Semiótica de la Cultura

Entrevista al filósofo mejicano Víctor Manuel Pineda

Durante una semana la Escuela de Literatura de la Universidad Nacional de San Agustín estuvo concentrada en las lecciones sobre Semiótica de la Cultura que vino a dar el filósofo mejicano Víctor Manuel Pineda. Su enseñanza se concentró en los conceptos introductorios de la “Semiosfera” tal como los propuso el semiólogo ruso Yuri Lotman en los años 80 del siglo pasado.

Entre los últimos libros escritos por Pineda están “Claves de la razón poética” (2002), “Republicanos y Republicanismo” (2008) y “Horror vacui” (2009). Ha seguido doctorado en la UNAM y posdoctorado en la Universidad de Hamburgo. Poseedor de una erudición espontánea que enriquece su discurso y lo lleva sin desabrimientos por los campos de la política, la literatura, la música, la historia y la antropología, Pineda entabla una relación directa y al mismo tiempo inteligente con los alumnos, que lo asedian en los pasillos cuando acaban las dos horas de la conferencia.

Conversamos con él sobre varios asuntos conexos, teniendo como norte el tema de la cultura y sus actuales peripecias.

 

P. El término “Cultura” es muy usado hoy, y sin embargo es poco claro. En la academia no hay acuerdo sino debate sobre su significado, y hasta los funcionarios, los gestores culturales y los artistas lo emplean sin precisión. ¿Qué es la cultura?

R. Cierto, es un término problemático, tiene muchos significados: cultura es memoria, es generación textual, son las descargas del cuerpo y sus pasiones, la construcción de una visión del mundo, la creación de un pacto social, a través de la cultura nos reconocemos con los otros.

La cultura es un elemento —yo no diría de gregarización porque este es un término de los biólogos— que articula un mundo que podría estar disperso, por lo tanto la cultura es condición de solidaridad y de reconocimiento de los otros. No solo atañe a las cuestiones de la belleza, del arte superior; no es una cosa exquisita para letrados.

P. ¿Cuál es el objeto entonces de la Semiótica de la cultura?

R. La Semiótica de la cultura, en todas sus vertientes, no ve a la cultura como los románticos del siglo XIX la querían ver, como la educación en un cielo sublime, sino en todos los actos que hacen que nos reconozcamos con los otros, no solo entre yo y los miembros de mi comunidad sino con los miembros de otras comunidades, el Otro en el sentido radical de la palabra, los que no son Yo o Nosotros, los “diferentes”.

P. En “La civilización del espectáculo” Vargas Llosa advertía sobre las concepciones antropológica y posmoderna que sostienen que todo es cultura, por lo tanto todo vale, sin importar sus calidades, sin jerarquías. Un anarquismo intelectual sobre el cual investigadores peruanos como Víctor Vich o Gonzalo Portocarrero se pronuncian en contra. ¿Cuál es tu posición?

R. El “anything goes” norteamericano, que profesa el posmodernismo, me parece un reconocimiento de que nada vale. Allí donde todo vale nada vale.

A través de la cultura nos hacemos una imagen de lo que es superior e inferior. Por ejemplo, es mejor ser libre que ser siervo. A través de la cultura podemos desplegar ciertas escalas de valoración. La literatura, la filosofía, la prudencia siempre nos han enseñado a elegir lo que es superior. Podemos discutir qué es lo superior, pero no aceptar la anarquía posmoderna. Las reflexiones éticas, las religiones nos proponen ideas sobre lo superior. Me parece que esta es una función indeclinable de todos los que operan sobre la cultura: proponer razones para elegir lo superior. Ahora, qué es superior, siempre es algo discutible; lo que es superior para un religioso no necesariamente lo es para un literato o un filósofo o un economista.

Pero siempre la cultura nos enseña a discriminar los valores.

P. Creo que cabe invitar a Lotman a esta conversación. ¿Cuál sería el papel de su concepto de “frontera”?

R. Las fronteras nos unen y nos separan de los otros; son umbrales, son esquemas de traducción. Nos separan de —pero también nos obligan a establecer un diálogo con— los otros. Son límites que permiten trazar una conciencia de sí mismo y a la vez una consciencia de los otros. Pero las fronteras no son límites absolutos, son límites necesarios que permiten definir una identidad, definir lo que son los otros, y al mismo tiempo el imperativo de traducir a los otros.

P. ¿Y cuál es la relación entre el centro o núcleo y las fronteras? ¿No es una relación de poder?

R. Creo que lo que explica el modelo es un flujo cultural. Debemos hablar de las Instituciones. ¿Para qué sirve una institución? Lo que Lotman llama el núcleo, la gramática, el lenguaje.

