La visita de Llosa

Entrevista al autor de “Las visitaciones”

En estos tiempos en que los propios escritores han asumido las tareas tristes del marketing de sus obras, y los medios de comunicación les hacen festivo eco, como pasa con las marcas comerciales, muchos renombres son infundados o excesivos.  A la luz de sus libros, solo media docena de escritores limeños de cuentos ha acreditado su valía; uno de ellos es Pedro Llosa, quien estará el próximo lunes presentando su obra en Cubo Blanco, Arequipa. Anticipamos una conversación con él.

 

P. En varias entrevistas y en el discurso de aceptación del Premio José Watanabe por “Las visitaciones” sostienes que el cuento, en vez de ser un medio para aprender a escribir novelas, es un fin por sí solo. ¿Podrías ampliar esa idea?

Lo que sucede es que el cuento es ambas cosas, y ahí está el origen de la confusión. Quien empieza a escribir tiene que hacerlo de a pocos, inevitablemente, y por ello casi el íntegro de los narradores empieza con escritos breves. En ese sentido, si pensamos solo en el tiempo y determinación que se requiere para escribir un cuento frente a una novela, pues cualquiera escribe un cuento pero no cualquiera escribe una novela.

Por otro lado, cuando uno advierte de que hay muchos factores asociados a la extensión del texto y que la novela y el cuento (y el cuento breve frente al extenso) son “animales diferentes”, entonces uno puede mirar más de cerca las virtudes del relato corto y caer en cuenta de que esa pieza que para muchos es un “elemento intermedio”, puede y debe ser también un “bien final”. Y aun cuando pueda estar rezagado en términos comerciales, el cuento goza de absoluta autonomía en cuanto a sus criterios estéticos y no tiene nada de envidiarle a los otros géneros. De allí, entonces, que para lograr un buen cuento, un gran cuento, se requieran estándares de perfección y belleza tan altos que a menudo resulte más difícil que una buena novela. Para mí, un buen libro de cuentos homogéneo es algo aún más difícil.

P. Dices también que quizá el cuento es breve porque corresponde a una forma de ver el mundo, lo cual implica una epistemología peculiar. Nos llevas a la muy común diferencia entre cuento y novela.

Para mí la diferencia más importante está en que, tanto a nivel del que escribe como del que lee, son experiencias de vida muy disímiles. Para contar una situación, que es lo que hace el cuento, tu centro de estímulo será una idea, una imagen, o una secuencia, pero en cualquier caso es un hecho simbólico y representativo del mundo, o si quieres, de una esquinita del mundo. Pienso, además, que el estado de ánimo juega un papel fundamental en el escritor de cuentos, pues uno conoce el mundo con el ojo con que amaneció ese día, (y a veces el mundo es color negro y a veces blanco). Ese es un lujo que el novelista, quien necesita consistencia para levantar su pared de ladrillos, no puede darse con facilidad.

P. A propósito del número de páginas, hemos observado que en tus cuentos cada vez aumentan. “El olvido que seremos” tiene cuarenta páginas, es un cuento largo camino a ser una novela corta. ¿Qué determina el tamaño de tu espacio literario?

No determino el tamaño por anticipado. Creo que la extensión debe estar al servicio del tipo de historia que uno quiere contar. Suelo tener una idea referencial que a veces cumplo, pero en casos como “El olvido que seremos” no; ese iba a ser un cuento de siete páginas y mira lo que pasó.

P. “Protocolo Rorschach”, como “Las Mil y una noches” es un conjunto enmarcado de relatos. “Las visitaciones” no tiene el marco pero sí un tópico que une los seis cuentos. ¿Empiezas el trabajo bajo un plan, o terminas hallando el plan?

No hay una regla, pero creo que el plan viene siempre hacia el final, cuando uno se da cuenta de que tiene un grupo de cuentos que calzan dentro de un mismo marco. En el caso de Las visitaciones escogí un grupo de cuentos que me parecía que tenían ciertos denominadores comunes y les busqué un factor de unión (en este caso, es acto de visitar a otro) dentro de los varios factores comunes que uno les podría inventar.

Creo que el principal factor antologador, al menos en mis tres libros, son las preocupaciones y batallas internas que está librando el autor en el momento que escribe ese grupo de cuentos.

P. Es fácil —quizás es demasiado fácil— hallar semejanzas entre “El olvido que seremos” y su memoria del Padre, y “La distancia que nos separa”, de Renato Cisneros (para no hablar de otros libros sobre el padre que se han puesto de moda desde hace veinte años por todo el mundo). Pero hay diferencias: el padre de Cisneros es en general despreciable, el de tu protagonista es amable. Si fuéramos lacanianos diríamos que el de Cisneros es posmoderno, y el tuyo moderno. El de Cisneros es imaginario y el tuyo simbólico: la norma a seguir, la tradición como continuidad deseada. ¿Vas a hablar de eso en Hay Festival el sábado 5?

