Brasil en su Literatura

Nélida Piñon

Si se convocara a una selección de escritores brasileños para disputar, en lugar de la Copa Mundial de Fútbol, la Copa Mundial de la Imaginación, sin duda este equipo estaría compuesto, entre otros cracks, por Machado de Assis, Jorge Amado, Clarice Lispector, Rubem Fonseca y, por supuesto, Nélida Piñon. Y seguro, esta última ocuparía el puesto de volante de creación por su colorida libertad de juego y su soberbio dominio técnico.

Nacida en 1937 en la tumultuosa ciudad de Río de Janerio. Nélida Piñon es, más que una narradora prolífica, una mujer que ha consagrado su vida a las Humanidades. Miembro de la Academia Brasileña de las Letras y de la Academia de Filosofía de Brasil; ganadora de innumerables premios, entre ellos el Juan Rulfo y el Asturias; esta intelectual es infatigable, asiste a cuanto congreso, seminario y conferencia se le invita: hace dos años estuvo en Lima junto a Mario Vargas Llosa, en un diálogo público que más bien pareció un reencuentro de viejos compadres. Dicho sea de paso, su amistad no es reciente, en 1981 el nobel peruano le dedicó “La guerra del fin del mundo”, su obra maestra.

Entre sus libros: “El tiempo de las frutas”, “Sala de armas”, “La dulce canción de Cayetana” y “La república de los sueños” (su obra más aclamada); la novela  “Voces del desierto”, publicada el año 2005, es un gran ejemplo de la variedad y riqueza de la literatura brasileña, a veces soslayada por los peruanos, a pesar de la cercanía y las afinidades que tenemos con el país más grande de Sudamérica.

Esta novela usa como base a “Las mil y una noches”, obra considerada, junto al Corán, como la creación más grande de la literatura árabe, pues reúne en sus páginas una formidable recopilación de cuentos orales del Medio Oriente, forjados desde los inicios del tiempo y contados por incalculables generaciones. La primera versión europea de “Las mil y una noches” fue publicada en 1704, traducida por el orientalista y diplomático Antoine Galland. Desde entonces, hasta nuestros días, Occidente se ha rendido ante su poder narrativo, incorporándola a su imaginario. Y nosotros, los sudamericanos, incluyendo el Brasil, no somos una excepción. “No es necesario haberla leído, ya que es parte de nuestra memoria”, decía Borges acerca ella.

“Voces del desierto” inicia su narración con un párrafo que parece extraído de un código de fantasía: “Scherezade no teme a la muerte. No cree que el poder del mundo, representado por el Califa, a quien su padre sirve, consiga decretar mediante la muerte el exterminio de su imaginación”. Así, la novela ahonda y detalla exhaustivamente, desde diversos ángulos, la angustiante situación en la que se encuentra Scherezade, la heroína de “Las mil y una noches”. Ella, como cuenta la historia oriental, se entrega voluntariamente al Califa para encantarlo con su proverbial capacidad narrativa y evitar que cada día, luego de desflorarlas, el tirano ordene ejecutar a jóvenes inocentes, como venganza a la afrenta que le endilgara la Sultana al engañarlo carnalmente con un esclavo.

Cada noche, luego de la cópula, Sherezade hipnotiza al Califa con sus historias, cortando el hilo narrativo antes de llegar al desenlace, de tal manera que el monarca pospone la ejecución de la heroína hasta el día siguiente. La cuenta cuentos, siempre ataviada con el velo islámico, debe urdir todas las noches una trama inacabable para mantenerse con vida. Recurriendo para ello a un repertorio inmensurable de historias, originarias del acervo popular oriental, cuyos héroes son los desposeídos del mundo. Pues, para la ella, dice el libro, “no había excelencia en un relato por ostentar procedencia noble”.

Por supuesto, en esta dificilísima misión, la fabuladora no está sola. La acompañan su hermana mayor, Dinazarda, y la curiosa esclava Jasmine. Además del recuerdo de su ama Fátima, aquella entrañable mujer que, siendo aún niña Scherezade, le mostrara el enrevesado y estimulante mercado de Bagdad, así como los ladrones, mercaderes y encantadores que poblaran luego sus historias. Juntas, recurriendo a la inteligencia, la sensualidad y el artificio de los cuentos, se enfrentan a una sociedad patriarcal y fálica, representada por la brutalidad del Califa y su fidelísimo Visir.

Bagdad, el lugar donde se desarrolla la trama, es una ciudad medieval profundamente marcada por las diferencias sociales. De un lado la magnífica opulencia del palacio del califato, atestado de jardines laberínticos y tesoros deslumbrantes, que encarna la figura del Califa, representante del Islam. Y del otro lado la miseria y el ingenio del pueblo, cuyo centro de acción se encuentra en el bullente mercado. Bagdad, por aquel entonces, es uno de los centros culturales y políticos más importantes del mundo, núcleo del conocimiento de la humanidad, del cual se nutre la protagonista.

La novela, sin embargo, no solo cuenta esta historia, además cuenta otra, igualmente intensa y cautivante: la del poder solapado de la ficción sobre la realidad y la humanización de las personas por medio del encantamiento de la literatura. El Califa, acostumbrado a mandar y decidir la suerte de sus súbditos, de pronto se ve indefenso ante el poder narrativo de la heroína, sus relatos lo obsesionan y le muestran mundos insospechados. Alí Babá, por ejemplo, un pobre mercader totalmente opuesto al soberano, de pronto, por el influjo de la imaginación, gana su simpatía. Las palabras de Scherezade, dice la novela, “suspenden las nociones que [el Califa] había tenido hasta entonces de la realidad”, de tal forma que “prácticamente había abandonado la alforja del poder a cambio de la fantasía”.

Nélida Piñon, con “Voces del desierto”, ha desgranando la historia detrás de la historia de “Las mil y una noches”. Ha erigido un mundo ficcional en base a otro, creando un discurso metaliterario (la literatura reflexionando acerca de la literatura). Un libro que nos recuerda la fascinación de los relatos contados por nuestras abuelas, que nos conduce al instante en que los antiguos se reunían alrededor del fuego para contar historias. En términos futbolísticos, este libro es, sin lugar a dudas, un golazo.

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