Llegaron los Huayruros

Goyo Torres Santillana

 

Gregorio Torres Santillana prefiere llamarse Goyo Torres, simplemente, y con ese nombre lo conocen todos, sus alumnos de Literatura, sus amigos y ahora sus lectores. A pesar del gesto serio y hasta dominante con que aparece en las fotos que promocionan sus libros, es más bien buena gente, un profesor cumplido y un escritor sistemático.

A raíz de la presentación de su último libro, el cuento largo “Llegaron los Huayruros” lo entrevistamos en un salón de la Escuela de Literatura de la Unsa, donde trabaja.

Siempre me intriga saber cómo la gente de literatura encontró esta pasión en su vida…

En mi caso no fue la literatura propiamente dicha sino la idea de contar historias que me llega cuando me vuelvo un aficionado de las tiras cómica de los diarios antiguos. Yo vivía con mi abuela, llegué a los cinco años a su casa, mi abuelo ya había fallecido un año antes, y ella me crió. No me dejaba salir a la calle a jugar pero en cambio yo tenía para mí toda la huerta y toda la casa vacía. Mi abuela guardaba baúles llenos de periódicos viejos de los años 50 y 60, cuando los encontré saqué las páginas de las tiras cómicas y ahí empecé a leer. Me leí las historias de Daniel el Travieso, Tarzán, Los Picapiedra, Doña Pepa.

Luego pasé a las revistas, encontré la colección entera de Life y la de Selecciones. Me gustaban las historias de viajes. De modo que cuando llegué al colegio ya sabía lo que me interesaba: las historias.

¿Y la literatura clásica?

Eso fue en el colegio. Recuerdo a pocos profesores pero uno que no olvido es el de Lenguaje, el profesor Guerra. Nos dio a leer un libro cuyos autores eran Tito Cáceres y un profesor Jiménez. Era una especie de antología de la literatura universal con fragmentos de varias obras. Ahí he leído trozos de Kafka, Poe, Neruda.

El primer libro completo que leí fue, en segundo año de secundaria, las “Narraciones extraordinarias” de Poe que un compañero trajo al colegio. Y desde ahí quede encantado por la literatura.

Por lo que veo, fue un contacto espontáneo, de autodidacta. Nadie te dio los libros y te aconsejó que leas.

Claro. Mi abuela era chacarera, nunca la he visto con libros en la mano. ¿Por qué empecé a leer? No tenía amigos, de modo que leer era llenar un vacío.

Y luego la Universidad. ¿Ingresaste de frente a Literatura?

R.- No. Como había leído muchísimas historias de viajeros, al terminar la secundaria me fui tirando dedo a Cusco, luego a Puerto Maldonado, pasé al estado de Pando en Bolivia y de ahí al Estado de Acre en Brasil. Allí encontré a un periodista que vivía en una especie de palafito, en plena selva, era un perseguido que sin embargo escribía artículos para diarios de La Paz. Por él fue que cuando volví al Perú, casi un año después, quise estudiar periodismo.

Ingresé a la Católica, hice casi todo el cuarto año en Periodismo y allí conocí a Herbert López Calderón, que a la vez seguía Periodismo en la Católica y Literatura en la San Agustín. Recién me enteré que había una Escuela de Literatura donde estudiar.

Fui a Lima a trabajar un año y al volver es que postulo a Literatura.

¿Conocías en ámbito literario arequipeño de esa época al menos?

No, nada. Apenas a don Manuel Gallegos Sanz, porque vivía cerca de la casa de mi abuela. Mi formación en literatura regional y nacional la recibo acá, en la San Agustín.

Eres un fruto genuino de la Escuela de Literatura entonces. ¿Y, con tu experiencia de todos estos años, qué crees que le ha aportado la Escuela de Literatura a la literatura regional?

