las relaciones que formemos sean superficiales, que los problemas que no sean nuestros dejen de importar, ello debido a que nos cansamos rápido de las cosas y tan rápido como nos casamos de leer un libro extenso nos cansamos de las personas. Según la psicóloga Helena Terricabras:
“Cuando hablamos de cansarnos fácilmente de un libro, o una prenda de vestir, puede ser que lo comprendamos o no lo veamos tan “grave”, pero el problema radica en que nuestro cerebro no sabe diferenciar entre lo que puede ser más importante de lo que es más banal, y si acostumbramos a cambiar y obtener novedades de forma constante, lo asumiremos como normal”.
Esta forma de vivir es tan perjudicial, porque si no hay quien vele y se preocupe por solucionar y atender los problemas de los otros, de la sociedad, esta se terminará destruyendo así misma, puesto que, si solo velamos por nosotros, ¿Qué pasara con la sociedad?, ¿Qué pasara con los otros?
En suma, la actitud indiferente que ha asimilado la sociedad puede ser nociva, por lo que se debe cambiar. Para ello se debe priorizar aquello que es realmente importante y poner límites a la inmediatez, ya sea haciendo las cosas con el debido tiempo que necesitan y no corriendo, o tomando las pausas necesarias en nuestra rutina para descansar del ajetreo de la vida
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