Quilca, Perú

La historia según Pedro Ponce Montoya

Para los bibliófilos de Perú y del norte de Chile la palabra “Quilca” tiene un timbre especial, de lugar limeño casi mágico en el que es posible hallar todo lo impreso en libros de la más insólita variedad e importancia. Aquí un trozo de su historia entretejida con la biografía de un actor emérito: Pedro Ponce Montoya, huancaíno que reside en Lima desde los seis años, y uno de los dos dueños de la querida y legendaria Librería “Rocinante”.

P. Tú empezaste en Quilca, ¿verdad?

R. Empecé vendiendo longplays en La Comena y desde hace 24 años en la primera cuadra de Quilca.

P. ¿Cómo surgió Quilca?

R. Los libreros aparecieron en la avenida Grau, frente a la Facultad de Medicina de San Fernando, hace unos cuarenta años. Eran tres o cuatro que compraban libros de medicina usados y los revendían al doble, luego aumentaron a cuatro, seis, diez vendedores. Después aparecieron los que compraban toda clase de libros descatalogados, de segunda, viejos, sin saber muy bien qué es lo que compraban. Solo querían venderlos ganando un poco más. Eran los años 70, en los que no había tanta importación de libros como ahora. Los libros llegaban con extranjeros que antes de regresarse a su país decidían venderlos, o de manos de familiares que volvían al Perú, o de encargos a amigos.

A comienzos de los años 80 dos grupos de vendedores se juntaron en la primera cuadra del jirón Quilca, a cien metros de la Plaza San Martín. Unos eran los especialistas en libros de colección, diccionarios en varios tomos, enciclopedias. Solo dos empresas importaban esos libros y los vendía caros, pero al crédito. Y cuando los dueños necesitaban plata iban y los vendían baratos. El otro grupo fue de los vendedores de zapatillas que había en la zona que cambiaron el negocio por la venta de libros usados de todo tipo. Ellos fundaron Quilca.

Pero en 1985 se cayó el sol en relación al dólar y se cerró la importación. De modo que solo quedaba comprar cosas de segunda mano, y así creció Quilca; se fue convirtiendo en el lugar al que concurrían los intelectuales y escritores que necesitaban libros, y se reunían para conversar, para tomarse un café por ahí cerca.

P. ¿Y cómo se abre la zona de Amazonas?

R. Los que quedaron en Grau tuvieron que reubicarse por ordenanza municipal y se corrieron a Amazonas. Por su parte Quilca creció a la segunda cuadra. Un grupo nos asociamos y tomamos una cochera que estaba abandonada en la segunda cuadra y tuvimos que poner el piso, construir nuestras estructuras metálicas, acondicionar servicios higiénicos, y al fondo, en lo que era un canchón hicimos un auditorio. Estamos ahí desde hace dieciséis años.

P. Se dedicaban solo a libros usados…

R. Prefiero llamarlos libros descatalogados, esos que ya no se encuentran en los catálogos de las grandes librerías, o libros de segundo uso. Son el grueso de nuestra venta; el reto son libros de estreno, novedades.

En Quilca se juntan todos aquellos libros de bibliotecas familiares grandes cuyos dueños han fallecido, o de gente que viaja o que necesita plata y vende al peso sus libros al ropavejero, que se los lleva en carretilla. Es cuestión de ir a La Parada, allí he tenido la suerte de conseguir cosas. Muchísimas primeras ediciones.

Es diferente del panorama en provincias. Cuando vamos fuera de Lima casi solo encontramos libros piratas, es una gran pena.

P. ¿Cuáles son tus mejores descubrimientos?

R. Conseguí en La Parada el número dos de una revista que se llama “Cosmópolis” en el cual apareció un poema de Carlos Oquendo de Amat titulado “El hombre que no tenía espaldas”, que fue la base para que Valdelomar publicara luego los “5 metros de poemas”. Tuve la primera edición de “Trilce”, la que salió en el Taller de la Penitenciaría de Lima en 1922. Tuve casi todas las primeras ediciones de nuestros poetas vanguardistas.Yo no soy coleccionista, de modo que he tenido que venderlas. Un librero no puede ser coleccionista, porque es como un joyero que estuviera tratando de coleccionar joyas.