Sobre eso tengo una hipótesis. Creo que a partir de los 90 los egresados de la escuela le aportan la narrativa. Arequipa no ha tenido una tradición continua de narrativa. Si uno revisa todo el siglo XX aparecen nombres esporádicos, no encuentra una corriente o una tendencia narrativa. En poesía sí, pero no en narrativa. Quizá el nombre más rescatable sea Edmundo de los Ríos. Solo a partir de los 90 la narrativa se hace abundante con una producción no solo de cuentos sino de novelas incluso, que supera los quince títulos del 2000 hacia acá.

¿Pero eso no pasa también en Lima o en ciudades similares a la nuestra? ¿No es que las industrias culturales promueven en las autoediciones?

Sí, solo con una diferencia. La narrativa que se produce a partir de los 90 en Arequipa, a diferencia de lo que pasa en Puno, en Cusco o en Tacna, tiene una idea clara de lo que es ficción. “Barcos de arena”, de Fernando Rivera, muestra una idea clara de lo que es escribir ficción más que simplemente contar una historia, respecto de libros similares de la macro región sur.

Además la Escuela de Literatura se convierte en un centro que aglutina a la gente joven que quiere escribir en la región. Viene gente de Tacna, de Cusco, de Puno, de Apurímac que quiere estudiar Literatura.

Y tres, el aporte de la crítica, que creo que es fundamental en la Escuela. No hay cantidad de libros de crítica, que ese sería el paso siguiente que tendrían que dar profesores, estudiantes y egresados. Pero uno que otro trabajo indica que ese debería ser otro aporte de la Escuela. Creo que lo que se produce en crítica literaria está un paso por delante de lo que se hace en crítica de música o de pintura, que casi no hay.

¿Y cómo concibes la idea de ser tú un autor de cuentos y novelas?

Como te había dicho, no es que quisiera ser un escritor sino que la primera idea es escribir historias, sin saber que había algo que se llamara literatura. La idea de escribir literatura recién llega en la Universidad.

¿Y cómo empiezas?

El primer texto  serio que escribo es un cuento que gana un concurso nacional de la revista “Cambio”, el año 90. Es el primer trabajo en que intenté hacer literatura, incluso con una experimentación formal.

El libro que acabas de presentar, “Llegaron los huayruros”, cómo lo has trabajado?

Como te había dicho, viví con mi abuela. Mi bisabuela había vivido en Vítor cuando llegaron los chilenos, y ella le contó historias de la ocupación a mi abuela, que me las contó a mí. Cuando estaba por fallecer me propuse un día contar las historias que ella me contó a mí. Y esa fue una de ellas. Lo comencé en 2004, la primera versión, que ha ido mudando, mejorando, hasta que el cuento llega al 2010 y lo envío a un concurso, y queda como ya lo he publicado.

Este cuento ratifica la visión de que eres un escritor de relatos históricos, que gusta de la reelaboración de los hechos históricos…

Hace varios años leí una noticia que influyó en mí bastante. El pasaje de “Cien años de soledad” en que se describe el tren que pasó por Macondo llevando a los muertos de la huelga de las plantaciones de plátanos dice que eran trescientos cadáveres. Pero en la realidad, pues es histórico, en efecto hubo un tren pero solo eras tres los muertos. El 2006 se conmemoró ese hecho, la huelga y los fallecidos, y el alcalde que daba el discurso de orden dijo, literalmente, “Estamos conmemorando ese hecho en el que murieron 300 trabajadores…”.

Esa imagen del efecto que tiene la literatura si es internalizada por los lectores y remplaza a la historia, me gustó. Yo creo que una de las cosas que podemos aprovechar para construir un imaginario propio es la literatura. Creo que la versión que cuenta la literatura de algunos hechos puede remplazar a la que cuenta la historia con una sequedad que no es nada atractiva. En esa línea trabajé la novela “Espejos de humo” y un par de cuentos más.

¿Y qué más tienes?

El próximo año espero publicar un libro de cuentos, “Animal nocturno”, y también tengo una novela concluida.

Eres un escritor productivo.

Trato de escribir todos los días una cantidad de horas. Dos o tres horas mínimo; más, si la escritura y el trabajo me dejan. Luego quedo agotado. Y hay épocas en las que no escribo pero leo.

 

 

 

 

 

Deja un comentario