Pues no. No creo que el espacio del Hay esté pensado para ese tipo de reflexión; imagino que tocaremos el cuento de manera más general antes que entrar al caso de cada uno. Por otro lado, me siento bastante lejos de las interpretaciones teóricas; más bien prefiero dejar esa labor a conocedores del tema como tú.

Creo que la diferencia entre la novela de Renato Cisneros y mi cuento está simplemente en la historia que cada uno decidió contar. Yo quise hacer una historia sobre cómo un hombre se enfrenta a las adversidades que le pone la vida en contrapunto con su paternidad tardía. Pude haber sacado muchas historias muy disímiles entre ellas basándome en la imagen de mi padre, pero escogí esa, que a la vez juega con la novela de Abad. Cisneros podría mañana sacar una nueva novela con una figura paterna que esté en las antípodas del actual. Creo que meter el mundo real en la ficción puede llevar a dar ‘sobre interpretaciones’ de lo que uno lee.

P. Hay gran variedad de narradores en tus cuentos (Omnisciente limitado, narrador personaje, narrador de segunda persona e incluso narrador testigo). Pero se nota una leve preferencia por el narrador mal llamado en segunda persona, que le habla de tú al personaje para darle órdenes o para sugerirle ideas. Para el lector es un poco complicado seguirlo, pero debes hallarle algún encanto. Me pregunto, ¿cuál?

Es cierto, y no tengo una respuesta contundente para ello. Es evidente que me siento muy cómodo con la segunda persona, a pesar de que aquí también creo que el tipo de narrador está al servicio de la historia que uno quiere contar. Ahora que lo pienso, creo que la primera persona es muy fuerte y solo ciertas historias lo resisten; tiene una intensidad muy alta y siempre estás al filo del vértigo. La tercera, por otro lado, puede generar el problema inverso, crear mucha distancia entre el narrador y el personaje. En ese sentido la segunda persona es un narrador personaje muy maleable, pues por ratos te puede respirar en la nuca y en otros casos puede situarse a kilómetros de distancia. En cualquier caso, esta teoría la acabo de inventar, porque creo que al final nunca he escogido a mis narradores de forma consciente.

P. ¿Por qué varias de tus historias tanto en “Protocolo…” como en “Las visitaciones” son cosmopolitas? Se advierte cierto exotismo en tus narradores.

El tema de la migración ha estado muy presente en mí en esta última década. Si te fijas, en Protocolo gran parte de los cuentos giran sobre personajes que “quieren irse”, mientras que en Las visitaciones “ya se fueron”. Una de las situaciones que más me han llamado la atención en estos años ha sido la del hombre frente al entorno desconocido, por lo general hostil. Creo que el exilio es una fuente inagotable de historias, aunque ya no está tan presente en mis últimos trabajos.

P. Ya sé que es poco elegante, sobre todo en un escritor que asciende, hablar de sus colegas, bien o mal. No preguntaré por la mal llamada Selección Peruana, pero al menos dinos, ¿qué narradores contemporáneos de cuentos, no nacidos en Perú, prefieres y por qué?

Por un lado sí, hablar de nuestros contemporáneos es sospechoso por los “amiguismos”, además de que uno no tiene la distancia para evaluarlos. Pero por otro lado, si uno escribe y lee cuentos, resulta hasta deshonesto no expresar tus preferencias cuando encuentras algo excepcional. Dentro de los autores que vienen construyendo una obra cuentística sólida (al margen de lo que hagan en otros campos), lo hecho por Daniel Alarcón me parece de enorme calidad. A eso debo añadir los trabajos recientes de Sergio Galarza, cuyos dos últimos libros (Cuentos para Búfalos y Algunas formas de decir adiós) considero buenísimos. No veo nada malo en recomendar que se lean los cuentos de estos autores si a ellos  prácticamente no los conozco (a uno apenas lo he saludado) y mi admiración por su obra es genuina.

De los contemporáneos extranjeros, estos últimos años he descubierto a Samanta Schweblin y Guadalupe Nettel. Creo que sus cuentos rompen un poco el molde de lo que he podido leer en nuestra lengua y que sus historias llevan al límite las posibilidades del género. Espero que no les suceda lo que a autores como Bolaño y Javier Marías, cuyos cuentos reunidos, siendo de enorme valía, permanecen a la sombra de sus novelas.

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