Homenaje a José Luis Pantigoso

Un perfil del recordado pintor arequipeño, hecho a cuatro voces.

 

Tito Cáceres

Creo que el primer impacto lo recibe Pantigoso por parte del Indigenismo pictórico. Se involucra en el indigenismo de Sabogal y Camino Brent y eso se nota en su obra. Pero creo que con los años ha enriquecido su obra, quizá se lo podría llamar un peruanista y ya no un indigenista.

Si uno observa sus cuadros notará las diferencias. Al final ya es mucho más personal. Antes trabajaba con mayor meticulosidad los espacios a la pluma. Es impresionante la manera de orfebre como llenaba el espacio pictórico. En cambio en los últimos dibujos privilegia los primeros planos y deja en blanco los fondos. Aumenta la sensación de infinitud y de abstracción. Lo mismo se nota en la pintura, en los últimos cuadros que dejó.

Sin embargo el arequipeñismo se mantiene; creo que es uno de los pintores arequipeños más característicos.

Pantigoso era además un gran lector. Muchas veces nos hemos encontrado en las Ferias o en las librerías y él nos ganaba los libros. Leía no solo teoría, sino novelas, poesía. Tenía eso que ya no se aprecia mucho, una vocación por la lectura y la formación integral del artista.

 

Juan Carpio

Sorprende en nuestro medio plástico tan dado a la acuarela como técnica y al paisaje como tema, que Pantigoso prefiriera expresarse en el dibujo y el en óleo. Creo que esta preferencia podrán explicarla mejor los críticos de arte.

Sus dibujos son exquisitos y formidables por minuciosos, impactantes y tan bien logrados que nimban o dan una aureola de dignidad a los personajes, rincones y elementos más sencillos de nuestra realidad.

Entro así en su temática. José Luis eligió a sus modelos para dibujar y pintar entre los personajes más sencillos de la ciudad y la chacra arequipeña. Como de un caleidoscopio de su pluma salieron picanteras, chacareros, alarifes, zapateros, arrieros, cargadores, pordioseros. Cuando escogió nuestra arquitectura arequipeña prefirió inmortalizar a las chozas y humildes casitas de nuestros labriegos, a sus andenes, sus bocatomas, a sus corrales, a sus heras, a sus graneros. O cuando se ocupó de la temática citadina se ocupó de nuestros tambos, nuestros pircaditos de sillares. Es decir, con sus obras nos enseño lo que lastimosamente nuestros arquitectos y conservadores de nuestro patrimonio cultural y arquitectónico no miran ni ensalzan: que la arquitectura arequipeña no radica solo ni principalmente en nuestros monumentales conventos, iglesias y casonas; la arquitectura de nuestro pueblo mestizo radica esencialmente en la arquitectura de los pobres de nuestra ciudad y nuestra campiña.

 

Willard Díaz

Si tuviera que elegir un solo adjetivo para José Luis Pantigoso sería “Bueno”. Era un hombre bueno. Se encuentran pocos hombre buenos en este mundo; me gustaría que cuando yo muera alguien diga de mí que era bueno; pero yo sí puedo decir de José Luis que él era un hombre bueno. Un alma sin rencores, sin maledicencia, sin envidia; era un hombre siempre dispuesto a dar ayuda, a enseñar, un hombre de dones.

Tito ha dicho que Pantigoso no vendía sus obras; o vendía muy poco probablemente. Quizá eso fue porque apreciaba el valor estético de sus obras, que no se mide en soles. Amaba su trabajo. Muchos de los cuadros que se exponen los he visto en su casa: atesoraba lo mejor de sí.

Era además un hombre meticuloso, sumamente ordenado y limpio en su taller. Esa misma pulcritud la encontramos en la persona y en la obra.

De otra parte, me alegra muchísimo que aquí Juan nos cuenta de la profunda amistad que lo unía en vida a José Luis. Tengo para mí, no obstante, que Pantigoso en el fondo era un hombre solitario. Podía trabajar con otros, colaborar en proyectos, ejercer la docencia, pero llegada cierta hora se recluía en su casa o dentro de sí mismo. Y creo que ese espíritu también forma parte de su obra.

 

Ricardo Córdova.

Para mí fue un placer inmenso reunir esta pequeña, pequeñísima muestra (que se exhibió en el CCPNA) del trabajo de José Luis Pantigoso. Con Freddy Hurtado hemos catalogado más de seiscientas obras conocidas; pero he tenido que elegir y eso, para alguien que admira la obra de otro artista, como es mi caso con José Luis, es muy difícil.

Yo tuve el privilegio de ser su alumno al principio, luego su colega y finalmente su profesor. Nuestra amistad desde el comienzo fue muy fuerte e interesante y por eso sentí la obligación y la necesidad de rendirle este homenaje.

A pesar de que José Luis era un hombre muy meticuloso, como ya se ha dicho, curiosamente no ponía fechas en sus cuadros, lo cual me ha dificultado un poco el trabajo. No he podido ordenar etapas. Sin embargo he tratado de agrupar “al ojo” y trazar una especie de itinerario de su obra que se puede advertir en el recorrido por estas galerías. Sus últimas plumas son ese conjunto premonitorio de animalitos muertos, y en cuanto al óleo, esos cuadros grandes de grupos que se retiran, que se alejan de la mirada.

Creo que sus trabajos finales reflejan lo que ha dicho Willard, cierta soledad: hay en ellos un elemento central o lateral y todo el resto está vacío.

 

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