Pelea con la palabra escrita

Daniel-san y el Estilo

A estas alturas del camino me siento como Daniel-san mientras pulía los autos y pintaba la cerca: dudo si lo que estoy haciendo me va a ayudar a ganar la pelea y a quedarme con la chica.
No deben ni aun sospecharlo, pero trabajo de corrector en un diario. El oficio es como el de la persona que tiende las camas y limpia los cuartos de un hotel: trabaja donde otros se divierten. Por supuesto que hay gente a quienes no les divierte escribir, como también existen los que se atreven a malgastar una noche de hotel pasándola dormidos. No cuento a los viajantes, ellos me recuerdan la escritura de los secretarios: deben hacerlo, no les queda otra.
Como deben ya suponerlo, soy un corrector que quiere ser escritor. En las últimas semanas he escrito con furia y tristeza. Mientras aporreaba las teclas de la computadora, repetía aquel conocido poema de Octavio Paz sobre las palabras: “Dales la vuelta, / cógelas del rabo (chillen, putas), / azótalas… ”. Hubo momentos en los que –después de que las frases cruzaran volando frente a mis narices como esas polillas que uno intenta coger con la mano– terminaba rendido, convencido de mi torpeza. Entonces, decepcionado por no alcanzar los verdaderos ejercicios de las bellas letras, me ganaba el ánimo de reclamar con rabia, pero, a diferencia de Daniel-san, no tenía sensei a quien increparle por sus enseñanzas, solo podía volver a los grandes maestros con el rencor del lisiado en batalla, y otra vez envidiaba las precisas subordinadas de Azorín, el feliz escrúpulo de Borges con el adverbio, el ingenio de Ramón del Valle-Inclán para articular sonido y tema, y a Quevedo, cómo no volver a Quevedo.
Hace poco tropecé en Internet con una encuesta que sostiene que el español es uno de los idiomas más aprendidos en el mundo, que cada vez hay mayor interés por aprender español como segunda lengua. Y sin embargo, la mayoría de los escritores contemporáneos, de tan apurados por publicar, se olvidan de cuidar nuestro idioma, ni qué decir de su intolerable desconocimiento de la suntuosidad que puede alcanzar. Del mismo modo que Daniel-san, apenas empieza su entrenamiento, quiere ir directo a los golpes y patadas voladoras, los escritores de hoy desprecian el buen aprendizaje del castellano, y sus frases, sus historias completas, resultan golpes burdos, manotazos de pelea de borrachos, sin elegancia, cero contundencia.
Un corrector no tiene que ser una persona muy sensible, se debe estar preparado para ser el peor empleado por olvidarse una rayita oblicua sobre una vocal; dos, tiene que saber callarse, debe erradicar de sus reuniones sociales comentarios como: “no se dice lo más antes posible”, “preveen, ¡no!: prevén”, tampoco debe burlarse de la manera de hablar de los argentinos, a menos, claro, que busque perder amigos.  
Tiene sus ventajas ser corrector; corrijo, no tiene ventajas ser corrector, salvo que puedes recibir un sueldo por serlo. El colmo de este oficio es pretencioso, estar siempre al acecho de los errores de cualquier escritor para criticarlo y recibir de respuesta las mismas excusas siempre: “que el castellano andino”, “que en poesía todo vale”, “que fue a propósito”, “que importa la historia, la estructura mayor, lo demás está de más”, en fin, las mismas siempre. Pero la más grave desventaja del corrector es que quiera ser escritor, pues luego de que haya luchado casi a dentelladas con las palabras, después de que ha bregado por escribir bien y se atreve a publicarlo, un escritor ofendido sale a enumerar sus errores y llega a la conclusión de que dicha obra “es fría; tal vez eficiente como un máquina nueva, pero la buena literatura es como un organismo vivo, tiene excrecencias y fealdades, pero vive de verdad…”.
Por un momento he vacilado, tal vez deba ir directo a los golpes, a las patadas voladoras, y llevarme la muchacha a la prepo, sin esperar que el maestro Miyagui me enseñe la técnica de la grulla, sin embargo, me resisto, todavía busco la frase hermosa y contundente, como esa patada que le da el triunfo a Daniel Larusso, una conspiración de voces que lo concluya y lo principie todo, como aquella famosa (e inalcanzable) de don Francisco de Quevedo: “serán cenizas, mas tendrán sentido; polvo serán, mas polvo enamorado”.

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