Retrospectiva de Jaime Mamani

Comentario de la muestra en la UNSA Para quienes hemos conocido a Jaime Mamani a lo largo de los años, desde que expuso sus primeras obras en diversas colectivas de estudiante y algunos probablemente antes, su estilo pictórico y el mundo que ese estilo representa no ha cambiado mucho, se ha enriquecido quizá, se ha poblado de nuevos personajes, pero en lo esencial es como si Jaime lo hubiera concebido completo desde el primer día.

Jaime Mamani ha dado a luz un mundo fantástico inspirado sin duda por pintores renacentistas flamencos como Hieronymus Bosch, El Bosco y Pieter Bruegel El Viejo, pero que en sus dedos se convierte en un mundo absolutamente trasformado bajo los parámetros de la modernidad, como ha señalado con claridad Oswaldo Chanove.

La imaginería medieval le sirve a Jaime para representar los seres extraños que somos en el siglo XXI, unos más que otros quizá, pero todos teñidos por una luz que nos transforma en cosa muy distinta de la que soñaron los sabios humanistas. Así nos ve Jaime, y así se ve él mismo, sin duda. Alguna vez le hice notar que sus personajes eran unos solitarios, van de uno en uno por sus telas, nunca en grupos como en Bruegel. Solo conozco una tela que es de mi colección en la que una dama que parece una solterona del medioevo sostiene cariñosa de las manos no a otra persona sino a un muñeco. El resto de sus personajes alterna con aves, con peces, con animales de caza o con frutas pero casi nunca con seres humanos o sus representaciones. Y uno se pregunta entonces preocupado, ¿cómo nos verá Jaime?

Otro rasgo notorio en la obra de Jaime Mamani es lo grotesco, como en el Bosco. Se cuida poco del parecido físico y de la representación hiperrealista; tiende más bien a exagerar los rasgos, a caricaturizar y deformar a su gusto. En interiores o en penumbras y nunca a la luz del sol, sus personajes fantásticos y hasta monstruosos reflejan los contrastes y los rasgos marcados por el romanticismo de lo mejor o lo peor, de lo sobrenatural en todo caso. Mientras El Bosco vivió obsesionado por la magia y los bestiarios, por el pecado y las hagiografías, Jaime Mamani en la Arequipa del siglo XXI parece representar, usando aquellas viejas figuras, más bien a los personajes de la posmodernidad alucinada y onírica de la cultura mediática. Seres vacíos algunos, horadados, otros zoomofizados, otros hundidos en el agua hasta el cuello. Aunque vistan a la usanza medieval, nos parecen conocidos o amigos nuestros.

Pero al mismo tiempo hay una cierta ternura en varios de estos seres deformados por la ironía, una veladura de cariño que invita al espectador a identificarse con alguno de ellos a pesar de las deformaciones o gracias a ellas quizá. Ese niñito envejecido, refunfuñón, fumador y derrengado no es del todo ajeno y detestable sino al contrario, nos causa risa y simpatía.

Esta muestra retrospectiva permite gracias a la iniciativa de Alonso Ruiz Rosas, que la llevó a Lima a la Galería de la Cancillería Peruana (en millonaria exposición), ver en Arequipa el recorrido de la imaginación de Jaime Mamani a lo largo de treinta años y comprobar lo dicho: hay un mundo en ella, hay una personalidad fuerte de autor. Es seguro que aunque no los firmara todos reconoceríamos una de sus obras, incluso a pesar de los varios imitadores que le han aparecido. Esto, que parece algo natural no lo es en estos tiempos posmodernos, en los que los oleos o las acuarelas de un pintor arequipeño podrían pasar por los de otro sin problemas. Arequipa es una ciudad de muy buenos pintores, de verdaderos maestros de la técnica, alumnos destacadísimos de la Escuela “Carlos Baca Flor” o de la Escuela de Artes de la UNSA, pero sin personalidad, sin un mundo interior que comunicarnos, sin un estilo y una propuesta con identidad propia. En eso se diferencia, hace destacar y le da valor a la obra de Jaime Mamani, entre otras cosas.

Antes de concluir quiero hacer notar sin embargo que creo que estamos ante el inicio de una metamorfosis o un cambio de piel al menos. Los últimos dibujos de Jaime ya no se parecen a los de hace diez años, los que aparecieron en la revista “Apóstrofe” y que sus coleccionistas más cercanos atesoramos como una obra aparte. Desde hace poco nuestro autor anda explorando, curioso como es, por las nuevas técnicas digitales y los mapas de bits que le han permitido lanzar su imaginación por nuevos espacios, más fantásticos y alucinados que los anteriores, si eso es posible. Alcanzado el reconocimiento nacional de su obra, parece que Jaime Mamani se dispusiera a abrir otra de las habitaciones de su mente y que pronto seremos invitados a un tour por el nuevo mundo del mismo viejo amigo, nuestro querido Jaime Mamani.

(Palabras de Presentación en la noche inaugural de la Retrospectiva de Jaime Mamani en las Galerías del Complejo Cultural; exposición que aún está abierta al público).

 

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