Vida de Víctor Serge

Un testigo excepcional

Víctor Serge -alias de Victor Napoleón Lvovich Kibalchich fue un escritor apátrida e incómodo, para muchos. Para Susan Sontag, su gran fan, fue una de las conciencias libres más apasionantes del siglo XX.
Nació en Bruselas en diciembre de 1890, hijo de exiliados políticos rusos y fue autodidacta por las particulares ideas de su padre sobre la escolarización. Desde los 13 años vivió solo, tras “los viajes y malentendimientos de mis padres” y de la muerte por desnutrición de su hermano.
Serge fue además, testigo y protagonista y lo que resulta más extraordinario, prolífico y prolijo escritor de los grandes hechos históricos del siglo XX en el continente europeo. Conoció a Lenin, Kropotkin, Trotsky, Gorky, Gumilev, Maiakovsky, Essenin, Su continuo ejercicio de la libertad de conciencia y de expresión tuvo previsibles resultados, como él mismo afirmaba: “Durante un tiempo fui el hombre más insultado del mundo”.
Fue un adolescente con afán por estudiar y aprendiz de fotógrafo, mozo, dibujante, técnico de calefacción. Su balance, treinta años después, era: 10 años de prisión, diversas actividades políticas en siete países y veinte libros escritos.
 Su novela Los hombres perdidos es un testimonio sobre el movimiento anarquista francés -en el que estuvo involucrado, por lo que fue encarcelado y expulsado del país- en la víspera de la I Guerra Mundial, Adoptó su seudónimo en 1917 en España, publicando artículos en “Tierra y Libertad”.
Viajó a Petrogrado, participando en la fundación de la Internacional Comunista y colaborando con el presidente Zinoviev. Su entusiasmo prosoviético, por el que incluso “había renunciado a escribir al entrar en la Revolución rusa. La literatura me parecía cosa bien secundaria” se fue desinflando, como prueban sus numerosos artículos publicados en París y Nueva York a posteriori, desafiando la censura y con reflexiones como: “El único problema que la Rusia roja de 1917-1927 no supo plantear nunca fue el de la libertad, la única declaración indispensable que el Gobierno soviético no hizo fue la de los Derechos del Hombre”.
Por afirmaciones como “enemigo de clase: hijo o nieto de burgueses, poco me importa, nunca hay que olvidar que un ser humano es un ser humano” fue encarcelado en 1928 y sería deportado a Orenburgo en 1933, donde permaneció los tres años siguientes, siempre escribiendo: “Me enteraba de que la cárcel estaba atiborrada de víctimas contra las cuales se encarnizaban unos funcionarios que eran profesionales obsesos, maníacos y tergiversadores…Yo releía en una penumbra perpetua a Dostoievsky, que unos dulces sectarios encarcelados encargados de la biblioteca, me pasaban con simpatía…Podría decir que Dostoievsky no lo había visto todo, supe en todo caso que desde Dostoievsky no habíamos mejorado nada en ciertos recodos tenebrosos del mundo. Hermanos clochards de París, ¡qué difícil es la transformación social!”.
Sería liberado porque a finales de 1920 y durante la década siguiente fue un autor muy publicado en Francia, donde Georges Duhamel o Leon Werth formaron un comité defendiendo su causa y difundiendo la carta-testamento que logró enviarles, donde definía al estado soviético como “totalitario, castocrático, absolutista, embriagado de su poder, para el cual el hombre no cuenta”.
Regresó a Francia -donde sería boicoteado en simultáneo por la crítica burguesa y por la crítica izquierdista- sin su numerosa familia política, víctimas todos del Gran Terror (merecerían capítulo y obra aparte) con su esposa trastornada mentalmente como consecuencia, sus dos hijos y sin sus memorias del movimiento anarquista francés, su novela sobre la revolución rusa, un poemario y una crónica del segundo año de la Revolución, confiscados.
“Si alguien me influyó fue John Dos Passos, cuyo impresionismo literario no me gustaba, sin embargo”, confesaba. Su novela “La tormenta” estaba ambientada en la URSS en 1920. “Los hombres en la prisión” es otro de sus títulos, o “El nacimiento de nuestra fuerza”, aunque la mejor valorada es “El caso Tulayév”, un magistral retrato del paranoide modus operandi en el Gran Terror de los años 20. Tulayév, “el de las deportaciones en masa y las purgas en las universidades”, inspirado en Serguei Kirov, es asesinado. Kostia y Romashkin -lector de “Pablo y Virginia”- junto a una serie de fieles y arribistas funcionarios sufrirán las consecuencias, “Porque la angustia y el sufrimiento estaban por todas partes mezclados con un inexplicable triunfo proclamado sin descanso por los periódicos”.
Reaparecen en ésta novela personajes de “Ciudad Ganada” -con influencias de Manhattan Transfer- sobre las masacres por obligación, o “Medianoche en el siglo”, de 1939, la primera novela que denunciaba los gulags.
En 1941 migró a México, donde escribió “Initiation au Mexique”, “Anacleto, vida de un joven indígena”. Y durante el trayecto había acabado “Memorias de un revolucionario”, un extenso recordatorio de injusticias, de amigos y conocidos purgados, represaliados y/o asesinados y un valioso testimonio de la realidad de entonces. George Orwell trató en vano de que fuese editado en Gran Bretaña.
Cuando planeaba regresar a Francia con su leit motiv (“no renunciar jamás a defender al hombre contra los sistemas que planean la aniquilación del individuo”) murió de un ataque cardíaco el 17 de noviembre de 1947. Se despidió de su amigo Julian Gorkin en el centro de ciudad de México y dos horas después un taxista lo entregó muerto en una delegación policial, a la que Gorkin acudió: “En un cuarto desnudo y miserable de paredes grises, estaba tendido sobre una vieja mesa, mostrando unas suelas agujereadas, un traje luido, una camisa de obrero…una venda de tela le cerraba la boca, esa boca que todas las tiranías del siglo no habían podido cerrar. Parecía un vagabundo recogido por la caridad. ¿No había sido, en efecto, un eterno vagabundo de la vida y del ideal?”.
Octavio Paz, en cambio, lo definió así: “Serge fue para mí un ejemplo de la fusión de dos cualidades opuestas: la intransigencia moral e intelectual con la tolerancia y la compasión”.
 O, dicho por el propio Serge: “Nada nos pertenece como propio, si no es nuestra buena voluntad para participar en la vida común”.
 

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