P. ¿Qué tipo de libros buscan más tus compradores?

R. Sobre todo poesía y narrativa peruana. Ya hay una especie de mercado en el cual las piezas más caras, porque es prácticamente imposible hallarlas, son las primeras ediciones de César Moro, Jorge Eielson, Westphalen, José María Euguren, Churata, Oquendo de Amat o Martín Adán; son invaluables.

P. ¿Y quienes compran?

R. Hace quince años eran personas mayores de 40 años, coleccionistas; o bien comerciantes de antigüedades que los sacaban al exterior. Ahora noto que los compradores andan entre los 25 y 35 años, son más jóvenes. Son inversionistas que conocen de libros y de coleccionistas y saben que en cinco años ese libro puede subir en el mercado 1000 %.

P. ¿Y en provincias, cómo es ese mercado?

R. Yo usualmente solo voy a Huancayo y a Arequipa. Acá en Arequipa encontré una primera edición de “Diarios de un sentimiento” de Alberto Hidalgo, autografiada.

Lo bueno de Arequipa es que los libros se mantienen en perfecto estado, por el clima.

P. ¿Qué libros prefieren los lectores arequipeños?

R. Para mí ha sido una revelación, una suerte de locura, cuando hace tres años vine a Arequipa por primera vez a la Feria de la UNSA y vendí de todo: libros de cine, de narrativa, de poesía, afiches, música, de todo. Me decían “La primera vez que viene una verdadera librería”. Lo que había llegado son librerías “formales” que se especializan en colecciones, libros “comerciales” importados; ahora ya están viniendo más librerías como la mía, que privilegian la calidad de la literatura sobre lo comercial.

Casi todos los que nos compran son estudiantes de literatura. Nos hacen pedidos por facebook y les buscamos los libros en Lima y se los traemos. Son muy buenos lectores, conocen lo mejor de lo último. Acá hay una cultura literaria que da gusto, hemos desarrollado con muchos una amistad e intercambiamos ideas, informaciones.

P. Advierto que tu sección de novedades es siempre muy buena. ¿Quién escoge?

R. Mi socio, Raúl Pérez, estudiante de filosofía a quien le gusta mucho la literatura. Yo me especializo en libros antiguos. Así cubrimos todo.

Nosotros tenemos una ventaja sobre las librerías grandes: ellas traen solo los libros que saben que van a vender más de cien o doscientos ejemplares; buscan en los catálogos internacionales los libros más vendidos del año pasado y esos traen. Pero los Jefes de Compras de las importadoras no tienen el mínimo criterio artístico, ni les importa, el valor literario o cultural del libro.

Somos las librerías pequeñas quienes tenemos que comprar lotes pequeños, diez o quince ejemplares pero en diversas editoriales que también son pequeñas en sus países, guiados sobre todo por la calidad de la obra. Hay libros que no llegarían al Perú si no fuera por nosotros, lo digo por todos los libreros pequeños de Lima.

Yo no niego que lo mío es negocio, pero trato de conjugar dos cosas: la economía con la calidad. En vez de comprar cien ejemplares de Stephen King, compro diez de varios de los mejores narradores de todo el mundo y hago el mismo número de ventas. Solo que mi comprador ya me conoce y sabe dónde puede hallar lo que busca y en otros sitios no le van a vender.

P. ¿Y ya conoces a los mejores lectores de Arequipa?

Claro que sí. Está Juan Pablo Torres que viene el primer día y arrasa con las mejores novedades, y luego trae a sus alumnos y los interesa. Hay un par de profesores de la UNSA que también encargan lo mejor. Los estudiantes de Literatura, no recuerdo sus nombres, pero leen muy buenas novelas.

P. Y por último, ¿no se te antoja crear tu propia editorial?

R. Estamos en ello. Con mi socio estamos explorando la posibilidad de hacer algunas ediciones pequeñas pero muy bien seleccionadas, con el consejo de algunos críticos y lectores especializados que nos permitan conocer a los escritores jóvenes que vale la pena publicar. Estamos en ello.

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