La escalera de Wittgenstein

Un poema sobre la soledad humana

La escalera de Wittgenstein

David Lehman

Mis proposiciones sirven como elucidaciones del siguiente modo: cualquiera que las comprende eventualmente las reconoce como sinsentidos una vez que las ha utilizado —como escalones— para trepar más allá de ellas (Debe, por así decirlo, arrojar la escalera después subir por ella).
Ludwig Wittgenstein, Tractatus.

1.
La primera vez que me reuní con Wittgenstein, llegué
tarde. “El tráfico era criminal”, le expliqué.
Pasó los siguientes cuarenta y cinco minutos
analizando esta proposición. Luego quedó callado.
Me pregunté por qué habría elegido un reservorio de agua
para nuestro encuentro. Me pregunté también
cómo iba a bajarme, pues la escalera que usé
para trepar hasta allí había caído al piso.

2.
Wittgenstein hizo el servicio militar como artillero
en el Ejército Austríaco durante la Primera Guerra Mundial.
Antes de la guerra estudió lógica en Cambridge
con Bertrand Russell. Cuando heredó
la fortuna de su padre (hierro y acero), entregó
el dinero, no para los pobres, a quienes hubiera
corrompido, sino para parientes tan ricos
que aquello no les iba a afectar.

3.
Tras dejar Viena en agosto de 1918
reunió las entradas de sus cuadernos
en el Tractatus. Al notar que éste proporcionaba
la solución definitiva de todos los problemas
de la filosofía, decidió ampliar
sus intereses. Se hizo profesor de escuela,
luego asistente de jardinero en un monasterio
cerca de Viena. Incursionó en la arquitectura.

4.
Regresó a Cambridge en 1919,
y recibió el doctorado por el Tractatus,
“la obra de un genio”, en opinión de G.E. Moore.
A partir de 1930 dio una conferencia semanal,
y dirigió un grupo de debate. Hablaba
sin notas, alternando largos periodos de silencio.
Después, exhausto, se metía al cine
y se sentaba en la fila delantera. Le gustaba Carmen Miranda.

5.
Solía visitar las habitaciones de Russell a media noche
y pasear de arriba abajo “como un tigre enjaulado.
Al llegar, podía anunciar que cuando se marchara
se suicidaría. Así que, aun soñoliento
no me gustaba despedirlo”. Una noche de esas,
después de horas de mortal silencio, Russel dijo:
“Wittgenstein, está meditando sobre lógica o sobre
sus pecados?”. “Sobre ambos” respondió él, y reasumió el silencio.

6.
La filosofía era para él una actividad, no una doctrina.
“El solipsismo, cuando sus implicaciones son seguidas
estrictamente, coincide con el puro realismo”, escribió.
Docenas de catedráticos se preguntaban qué quería decir. Le
preguntaron como sabía que “este color es rojo”, sonrió
y dijo “Porque he aprendido inglés”. No
hubo más preguntas. Wittgenstein dejó que el silencio
se acumulara. Luego dijo “Esa misma es la respuesta”.

7.
La religión estaba más allá de los límites del lenguaje,
Si bien el impulso a correr contra “las rejas de nuestra jaula”,
aunque “absolutamente inútil” no debía ser
abandonado. A.J. Ayer, una de las mentes más lúcidas de Oxford,
quedó intrigado. Si la lógica no es capaz de probar una conclusión
 sinsentido, ¿por qué Wittgenstein no la abandonaba,
“junto al resto de la metafísica, que no
merece atención excepto, quizá, para los sociólogos?”

8.
Como Dios que no se revela en este mundo,
“el valor de esa obra”, escribió Wittgenstein, “está en que
demuestra lo poco que se logra una vez que los problemas
son resueltos”. Cuando le cité la sentencia de Gertrude Stein
sobre Okland, “No hay nada ahí”, él meneó la cabeza.
¿Había algo ahí?, insistí. Respondió: Si y No:
Es tan imposible sentir la pena ajena como
padecer el dolor de muelas de otra persona.

9.
En Cambridge los catedráticos lo citaban reverentemente.
Les pregunté cuál creían que fue su mayor
contribución a la filosofía. “Sobre lo que no se puede
hablar, mejor es callarse”, dijo uno.
Otros mencionaron su concepción de la importancia
del sinsentido. Pero me gusta más la respuesta que dio
John Wisdom: “Haber preguntado:
¿Se puede jugar ajedrez sin la dama?”.

10.
Wittgenstein prefería las novelas norteamericanas
de detectives a la filosofía inglesa. Le gustaba almorzar
sin importarle lo que fuera, “mientras fuera
casi lo mismo”, anotó el profesor Malcom
de Cornell, un estudiante regular en cuya casa
en Ithaca Wittgenstein pasaba horas haciendo
labores domésticas. Era feliz entonces.
No necesitaba decir una palabra.

(Traducción de Willard Díaz)

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