Las instituciones sirven para evitar destruirnos a nosotros mismos. Eso que a veces parece el centro del poder patriarcal a menudo tiene un papel relevante; la Iglesia, el Estado, la Familia, el Canon literario, son lo que nos puede dar ancla en la mareas, refugio en las tormentas.

Me parece absurdo denunciar a las instituciones como fuentes de puro poder vertical, de sujeción, de servidumbre.

Sin embargo todo eso que parece muy sólido será reemplazado en algún momento, desaparecerá. Lo que nunca desaparecerá es la necesidad de tener núcleos. El cristianismo por ejemplo, es un relevo de un núcleo; porque el cristianismo más que una religión es una cultura. En el cristianismo está concentrada toda una visión que nos explica lo que es el hombre y lo que es el mundo occidental. No sé si esta religión va a subsistir, o si algo vendrá a relevarla. Pero siempre habrá un núcleo. No existe el vacío de núcleo.

P. La narco cultura mejicana que se está proponiendo como un valor, por ejemplo, ¿sería parte de la periferia?

R. Ahí lo que hay son anti valores. Me parece que la cultura narco y su epopeya, el corrido narco, en realidad son anti valores: La vida fácil y breve es el ethos de la narcocultura. Lo que está en juego en Méjico es la lucha contra eso. Las movilizaciones sociales se están lanzando no solamente contra el poder del Estado mejicano visible sino contra ese Estado paralelo y sus marcos de valoración. Los estudiantes que han empezado a movilizarse en todo Méjico vienen con consignas contra ese poder narco.

Por eso lo que tenemos alguna responsabilidad en la educación debemos asumir una lucha contra el sistema narco: la producción, la venta y el consumo de drogas. Son los espejismos de una vida fácil que pueden llevar a tu país hacia esa narco cultura.

P. En el mundo del arte se asocia el consumo de drogas con la inspiración poética. Es un problema de muchos estudiantes.

R. Yo creo que hay un mito en torno a las drogas.

Si hablamos de Bukovski, de Thomas de Quincy, de Poe o de Baudelaire, ellos hicieron su obra “a pesar de” las drogas, no “por” las drogas. Hay una mitología facilona acerca del proceso creador. La musa alimentada de drogas está condenada a la muerte.

Flaubert es el prototipo de un hombre de escasas cualidades naturales para la narración pero cuyo trabajo obsesivo lo volvió un genio, sin necesidad de drogas. Vargas Llosa es otro ejemplo. Visto sin ningún romanticismo, el proceso creador en literatura o en cualquier otra práctica creativa humana tiene que ver con el trabajo arduo y no con la inspiración de origen artificial.

P. Hemos observado en tu discurso una gran intertextualidad, una flexibilidad que te permite cambiar de registros entre la literatura, la música, la política. La semiótica suele verse como una disciplina dura, árida. ¿Cómo logras esa facilidad aparente?

R. Lo que pasa es que la semiótica permite estos pasajes interdisciplinarios. Me parece que es una virtud disciplinaria de la semiótica, que no requiere de la “barbarie de las especialidades” de la que hablaba Ortega y Gasset. Hoy las humanidades están atravesadas por ese defecto de la modernidad, esa exigencia de especializarte. La semiótica permite transitar por muchos campos y romper las fronteras departamentales que son ficticias. Creo que el destino de las Humanidades consiste en esa flexibilidad para pasar de la música a la filosofía o a la antropología a través de la semiótica.

P. Hablando de la Humanidades, están atravesando en mi país por una crisis que la aparición de una nueva Ley Universitaria ha puesto otra vez sobre el tapete. La tendencia a poner la educación superior al servicio del mercado globalizado, de prepararle los cuadros técnicos que necesitan el comercio y la industria, las minas y los hipermercados deja a carreras como Literatura, Filosofía o Artes libradas a su propia suerte. ¿Qué podríamos hacer para resistir a esas amenazas?

R. La modernización de las profesiones es necesaria. Pero no podemos reducir la Universidad a la formación de competencias profesionales. Es cierto, hay que ganarse la vida; pero también hay que ganarse el alma, y la Humanidades son el alma de un país.

De modo que allí donde una comunidad educativa suprima las Humanidades, esa comunidad queda reducida a una “Metrópolis” como la de Fritz Lang: una sociedad de robots muy productivos.

Lo que le da sentido a la vida no lo proporcionan las profesiones sino las Humanidades. Ellas indican el camino a los científicos. Probablemente los filósofos no vendan nada en el mercado laboral, pero no todo lo que se vende tiene valor. Y me parece un acto de rebeldía no vender nada. Hay que producir ciencia más que servicios.

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