Los primeros cuentos arequipeños

Hace más de un siglo

Al parecer el género predominante en la literatura de Arequipa del siglo XXI ha empezado a ser el cuento. La mayoría de las publicaciones formales de los últimos años son libros de cuentos y en las revistas universitarias nunca falta algún cuentista. Quizás ya se puede empezar a esbozar una Historia del Cuento arequipeño. Aquí adelantamos algunas ideas.

FUNDACIÓN

Probablemente el primer libro de cuentos arequipeños lo escribió don Francisco Ibáñez, fundador y director del Diario “La Bolsa”, e hijo de primer tipógrafo local, don Jacinto Ibáñez, del cual Francisco heredó el oficio y la imprenta.

Francisco Ibáñez escribió y publicó en las últimas décadas del siglo XIX dos libros: “Cuentos de mi tierra” y “Tradiciones de mi tierra”, inspirado sin duda por el gran padre del cuento peruano, el tradicionalista romántico don Ricardo Palma, el autor de las “Tradiciones peruanas”.

Los cuentos que escribía Ibáñez muestran las huellas la tradición oral y didáctica del cuento pre moderno: todas son historias de estructura narrativa simple, que ilustran alguna virtud y concluyen con una décima moralizante. El cuento moderno, a partir de mediados del siglo XIX en otros lugares se caracteriza en cambio porque deja de lado todo propósito educativo y se concentra en el aspecto propiamente literario. Hay que recordar que para esos años ya habían escrito sus mejores obras Edgar Allan Poe, Turgéniev, Maupassant y Echevarría; probablemente Izquierdo no los conociera pues su fuente notoria fue Ricardo Palma y su propósito, como señala Simón Martínez Izquierdo en el prólogo de “Tradiciones de mi tierra”, fue: “Conservar los hechos para que no se pierdan en la memoria. Consignar los puntos históricos y algunas de las fechas que con ellos están consignados. Presentarlos como ejemplos para sacar de ellos deducciones aplicables a la enseñanza moral”. Son justamente los rasgos que tipifican al cuento que todavía no conoce la modernidad.

Habrá que esperar hasta que se inicie el siglo XX para que los escritores arequipeños se inscriban en el nuevo canon.

PLIEGOS AL VIENTO

En 1908 Francisco Mostajo publicó la primera antología moderna del cuento arequipeño. Mostajo era un historiador positivista formado en la escuela del rigor archivista, conocía detalladamente la literatura publicada en Arequipa en los diarios y revistas de la época y estaba en inmejorable posición para hacer esa antología, de modo que podemos confiar en su investigación si no en sus criterios.

Resulta curioso que en el prólogo de su antología advierta a los lectores que ninguno de sus elegidos es realmente bueno. Escribe: “Me he interrogado a mí mismo ¿Cuál es (de estas) la personalidad literaria de enérgico relieve? Y me he contestado: ninguna”. Dentro de los parámetros Modernistas con que juzgaba a la Literatura y que constan en su Tesis de Bachillerato “El Modernismo y el Americanismo”, por supuesto que ninguno de los cuentos arequipeños hasta 1918 se parece a los de Gutiérrez Nájera o los de Darío. Sin embargo, con un criterio académico, vistos desde el siglo XXI podemos decir que varios de los cuentos incluidos en “Pliegos al viento” presentan aquello que la modernidad demanda del cuento: una estructura narrativa efectiva por sí misma, cierta unidad de acción y alguna significación simbólica.

El voluminoso libro de Mostajo incluye setenta y ocho textos más el Prólogo. No todos son cuentos, como se apresura a señalar el propio Mostajo, hay artículos periodísticos y de costumbres incluidos en la antología porque “a veces son más valiosos que los cuentos”. Hay veintisiete autores en “Pliegos al viento” pero Ibáñez no figura entre ellos. Mostajo sí. Hay tres cuentos suyos en la inhallable edición original que en la mayoría de ejemplares que he consultado han sido cortados con navaja. Según el historiador Héctor Ballón los tonos naturalistas fuertes, para la época, con que se narra la historia de “El Loro”, un maleante que huye de la cárcel de la Plaza San Francisco para buscar y matar a su amante, eran demasiado para el conservadurismo católico  arequipeño y el librero, para evitar el escándalo optó por cercenar ese cuento en la mayoría de ejemplares y, según el gusto del comprador ofrecía “¿Con El Loro o sin El Loro?”. Solo hace algunos años el cuento censurado ha reaparecido en una Antología de textos de Mostajo publicada por la Compañía Cervecera del Sur. En estos tiempos después de Bukovski y sus imitadores arequipeños “El Loro” no causa ningún efecto.

En “Pliegos al viento” encontramos algunos cuentos perdurables: “El rapto de Miz-Miz”, una fábula de amor gatuno, de Juan Manuel Polar; “Caballería rusticana” de Juan Manuel Osorio; y “El ganadero”, muy bien estructurada historia de guerrillas revolucionarias, de violaciones y venganza que cien años más tarde parece actual. Varios de estos cuentos han sido incluidos en las posteriores antologías arequipeñas.

EL CUENTO AREQUIPEÑO

Debieron transcurrir cincuenta años hasta la nueva cosecha de cuentos locales. En 1958 el profesor Vladimiro Bermejo aprovechó el entusiasmo de la Municipalidad de entonces y propuso una nueva antología, a la que llamó sencillamente “El cuento arequipeño”, pequeño tomo que editó Mejía Baca como parte del “Primer Festival del Libro Arequipeño”. En esta selección figuran quince cuentos, ocho de los cuales ya estaban en la colección de Mostajo. Son entonces solo siete los nuevos; poco, para cuatro décadas.

Entre ellos están “El último gol” de César Guillermo Corzo, el costumbrista “El Rudecindo y la Tomasa” de Juan Manuel Cuadros, el más experimental “Alma de pólvora” de Alfredo Arispe, “El fantasma del Callejón de la Catedral” de Enrique Portugal, “La muerte de Sarrasqueta” de Julio C. Vizcarra, “Los amores que no duran” de Olivares del Huerto, y el notable “Tic-Tac” de Gastón Aguirre Morales.

No fue el cuento, de hecho, el género de la primera mitad del siglo XX, sino la poesía. Nada comparable a la brillante promoción del Aquelarre se encuentra entre los prosistas mistianos, si vamos a confiar en la selección hecha por Bermejo con ayuda de Alberto Ballón Landa y César Atahualpa Rodríguez. Apenas destaca “Tic-Tac”, un macabro relato a la manera de Quiroga, que utiliza las técnicas del cuento contemporáneo de modo magistral.

Solo en la segunda mitad del siglo pasado los narradores arequipeños empezarían a explorar en el género del relato corto con mayor energía e imaginación. Pero esa es otra historia.

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