Casandra, silencio de mujer
Valeri Milagros Velarde Arellano
El curso de Literatura Griega, en la Escuela de Literatura de la UNSA, me permitió encontrarme con Cassandra, profetisa troyana casi siempre relegada al margen, pero imprescindible para comprender el modo en que el silencio femenino ha sido configurado desde la antigüedad. En ella advertí un gesto que se repite en distintas épocas: la mujer que dice la verdad pero es condenada a callar. Inmediatamente recordé a otra Cassandra: la que Taylor Swift construyó e interpretó en su música, convertida en voz contemporánea de lo ignorado. Ambas figuras muestran cómo el silenciamiento femenino —ya en la Grecia clásica, ya en la cultura digital— no es un accidente, sino un mecanismo de control patriarcal que persiste y se actualiza. Sin embargo, lo más relevante es que, en la resignificación del mito, ese mismo silencio puede convertirse en recurso de resistencia y reapropiación de la voz.
No resulta extraño que la mitología griega irrumpa en la lírica contemporánea; lo llamativo es que un mito condenado al silencio sea recuperado para hablar de lo nunca dicho. Cassandra, hija de Príamo y Hécabe, recibió el don de la profecía al mismo tiempo que la maldición de ser ignorada tras rechazar a Apolo. Aunque tenía el conocimiento, el linaje y el derecho a hablar, su voz fue anulada por un poder patriarcal que redujo su palabra a histeria. Encerrada por sus padres, aislada del espacio público y despojada de autoridad, Cassandra se convirtió en símbolo de la mujer que sabe demasiado, pero a quien nadie quiere oír. Esa dinámica, marcada por el vínculo entre poder y palabra, encuentra eco en la experiencia de Taylor Swift, que en 2016 fue forzada a callar tras la campaña de desprestigio iniciada por Kanye West. El rapero tergiversó una llamada telefónica, la acusó de mentirosa y la representó como una serpiente; las redes sociales amplificaron la condena, convirtiendo su imagen en objeto de burla y odio, hasta obligarla a desaparecer del escenario mediático durante un año.
En la Grecia clásica, hablar era poder; callar, obedecer. El silencio femenino estaba ligado al orden social, a la virtud de la mujer sumisa que no ocupa espacio ni con su voz ni con su pensamiento. Cassandra lo demuestra al predecir la caída de Troya por el caballo de madera, que ella imploró no dejar entrar. Su advertencia, sin embargo, fue ridiculizada como locura, y su propio pueblo prefirió aislarla antes que escucharla. En la cultura pop, reflejo amplificado de nuestra sociedad, la lógica permanece: incluso una mujer rica, famosa y aparentemente poderosa puede mantener su lugar privilegiado solo si acepta obedecer y callar. Swift lo narra desde el inicio de la canción:
‘Cause that’s where I was when I got the call
pues ahí estaba yo cuando recibí la llamada
La artista cuenta que Kanye West le informó que usaría su nombre en una canción, pero nunca mencionó que la insultaría explícitamente llamándola “perra” ni que la expondría en su videoclip. Cuando Swift reaccionó al descubrir el verdadero uso de su imagen y pidió ser retirada de esa narrativa, West difundió un fragmento manipulado de la llamada, y la opinión pública la castigó por “mentirosa”. Como la sacerdotisa troyana, Swift fue obligada a callar por atreverse a decir una verdad inconveniente.
La analogía se vuelve aún más evidente en los versos del precoro:
When the first stone’s thrown, they’re screaming
Cuando lanzan la primera piedra, ellos gritan
In the streets, there’s a raging riot
En las calles hay un motín incandescente
When it’s «Burn the bitch,» they’re shrieking
Cuando suena «Quemen a la perra», chillan
When the truth comes out, it’s quiet
Cuando sale la verdad, hay silencio
La referencia bíblica es explícita: Swift cita el pasaje de Jesús defendiendo a María Magdalena (“el que esté libre de pecado, que arroje la primera piedra”) para representar el linchamiento público en los medios y redes sociales. El coro furioso que grita en las calles es una imagen paralela a los griegos que desoyeron a Cassandra; y la ironía final es devastadora: cuando la verdad se revela, nadie la reconoce. Así como Cassandra fue apresada tras la caída de Troya, condenada a la esclavitud y finalmente asesinada junto a Agamenón pese a haber anticipado su destino, Swift tampoco fue reivindicada en 2020, cuando se filtró la llamada completa y quedó comprobado que había dicho la verdad desde el inicio.
Silenciadas, ignoradas y, aún más, vilipendiadas:
they killed Cassandra first ‘cause she feared the worst
Así que mataron a Cassandra primero pues ella temía lo peor
And tried to tell the town
e intentó decírselo al pueblo
So, they filled my cell with snakes, I regret to say
Así que llenaron mi celda con serpientes, lamento decirlo
La celda de Cassandra se llena de serpientes en el mito y en la canción. En algunas versiones, estas criaturas lavaron sus oídos cuando niña, otorgándole el don de escuchar el futuro; en la tradición cristiana, simbolizan traición y maldad. En 2016, West y su entonces esposa saturaron las redes de Swift con emoticonos de serpientes, y esa imagen se convirtió en el signo de una ola de odio reproducida por celebridades, periodistas y fans. La metáfora se repite: tanto la princesa troyana como la artista pop son encerradas en celdas simbólicas repletas de serpientes, rumores y habladurías que deforman su palabra.
La experiencia de Swift no se limita a una canción. Otras piezas como Mad Woman (2020) también denuncian que cuando una mujer con conocimiento habla, su palabra no solo es ignorada, sino también tergiversada y manipulada. “Una mujer que sabe demasiado” siempre amenaza al orden, por lo que se la etiqueta de loca, histérica o malvada. En ese gesto se reconoce a Cassandra, estigmatizada incluso después de que su don se comprobara verdadero. Ambas voces, atravesadas por la burla y la sospecha, comparten el destino de ser desacreditadas por saber y decir.
Aun así, ni Cassandra ni Swift se reducen a víctimas pasivas. La sacerdotisa troyana, consciente de que su voz jamás será reconocida, convierte el silencio en último recurso de agencia: calla cuando quiere, habla enigmáticamente cuando lo decide, aun sabiendo que morirá. Swift también resignifica su silencio: tras desaparecer de los escenarios, regresa en 2017 con el álbum Reputation, apropiándose del símbolo de la serpiente y usándolo como emblema de poder. El marketing transformó la humillación en una de las estrategias más exitosas de su carrera. En ambos casos, el silencio impuesto se convierte en silencio elegido, una forma de resistencia frente a un orden que busca acallarlas.
La reinterpretación de Cassandra en la música contemporánea demuestra la permanencia de un gesto histórico: la deslegitimación de la voz femenina. La princesa troyana y la artista pop fueron ridiculizadas y apartadas incluso cuando la verdad ya estaba de su lado. Sin embargo, su silencio no se limita a la impotencia; se transforma en un arma, en un recurso de reapropiación que revela la capacidad de resistir incluso dentro de las estructuras de poder. Reconocer estas continuidades históricas no significa repetir la tragedia, sino asumirla como advertencia: mientras el silencio siga funcionando como norma de control, es necesario transformarlo en autonomía y resistencia. El mito y la canción se encuentran, así, en un mismo punto: la lucha por el derecho a hablar y a ser escuchadas sigue abierta, y exige ser llevada a cabo.
![]()


