Glamour andino

La Fiesta de la Candelaria según Bouroncle

Por: Willard Díaz

 

El efecto paradójico de la venta masiva de cámaras fotográficas a precios bajos ha sido la expansión global de la idea que todos podemos ser fotógrafos artísticos, más o menos. Tomada como instrumento cultural posmoderno por el capitalismo de hoy en día, la imagen digital ha sido despojada de su poder revelador para convertirse en seducción pura, imaginaria. Celulares por doquier, cámaras para los mejor pagados y redes sociales han hecho de la fotografía algo inicuo y gratuito. O comercial.

Por eso, encontrar hoy un fotógrafo en un pajar es más difícil que hallar a una aguja en cualquier lugar.

Cuando creíamos que ya no había solución a la vista he aquí que aparece Hermann Bouroncle.

Supimos que no sale de la nada, durante veinte años ha estado tomando miles de fotos en cruceros por todo el mundo, con todos los motivos, con las luces más variadas y en circunstancias irrepetibles. Si bien esta práctica es a la vez un aprendizaje muchas veces conduce, a pesar de los años y las décadas a nada. Nada fuera de lo común. Ahí están las galerías como prueba.

Bouroncle en cambio ha llegado a eso que se llama un “estilo propio”. Sus fotos son reconocibles aun sin nombre en el catálogo.

Tomemos como ejemplo su última exposición sobre la Fiesta de la Candelaria de Puno.

En primer lugar, elegir la Fiesta de la Candelaria como motivo es ya meter la cabeza en la boca del león. No hay ceremonia más vistosa en el sur del Perú que la tradicional fiesta puneña. Ese seguro que al paso de los danzantes durante una semana se toman varios miles de fotos de todo tipo, documentales, turísticas, periodísticas, eróticas, amistosas, familiares, etcétera. Es seguro, en segundo lugar, que existe ya un canon para esas fotos, un canon marcado por el respeto a la virgen, al lugar, a la tradición, a la memoria, a Puno, al Lago Sagrado, a la Cultura Andina.

Y aquí es donde surge la diferencia que permite la aparición del arte. Los disparos de Bouroncle si bien apuntan a las imágenes de todos conocidas, le aciertan a algo totalmente nuevo: a la fiesta glamorosa andina y divertida que está en los ojos del fotógrafo más que en el mundo exterior. O en el mundo exterior que nadie más vio y ahora se ve.

La virgen de la Candelaria es una virgen tan peruana, tan mamacha andina y hereje como toda las nuestras, edípicos indomados que somos todavía. Su celebración no pasaría en el catecismo ortodoxo católico y patriarcal ni un minuto, si fuésemos sinceros. Además, el purismo de nuestros andinistas oficiales cuida bien el imaginario que han construido con tanto trabajo en las últimas décadas.

El exitoso aunque delicado equilibrio alcanzado entre esas dos fuerzas —la tradición aimara y el turismo— tiene ya una imagen sagrada de la fiesta; que venga alguien a modificarla aunque sea un poquito es sin duda osado. El valor de la visión de Bouroncle está justamente en su capacidad de modificar, o modular la visión ortodoxa del espectáculo, y convertirla en un hecho estético. Crear un portafolio de moda andina ad hoc sobre la base de un conjunto de tomas extraordinariamente bien logradas y cargadas de un humor impávido que las vivifica.

Nada hay de santo, de heroico ni de admirado en sus fotos. Lo que las hace extraordinarias es el margen ancho que añaden al entorno cultural típico, su cariñosa socarronería, su fuerza para empujar más allá los límites del significado a la fiesta de la Candelaria. Fuerza de artista que hace de la luz y el color, del encuadre y la producción una aireada ventana al mundo andino de estos tiempos posmodernos. Aireada por el humor, el buen humor, tan escaso, que su aparición ya es un logro; y su concreción en una imagen, aun más.

Recomendable.

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