Pronóstico del sur

Extraña alegoría aquella planteada por Roberto Bolaño en “El Gaucho insufrible”. Todo en el cuento parece invertirse. Lo que antes fue seguro, ahora inspira desconfianza. Un lugar pensado para la seguridad humana adquiere hoy a nuestros ojos —sin que podamos saber las causas— un aspecto feroz, más terrible al parecer del que huíamos.

El medio hostil, agresivo, ya no se encuentra fuera, es ahora el espacio donde tratamos de vivir. El espacio temido, por ingobernable, por desolado, es ahora más seguro, a salvo de los hombres que han creado estas ciudades. Lo que parecía bueno en ellas ha perdido su reputación y ninguna fe rige más que la creencia en uno mismo.

El abogado, en “El Gaucho insufrible”, huye por la situación económica en el gobierno del peronismo. Se refugia en su fundo, en la pampa, lugar tranquilizado por años de olvido, pero vivo por libros erráticos que mantenían de ella una imagen ruda, de machos, del gaucho como monumento de la pampa. Decepción. Todo ello, leído por el abogado, se ha traducido  a un estado de sueño polvoriento, donde los pobres gauchos buscan misericordia de las llanuras y de los pocos hombres y mujeres que aún sufren por allí. No hay cuchillos, no hay peleas inducidas por el alcohol. El abogado en vano trata de resucitar el ímpetu belicoso. Alguna fuerza —supongo la que proviene de la ciudad— los ha recuperado para Dios.

Las pequeñas urbes, las primeras, administraban teniendo en cuenta lo de fuera, los posibles peligros que se podían esperar. Los forasteros —como nos recuerdan los westerns— atraían las miradas durante días, ya que representaban alguna especie de peligro por sus costumbres,  su identidad y por lo que venían a buscar aquí. En cambio ahora las periferias se rigen al ritmo de la ley. El mercado orienta la producción. El dinero de un momento a otro puede perder todo su valor. La redistribución es engañosa, las promesas presidenciales debieran dejar hablar al viento.

Cada ciudad tiene su propia génesis. Autores como John Dos Passos en “Manhattan Transfer” han dado a conocer los cimientos humanos sobre los que ha ido desarrollándose esa poderosa máquina llamada ciudad. Es tan heterogénea que uno de sus personajes llega a decir: “En esta ciudad nadie es de aquí”. De igual forma, los personajes —la mayoría extranjeros— reciben, en esta ciudad en ciernes, su porción de hostilidad y miseria. Todo este problema surge cuando las ciudades adquieren proporciones parecidas a las que tenía la pampa, el desierto. Es difícil gobernar una extensión que raras veces conoce límites.

Nuestra Blanca Ciudad comienza a convertirse en la ficción de Dos Passos, en el sentido de que ya nadie es de aquí. La ciudad se vuelve  opresora, una sociedad alienante que engendra una comunidad marginada. La velocidad con que ha ido expandiéndose, devorando la tierra con asfalto y concreto, solo sirvió para vestir de oveja al lobo. En realidad, se teme a lo que ahora es “afuera”, a los nuevos espacios inseguros creados en la ciudad. Los pocos espacios abiertos se convierten en espacios inseguros. Cometemos el error de llamar delincuentes a todos aquellos que se reúnen en noches oscuras en parques, veredas, calles. Todos ellos han sido empujados allí, oprimidos cada vez más por una identidad que muchas veces les es impuesta. La identidad imputada por la ciudad, por sus instituciones, obliga o genera  una comunidad marginada. El abogado de “El Gaucho insufrible” —Pereda— del mismo modo, presionado por una identidad que no quiere compartir, huye de la ciudad a la pampa para convertirse en un gaucho más, identidad que comparte en común la ilusión de un objeto, que más adelante se verá si logrará adquirir.

La extensión, recalco, dificulta la intensidad de la ley. Para ceñirnos a un ejemplo, en el relato “Taxi”, de Willard Díaz, el chofer, tras recoger a unos pasajeros, es obligado a seguir una ruta. Lo llevan a uno de los muchos pueblos jóvenes. El taxista sospechaba las intenciones, por el lugar alejado, sin protección, sin la intensidad de la ley. En ese lugar, donde ni siquiera hay comisaria, ni vigilancia es donde intentan robarle el auto, pero el astuto taxista, en vez de verse perjudicado por esa carencia —de la autoridad— la aprovecha y arroja las llaves a la quebrada que tienen cerca. Los asaltantes, aturdidos, mandan a uno a buscar la llave, el cual regresa sin haberla encontrado. Como no disponen de mucho tiempo, deciden abandonar el negocio y marcharse antes de llamar la atención.

Bajo artimañas como esta uno puede mantenerse a salvo en este medio peligroso que es la ciudad.

En los pueblos chicos la intensidad de la ley no está representada por alguna institución, sino por alguno de sus miembros, asistido siempre por su comunidad. Pero se da el caso, al ser el pueblo pequeño, la intensidad tutela el conocimiento de sus miembros, sus costumbres, sus hábitos.

Diferente es el final de “El gaucho insufrible”. El señor Pereda no se sirve de ninguna artimaña —dejó de ejercer la abogacía—, vive ya tiempo en la pampa que los rasgos típicos del gaucho fueron agregándosele fácilmente. Se ha cansado de provocar a los gauchos que le sirven dócilmente y un día, al recibir una carta, decide regresar a la ciudad. Se pregunta: ¿En caballo o en tren? Compra el boleto y recorre la misma pampa. Cuando llega a la ciudad pasa por un bar donde el Bebe (su hijo) solía reunirse con sus amigos escritores. Ha cambiado la ciudad, ha cambiado la gente. Se fija en un tipo algo extraño, hasta que este se ve fastidiado y sale preguntarle y provocarlo. El señor Pereda ha estado buscando un Gaucho, una pelea, el momento de usar su cuchillo. Le parece un buen momento, y tras la agresión del tipo encopetado, hace una finta con el puñal hacia adelante. Logra herirlo. El hombre, desconcertado, no cree en su sangre, lo mismo que Pereda.

Piensa en una salida: Decide regresar a la pampa, allí estará seguro.

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