Femenino singular

Hayashi Fumiko

Gracias a recientes reediciones en castellano, los lectores occidentales podemos conocer la obra de , una de las autoras japonesas más singulares y relevantes del siglo pasado.

Nacida el 31 de diciembre de 1903, su infancia fue itinerante y dura. Sus padres, vendedores ambulantes, se separaron y ella se educó con su madre y su padrastro, también vendedor ambulante, a quienes estaría siempre muy unida, a lo largo de su azarosa existencia.

Con dos años de  retraso logró graduarse en ell colegio elemental de Onomichi, ciudad cercana al mar interior de Japón. Para entonces, apoyada por varios de sus profesores, que apreciaron su incipiente talento literario, continuó estudiando en el instituto femenino y vio publicados sus poemas en los diarios locales a los 18 años.

Un año después, siguiendo a su novio estudiante, se fue a Tokyo, donde trabajó como niñera, mesera, obrera -pintando diminutos cupidos de cerámica—, limpiando y cocinando en casas particulares, etc.

Tras ser abandonada por su novio, por prejuicios de clase -él era de adinerada familia— Fumiko decidió quedarse sola en la capital. Su madre y padrastro, que se habían reunido con ella brevemente, retomaron su itinerante trabajo. La autora en ciernes siguió desempeñando duros y mal pagados trabajos, vinculándose al grupo de  artistas anarquistas de entonces -como el vate dadaísta Nomura Yoshiga, entre muchos otros— aunando fracasos sentimentales y laborales, hasta que finalmente lograría estabilidad y relevancia literaria tras publicarse por capítulos, entre 1928 y 1930, su “Diario de una vagabunda” en la revista “El arte por las mujeres”, dirigida por la escritora feminista Hasegawa Shigure. Tras editarse como libro en 1930, se vendieron 600,000 ejemplares. En 1939 se editó la versión definitiva y en 1946 la tercera, “El nuevo diario de una vagabunda”. La autora se convirtió en una referencia para muchas jóvenes que, como ella, trabajaban duramente y que le pedían consejos.

Tras su éxito, Fumiko viajó por Corea, China, Londres y París, donde vivió un semestre de privaciones —algo a lo que estaba habituada—, publicando sus crónicas de viaje en diarios de su país.

También en 1930 había publicado su poemario “Ví un caballo azul”.

En 1933 había sido detenida por la policía, pese a su éxito literario, por sus vinculaciones con artistas ácratas y porque buena parte de sus escritos los publicaban revistas de ideología izquierdista. Pero en 1937 y 1938 viajó a China como reportera del diario Mainichi y luego, del diario Asahi. Este cambio en su actitud (de detractora a colaboradora del gobierno de su país, que repetiría en los años 1942-43 como cronista integrada en el ejército de tierra en Singapur, Indonesia, Borneo y Java) lo explicaba, con su   pragmatismo habitual, así: “si no puedes comer, no sirve de nada la ideología ni la religión”.

Las consecuencias del conflicto bélico serían tema de sus obras, como “El remolino”, editada en 1945, protagonizada por una viuda de guerra con un hijo de cinco años. O El crisantemo tardío, novela corta en la que la antiheroína es una geisha cincuentona que espera el reencuentro con un cliente que regresa de la guerra en Birmania, con previsible mutua decepción.

Como sus anteriores obras, tuvo éxito, aunque no tanto como “Nubes flotantes”, cuyo antihéroe, Tomioka, es un funcionario del Ministerio de  Agricultura destinado en Dalat, Vietnam. Fumiko retrató con habilidad la psique masculina, de un desleal vocacional, en este caso, narrando la desintegración vivida por los jóvenes tras la guerra, como Tomioka o la dostoievskiana y a la deriva Yukiko. En el prólogo, Fumiko escribió: “Si acaso puedo vivir hasta los cincuenta años, me gustaría escribir el verdadero “Diario de una vagabunda” (…)¡Qué alegría y qué felicidad sería llegar a los cincuenta años sin que se marchite mi alma femenina!”

Fumiko escribió 278 libros y unas 30,000 páginas. Murió a los 48 años, en 1951, de insuficiencia cardíaca, dejando inconclusa su obra “La comida”, publicada por capítulos en el diario Asahi. Para muchos, su capacidad de trabajo fue excesiva y propició su fin, explotada por los medios de comunicación.

“Diario de una vagabunda” recoge con gran delicadeza y lirismo los aspectos más pedestres e ingratos de su dura juventud, de trabajo en trabajo (“Me angustiaría más mostrarme servil ante las costumbres de una familia rica que hacerme el harakiri”) con la sola excepción de sus gráficas y constantes alusiones al hambre y la comida o a sus tribulaciones existenciales: “Si vivir es tan difícil, sería divertido convertirme en pordiosera y caminar vagando por todo el país”, a veces con afirmaciones como “tenía ganas de meterme en la pared”. Hay alusiones veladas a sus affaires sentimentales: “estamos en una situación en la que ni los ratones vienen” o “Entre un hombre de corazón perverso y una mujer que no comprende el mundo, no parece que podamos comer una comida digna en toda la vida, verdaderamente”.

Es una obra de continua vigencia.

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