Cara y Cruz

Dos narradores de la I Guerra Mundial siguen en pie

La conmemoración del centenario de la Primera Guerra Mundial ha desatado multitud de informaciones y publicaciones alusivas al conflicto bélico y a la recreación de una era pretérita que distaba mucho de ser perfecta.

Es ocasión de refrescar la memoria y/o descubrir a personajes vinculados a ella. En el ámbito literario hay como muestra, las obras de dos autores que optaron por distintos posicionamientos respecto al conflicto.

Scipio Slataper, nacido en 1888 en Trieste, ese suigeneris microcosmos nominalmente italiano, colaboró en la revista “La Voce”, dirigida por Giovanni Papini.

En 1909 sus artículos sobre temas culturales se publicarían con el título de “Lettere Triestini”.

También colaboró en “El Piccolo”, el periódico más difundido de Trieste, realizando entrevistas y escribiendo dos artículos en hora y media.

Slataper, involucrado en el debate social de su terruño, como dirigente del ala izquierda del partido Liberal, junto a Umberto Saba o Giani Stuparich, acabaría ejerciendo influencia literaria en el autor triestino más conocido: Italo Svevo, entre otros.

Slataper se autodefinía como: “un pobre italiano que pretende barbarizar sus preocupaciones solitarias”. Lo cierto es que el suyo fue un estilo lírico, evidente en su obra cumbre, una de las más relevantes de la literatura italiana del siglo XX, su breve autobiografía “Mi carso”, publicada en 1912 y que sería traducida al francés por el poeta Benjamín Crémieux. En ella dedica las primeras páginas a glosar el entorno natural de su niñez, con el que se identificaba cual genuino nativo. Sus elucubraciones y el pesar por el suicidio de una novia suya ocupan el resto del libro.

Al iniciarse la Primera Guerra Mundial, Slataper se ofreció como voluntario en el ejército italiano. El 3 de diciembre de 1915, a los 27 años -esa fatídica edad para muchas estrellas del rock- murió en la batalla de Monte Calvario, uno de los funestos escenarios bélicos de apropiado nombre, en este caso. En “Mi carso” dejó escrito: “Sobre toda criatura pesa una piedra o una rama rota”.

La trayectoria de David Garrett fue por completo distinta. Nacido en Brighton, en 1892, fue uno de los miembros del grupo de Bloomsbury por su affaire con el pintor Duncan Grant.

Al iniciarse la Primera Guerra Mundial, ambos, pacifistas, trabajaron en una granja como objetores de conciencia. Después trabajó en una librería  en el Soho y en 1922 obtuvo gran notoriedad y diversidad de premios literarios por su novela “La dama que se convirtió en zorro”. Ambientada en el condado de Oxfordshire, narra la súbita transformación de Silvia y el proceso de adaptación de tan singular trance por parte de Richard, su atribulado consorte.

El matrimonio Tebrick asume la vida y sus aciagas consecuencias acechado por odiosos perros de caza y por chismorreos pueblerinos. El autor se permite una licencia personal al respecto, incluyendo una anécdota: “hace poco conocí a alguien que después de un rato de charla y sin saber quién era yo, me dijo que David Garrett había muerto atacado por un gato rabioso al que torturaba… aquello me puso en guardia contra el hecho de dar por verdadero cualquier rumor y chisme del pueblo”.

En esa misma década, la de los años veinte, publicaría “Un hombre en el zoo o El retorno del marinero”.

Fans de Garrett fueron Virginia Woolf, su editora en Hogarth Press, Graham Greene y hasta Agatha Christie.

“Formas del amor”, de 1955, entusiasmó a Jean Rhys lo suficiente como para escribir: “Algún día me gustaría escribir una novela como las de David Garrett, aunque no sé si tendré la suficiente gracia para ello”.

Formas del amor reúne personajes y argumento propio de culebrón, pero tamizados con el humor y elegancia frívola de Garrett. La pléyade de personajes -Alex, sir George, Giulietta y/o Rose— son invariablemente cultos, guapos, desinhibidos en una historia que transcurre por el tiempo y el espacio —villas mediterráneas y departamentos parisinos— sin tribulaciones existenciales, aparte de las meramente sentimentales, que sobrellevan, incluso en el drama, con cierta deportividad.

Como consecuencia natural, la novela fue versionada como musical.

Garrett escribió otras novelas en las décadas siguientes, se divorció de su esposa, ilustradora de libros y se casó con una hija de su ex, Duncan Grant. Nuevamente separado, se mudó a Monteuq, Francia, donde murió en 1981.

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