El rey de Ancat

La increíble historia de Guido Fernández de Córdova

Alguna vez Tacna tuvo un rey, aunque no precisamente de Tacna, sino de Ancat. Ni Guido Fernández de Córdova y Amézaga resultase su coronado monarca —como debió serlo— sino Sadín, su alter ego o heterónimo. Digámoslo mejor así: Hubo en mi ciudad un rey que un día lo perdió casi todo.
Si algún visitante al dar un paseo por la alameda Bolognesi se encuentra en una de sus cuadras con una librería de las que aquí abundan: que han hecho de la piratería un próspero negocio; puede que note en el letrero el nombre: “Reino de Ancat”. Y si, empujado por la curiosidad, toma del brazo a un hombre o mujer con pinta de lugareños y le pregunta a qué significa aquel nombre, quizá esta persona solo atine a mirarlo con desconcierto mientras de sus labios se desprende un continuado mmmmm… el tiempo justo para dar con una respuesta; aunque luego de unos segundos deba reconocer su ignorancia y termine encogiéndose de hombros. De persistir con su curiosidad e ingresar al lugar aproximándose a uno de los expendedores de libros para hacerle la misma pregunta, lo más probable es que tampoco este sepa de quién se tomó aquella denominación. Y si lo sabe, menos se dará cuenta de que hace un mísero favor al creador de mundos tan fantásticos como los de Tolkien (tal cual fue la comparación que hicieron de Guido Fernández de Córdova quienes reseñaron su obra en el extranjero). Tampoco podrá decirle que cruzando la alameda, unas casas más arriba se levanta el último edificio que don Guido conseguía retener y perdió finalmente en un remate bancario, y en donde una noche su nieta María Alexandra lo encontró inerte.
Solía dar un paseo por la alameda y sentarse después en una de las banquetas de concreto para mirar la bóveda crepuscular que se dibujaba sobre el entramado de las palmeras, imaginado tal vez el confuso desorden de vías aéreas por donde viajaban los personajes de sus historias.
—¿Sabes por qué me gusta venir a esta hora y sentarme precisamente aquí?
El joven acompañante de sus paseos vespertinos de los últimos años sonrió al escucharlo, sin sospechar que tiempo después habría de rememorar estas conversaciones.
—Porque el horario de oficina termina y este es el mejor lugar para contemplar la belleza de las jóvenes secretarias.
Es allí, en una de esas banquetas en que acostumbraban esperar a aquellas mujeres transfiguradas por el color de la tarde, sí, allí, en medio del vértigo producido por el blanquinegro de las losetas de esta alameda, cuando Willy conoció de don Guido la historia de su arribo a Tacna.
Nació en La Paz el 6 de febrero de 1925 y ciertamente era peruano de nacimiento, pues lo inscribieron en la Embajada del Perú. Su padre llevaba algún tiempo en Bolivia ocupando un cargo importante en la sucursal del Banco Perú y Londres; estancia que le permitió conocer a quien se convertiría en su esposa. Posteriormente, el gobierno peruano promovería la repoblación de la Heroica Ciudad que acababa de tornar a suelo patrio. Decidieron aceptar la invitación y viajar cuanto antes. Durante el trayecto en tren, la mayor parte del equipaje había sido robada o se perdió en el camino. Por lo que la primera noche aquí, a la intemperie, envueltos con el aroma voluptuoso de los frutos del granado desbordándose en uno de los callejones tacneños hoy conocido como calle Arica, descubrieron que los gobiernos no siempre cumplen sus promesas.
Con los años don Guido se volvió un importante empresario; de tanto dinero que tuvo, dijo una vez: “Ni aun los hijos de mis hijos podrían gastarlo todo”.
Sus inquietudes culturales lo incitaron a publicar la revista “Lámpara” y a sumarse al grupo de jóvenes escritores encabezados por Segundo Cancino, con quien asumiría la edición de “Killka”. Exploró en los senderos de las letras y de las artes plásticas con el mismo entusiasmo. Editó “Árbol de lluvia”, “Velero de vino”, “El ojo del girasol”, “Una onza de gongorismos”, “Cuentería”, “El fabuloso reino de Ancat”, entre tantos otros libros de su autoría. Congregó a intelectuales y artistas de la época (baste mencionar entre ellos, al poeta español José Agustín Goytisolo) en tertulias organizadas en una de sus casas ubicada en San Francisco 145.    
Un día, Guido Fernández de Córdova notó con sorpresa que su patrimonio decrecía vertiginosamente. Giros políticos lo dejaron detrás de un escritorio, en medio de cajones que se apilaban en torres a sus costados en el sótano de una de las universidades que había ayudado a financiar en tiempos de bonanza. Sin embargo, su jovialidad no disminuyó, tampoco su capacidad de desprendimiento. Acostumbraba sortear paquetes de libros de su biblioteca personal entre quienes asistían a los conversatorios que organizaba en esa fecha y bautizó como “Martes UPT”.   
“Una onza de gongorismos y otros pájaros” es el título del poemario con que ganó en 2001, el Premio Copé de Bronce. En la siguiente bienal volvería a quedar entre los finalistas con “El ermitaño inasequible”. Curiosamente, en algún momento hubo quienes le dieron el calificativo de ermitaño, acaso gente demasiado acostumbrada a los tópicos. Pienso que si pudiera, a lo mejor respondería con el mismo argumento del guionista español Rafael Azcorna quien defendiéndose de la acusación de misantropía, señalaba haber deseado siempre estar rodeado de muchas personas, y si el deseo no se había concretizado era solo porque no soportaba a los pesados. 
El último edificio donde vivía le fue arrebatado en una subasta. Con el saldo que le entregó el banco, compró una casa para su familia. He sabido de siempre que estuvo consagrado a sus seres queridos. Hace unas horas me reuní con Luis buscando hallar algunas respuestas. En su rostro, contemplo los rasgos del padre: tiene el mismo color de ojos, la forma de las cejas, el perfil de la nariz. No podría aventurarme a decir que don Guido realmente se ha marchado o de pronto solo decidió transmutarse en las formas de su hijo primogénito, del mismo modo como Lidis —personaje de uno de sus cuentos—  parece volcar en su gato toda la genial extrañeza que le daba vida. Luis detiene su mirada en algún punto distante. Evoca su caída de niño en un zócalo de las escaleras y el carácter sereno de su padre, su juego de inversión de letras… el último almuerzo familiar. Quizá, don Guido solo fingió su muerte cuando aquella noche luego de trabajar sus poemas en la computadora, sintió un repentino dolor en el pecho, caminó hasta el sofá recostándose en él, intentó marcar un número en su celular y resbaló al piso. Con cuidado, trémula, su nieta intentaría despertarlo luego.
Es cierto, hubo en Tacna un magnífico rey que lo perdió casi todo; menos su genio travieso, su galante coquetería, su calidez humana, sus verdaderos amigos.

 

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