Detectives ilustrados

Novela policial

En sólo cinco años Edmund Crispin se convirtió en uno de los más destacados autores ingleses de novelas clásicas de detectives, siendo, al mismo tiempo, un gran detector de las novelas policiales sicológicas y realistas.

Edmund Crispin, cuyo nombre era Bruce Montgomery, nació en octubre de 1921 en Chesham Bois, Buckinghamshire -más británico, imposible-.Estudió en el St. John´s College de Oxford, donde se graduó en Lenguas Modernas y donde fue organista y maestro del coro durante dos años. Además de su interés y dedicación a la música, Edmund -o Bruce- tenía predilección por leer a Shakespeare, vagar, fumar, oír óperas de Wagner y Strauss y contemplar a los gatos.

En cambio, le disgustaban profundamente los perros, el psicoanálisis, las películas francesas en general, las películas inglesas modernas en particular, las novelas policiales realistas y el teatro contemporáneo.

Crispin escribió dos colecciones de cuentos y solo nueve novelas, todas protagonizadas por Gervase Fen, profesor de literatura de Oxford y detective aficionado, uno de los personajes más hilarantes y agudos del género. Gervase Fen, residente en el St. Cristopher´s College —insipirado en el St. John´s—maneja el Lily Christine III, un auto confiscado a un estudiante tarambana, siempre a punto de malograrse o estrellarse —o ambas cosas— y resuelve misterios sin perder la compostura.

La saga de Fen está compuesta por “The Case of the Bilded Fly”, de 1944; “Holly Disorders”, escrita al año siguiente; “Swan Song”, editada en 1947, “Loves Lies Bledding”, de 1948, “Buried for Pleasure”, de 1949, entre otras.

Pero su obra maestra, una de las incuestionables  cumbres del género fue “La juguetería errante”, escrita en 1946 aunque ambientada en 1938. Crispin dedicó la novela a Philip Larkin, también escritor, además de poeta, compañero de estudios en Oxford y con quien compartía especial querencia por las bebidas espirituosas.

Probable es que Larkin inspirase el personaje de Richard Cadogan, el poeta que decide vacacionar en Oxford tras una discusión por el vil metal con su editor, el señor Spode —editor de literatura de primera calidad.

El destacado vate, quien califica de espantosos sus tres poemarios, harto de escribir baladas líricas llega a su alma mater haciendo autostop. El camionero ilustrado que lo recoge, lector enardecido de Lawrence, es otro personaje sui generis en el género detectivesco, donde suelen predominar sujetos con pinta de Lenny malacara y nulos conocimientos literarios.

El bardo, tras tropezar con una mujer absolutamente muerta (sic) pide ayuda a Fen, quien, decidido, se lanza literalmente (y literariamente) a descubrir el misterio. Como afirma el propio autor en su nota introductoria, Oxford es de todas las poblaciones de Inglaterra, la progenitora más probable de acontecimientos y personajes improbables. Así se explica que la máxima autoridad policial local esté más preocupada por la interpretación de la shakespeareana “Medida por medida”, que por atender los asuntos delictivos. Uno de los facinerosos a quien  el dúo Fen-Cadogan (los Batman y Robin del augusto entorno) persiguen, es admirador y experto en las obras de Jane Austen. Las pistas para resolver el misterio aparecen —¡Cómo no!- en forma de versos y abundan, en la obra, las alusiones a obras y personajes que desagradan al ilustrado dúo: todos los personajes de Dostoievsky, Ulises, Rabelais, Tristam Shandy, lady Chatterley y el guardabosque y por supuesto, Jane Austen.

Crispin también se despachó a gusto en su impecable -e implacable- estilo opinando sobre la arquitectura local (como el príncipe Charles, de lo que se deduce que la arquitectura es realmente fea) ofreciendo una antisolemne y jocosa visión sobre su alma mater. No podía faltar una alusión a la orquesta y coros locales, escenario de una persecución mientras “la orquesta los acompañaba con veloces arpegios y ácidos y feroces acordes de metal”. O: “Entre los bajos, que ululaban malhumorados como barcos perdidos en la niebla del Canal de La Mancha -que es como suenan los bajos en todas las orquestas del mundo—, Cadogan avistó a la chica”.

Los personajes secundarios que acompañan a tan regios detectives son los proctors -censores de la universidad  que patrullaban por los bares locales multando a los discípulos de Baco-, Hoskins, estudiante dedicado a conquistas sentimentales con un método infalible, un silencioso y enfrascado lector de novelones ingleses, o un joven estudiante pelirrojo, incansable agitador zoocial y mitinero vocacional, además de una horda de estudiantes “la facción más escandalosa del estudiantado” en enloquecida persecución a un médico neurótico, además de un portero en perpetua búsqueda de whisky, o un perro dálmata que pasa a mejor vida.

En la década de los cincuenta, Edmund Crispin se apeó de la creación literaria, lastimosamente. Publicó reseñas de obras de ciencia ficción y de detectives en el Sunday Times y murió de un ataque cardíaco en 1978.

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