TALLER VISTO POR DENTRO

Entrevista al doctor Jorge Valenzuela, de la UNMSM

Por: Willard Díaz

 

Jorge Valenzuela empezó su carrera como escritor en los años 80. Paralelamente realizó estudios de Literatura en la Universidad de San Marcos y luego un doctorado en la Complutense de Madrid. Al volver ingresó a la docencia en su alma mater, donde es hoy profesor principal de la Facultad de Letras y Ciencias Humanas. Tiene a su cargo los talleres de narración tanto de pregrado, —donde ha compartido sesiones con Hildebrando Pérez y Carmen Ollé—, como de posgrado, que comparte con el narrador Carlos Arámbulo, en la Maestría de Escritura Creativa de la UNMSM.

Toda esta vasta experiencia lo ha convertido en uno de los mejores maestros de narración; a él apelamos para que nos explique su metodología.

 

¿Cómo conduces tus talleres de narración de pregrado?

Un taller comienza con la revisión de lo que se ha hecho la semana anterior, con la revisión de los materiales para esta. Elegimos un texto de un autor generalmente muy conocido, nos enfocamos en algún aspecto técnico formal, y abrimos una discusión sobre ese aspecto. Trabajamos con la participación de los alumnos que han concentrado su atención en el aspecto y yo explico la técnica también. Y ampliamos con otros ejemplos.

A mí me interesa mucho trabajar la retórica narrativa, tiempo, espacio, el ritmo, la construcción del foco narrativo. Esa es la primera etapa, sobre los límites que se le impone al lector con la administración de la forma. Si yo quiero que el lector perciba la historia desde la pura exterioridad, la interioridad, o sin límites, lo que se llama el foco cero.

Toda esa parte básica de la narratología viene en el primer taller.

Este trabajo con la retórica le va a permitir al escritor joven ir ganando originalidad, de modo que pueda apartarse conscientemente con el manejo de sus propios recursos, de los autores que por muy buenos que sean terminan anulando la imaginación del joven. Es el caso de Ribeyro, un escritor que admiramos mucho pero que puede anular al joven. Hay cantidad de imitadores de Ribeyro. Hay que salir de Ribeyro, salir de Reynoso, del realismo de hace medio siglo.

Hay que terminar también con el miserabilismo naturalista.

En Lima esos son frenos muy fuertes para el desarrollo de la imaginación.

¿Y das a los alumnos una lista de lecturas obligatorias?

Por supuesto. De Rulfo, “Macario”; de Hemingway “Las nieves del Kilimanjaro”; Cortázar en “La noche boca arriba”, Borges y “Las ruinas circulares”; “La metamorfosis”, de Kafka; “La dama del perrito”, Chejov. Eso en el primer semestre, los canónicos.

Yo les pido que se abismen y que investiguen además el cuento. Llegan a clase bien informados.

¿Y en el segundo semestre?

Ahí trabajo Flannery O´Connor, Carver. Trabajo poéticas también. La poética del fantástico, la del minimalismo, con Carver y Bukowski, que son dos tipos diferentes de minimalismo. El neorrealismo, con un cuento de Ribeyro que me gusta mucho y que se llama “Junta de acreedores”.

¿El Taller de pregrado es obligatorio?

No, no, es electivo, pero siempre tiene 30 alumnos. Es una maravilla. Los muchachos se matriculan en el taller en cuanto pueden, en tercer semestre. Son aquellos que no quieren ser críticos literarios sino escritores, ingresan a San Marcos con la idea de ser escritores. En el taller nos encargamos de que ellos mantengan esa ilusión, ese sueño.

¿Y en la maestría de Escritura creativa” qué se lee?

Viene gente de otras carreras, Economía, Educación, Arte, Filosofía, y menos de Literatura.

En la maestría trabajamos ya un proyecto escritural, porque ellos se gradúan con un libro, sea un poemario, una novela, un libro de cuentos o un guion cinematográfico.

¿Qué cursos tiene la maestría?

Tiene Dramaturgia, Guiones, Poéticas narrativas y Poéticas líricas, dos talleres de Narración, dos talleres de Poesía que dirige Marco Martos, y cuatro Seminarios de Tesis, que son sobre la tesina que tiene que acompañar al libro de Creación. Si alguien escribe narrativa metaficcional su tesina trata sobre aspectos de la metaficción. O trabajan el concepto de Ciclo Narrativo porque están en su obra tratando de articular un ciclo narrativo. Es una tesis de escritor, no una tesis de crítico. No nos interesa que escriban sobre Clorinda Matto de Turner ni sobre Mercedes Cabello de Carbonera. Me interesa que reflexionen sobre su propia creación.

¿Cuál es el aspecto de la técnica que te cuesta más trabajo enseñar?

Puede ser el régimen de focalización, que a veces les cuesta reconocer. Por ejemplo, tienen problemas para diferenciar la focalización interna, del foco cero. También se confunden en los niveles diegéticos de la narración.

Pero todo se aprende, es cosa de leer con atención. Un escritor es un técnico, no es un ingenuo. Eso se los repito mil veces. El escritor es un prestidigitador, alguien que sabe lo que tiene que decir con las palabras. No es un loquito que se sienta a escribir inflamado por un sentimiento abrasador.

Desde luego tienes que haber vivido, pero recuerda lo que dice Borges, “Más he vivido lo que he leído, y estoy orgulloso de ser un gran lector”. La ficción también se puede vivir intensamente.

En Lima, ¿los alumnos traen preferencias?, ¿una idea de temas o de autores que quieren replicar?

Sobre todo la literatura de Ribeyro y la de Reynoso, que tiene mucho poder sobre los más jóvenes. El realismo social de uno y la marginalidad de otro. Y también hay toda una corriente de literatura banal contra la que yo lucho que tiene que ver con el biografismo barato. A mí me desespera ese facilismo de algunos jóvenes que se vinculan con la literatura a partir de la idea de que contar su vida, sus amoríos, es suficiente. No pues.

Hay escritores que dicen que los Talleres no sirven para nada…

Yo podría contra argumentar diciendo que en último Premio Copé de Cuento seis alumnos de San Marcos, tanto de pregrado como de posgrado, obtuvieron reconocimientos.

Tampoco hay que caer en la ingenuidad de creer que los talleres convierten a personas con poco talento en grandes escritores. Pero yo sí creo que un taller ordena las lecturas de un joven escritor, lo ilustran sobre aspectos de la creación que quizás de otra forma no podría conocer; lo sitúa en una disciplina, en una continuidad creativa que necesita para ser escritor; lo vincula con gente inteligente que comparte lo que a él le importa, que es la creación.

¿Qué un taller va a cortar la vocación de un escritor? Imposible.

Siempre recibimos críticas, y mejor que sean en el seno de un taller, porque son opiniones limpias, de iguales.

Además, hay todo un boom de talleres en Lima. En las librerías, en los centros culturales, en casas de ciertos escritores de fama y renombre, Y no son baratos los talleres.

Bueno, pero lo cierto es que si una técnica se puede aprender hay algo que no se puede aprender…

Que es el talento, ¿no?

Si, pero eso es ver al talento desde un punto de vista genético. Tampoco, pues. No podemos caer en ese tipo de ingenuidades. ¿Qué? ¿Nacen con el gen de la Literatura?

El talento es el producto de la disciplina, del amor por la literatura, del interés, de la curiosidad y de la práctica.

Yo creo que incluso el talento se desarrolla, no se nace escritor; uno se construye como escritor.

Una parte importante de ser escritor es la dimensión moral del sujeto. Un escritor no le tiene miedo a nadie, es el ser más libre que puede haber. Si un escritor es desanimado o se deja vencer por las adicciones, no es un escritor. Si un escritor no arde en el fuego de la honestidad, que no se meta.

 

En qué momento el escritor llega a comprender el mecanismo de la ficción? ¿Cuándo deja de contarnos su vida?

Creo que en el momento en que toma consciencia del “órigo” del discurso, como dice Félix Martínez Bonatti. Cuando está plenamente consciente que esa voz que cuenta la historia no es la suya; en el momento en que independiza su voz, cuando establece una distancia entre lo que está contando y lo que tiene que ver con él.

 

 

 

 

 

 

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