Para leer a Melgar

Por César Delgado

Si hoy nos hablara Mariano Melgar podría decirnos quizá que todo lo que él quiso saber de la vida se lo enseñó la Poesía. Realmente todo, también a elegir que su vida fuese breve, igual que un poema, a diferencia de Vargas Llosa, que la alarga como una novela. Le enseñó a amar, pero a amar como los héroes de los poemas románticos y épicos, hasta morir por la “patria querida” y por la “mujer amada”, palabras que ahora suenan a retórica. Le enseñó a ser valiente, porque para ir a la guerra por una causa (que parecía perdida) había que serlo. Le enseñó que la vida debe perseguir un ideal de perfección, que se consumara como un soneto debidamente construido, en el que la existencia transcurriera de una forma previsible y ordenada, aunque algo aburrida para nuestro gusto moderno, ya que al nacer todo estaba dicho.

En su tiempo, el destino estaba escrito por ley, con letras de sangre, dolor y llanto. La sangre la ponía el padre con el apellido y la herencia, cuando era blanco; el dolor y el llanto, cuando el padre era indio. En cuanto al mestizo, su sangre mezclada no contaba y su pena nadie cantaba. Antiguamente el orden era ley de vida. Los más organizados eran los incas, que registraban cuidadosamente el destino de los hombres y de las cosas en los quipus. Nada existía fuera de sus hilos, donde todo se anudaba: los nacimientos, los casamientos, la muerte de las personas, el uso y el desuso de las cosas. Los españoles, que trajeron la escritura, sometieron a su control también a las personas y a los objetos. En su tiempo las escrituras eran sagradas.

Mariano Melgar, que nació en este mundo momificado, sentía fascinación por el poder de determinación de la escritura, que él como poeta asociaba con el soneto, la forma más perfecta de realización de la belleza mediante la palabra. En el soneto todo está exactamente medido, como la vida que a él le había tocado por nacimiento. Sus padres lo habían reservado para la carrera eclesiástica, pero como él no sentía el llamado de la vocación, se rebeló contra este destino apoderándose del instrumento de dominio que era la escritura, convirtiendo la poesía en arma de lucha por la libertad. Así nació una forma poética nueva, que él inventó: el yaraví. Algo inaudito era ya que este nombre proviniera de una lengua nativa, el quechua de los indios sojuzgados durante siglos. No era, sin embargo, esta nueva forma poética, que se convirtió en canción popular, la voz de la población indígena del campo, sino del mestizo de la ciudad, hasta entonces mudo de expresión artística. Por esto la poesía para el mestizo es escuela. Escuela de reivindicación como persona y de realización espiritual.

Así es como el destino de la Arequipa mestiza revolucionaria quedó ligado para siempre a la poesía de Melgar, que vamos a estudiar al vuelo. Habiendo mencionado el soneto, empezaremos con uno de nuestro poeta, titulado A SILVIA, en la página 32 (Tomo 2, “Poesías y fábulas”, de la Biblioteca Juvenil Arequipa, GRA). Se puede leer con alumnos de quinto y sexto grados de primaria; y, desde luego, con los de secundaria.

La manera de hacerlo podría ser la siguiente. Primero, escuchar la grabación en la voz de la cantante Giuliana Murgia, que esta vez no canta sino que recita. Dado que el soneto forma una estrecha unidad, es lo mejor dejar latir el pulso de sus catorce versos. Y leerlo luego, varias veces también. En algún momento va a surgir la pregunta sobre la trágica historia de amor del poeta, que termina con su muerte. Aunque como para dejar constancia del poder de la escritura, al que Melgar rindió culto con sus versos, estos le sobrevivieron.

Viene luego un minucioso análisis de la forma del soneto, que se encuentra en la página 33. Para hacer este trabajo menos tedioso se puede recurrir a un programa en internet que cuenta con precisión las sílabas de cada verso. La dirección es la siguiente: http://www.mundopoesia.com/metrica.php.

El objetivo de este análisis no es otro que el de mostrar la excelencia de la estructura o andamiaje de construcción que hay detrás de esta forma cerrada de poesía que es el soneto, donde cada verso tiene un número exacto de sílabas, donde cada verso rima con otros en una secuencia establecida, donde las ideas encajan en un molde fijo. Así pareciera que fuera un reflejo en el espejo de la literatura del modo cómo se desarrollaba la existencia de los individuos en las sociedades burocratizadas, donde la riqueza de la vida estaba como enfundada en un molde. Que si había que amar, pues tenía que ser de la manera establecida. Esto es lo que no aceptaba Melgar, la imposición de la rutina, de la tradición, de la costumbre en la forma de amar, de escribir, de vivir. No le importaba que el mundo, el tiempo y la suerte se opusieran a su designio, él estaba resuelto a amar a su manera. Esta pasión por la libertad es lo que lo convirtió a Melgar en el héroe paradigmático del mestizo, que con su poco organizada existencia se ubicaba en las antípodas del bien estructurado soneto. En esos tiempos de germinación, el mestizo recién empezaba a balbucear sus primeras palabras en una lengua mezclada, y no entonaba todavía ningún son que lo identificara.

Raza antigua, los indios tenían un arsenal de canciones para todas las circunstancias de la vida: la siembra, cosecha, la guerra, el amor, la pena. Ralea culta, los españoles tenían sus cancioncillas amorosas y eran herederos de la poesía latina, que Melgar recitaba en la propia lengua de Virgilio. No entendía quechua, pero en las canciones tristes de los indios había captado un sentimiento que rimaba con sus penas de amor y con sus ideas libertarias, así que le puso letra y nació el yaraví, el son triste del mestizo, que al fin contaba con una voz que lo identificaba artísticamente. Y como Melgar era un intelectual culto y talentoso lo que les dio a los mestizos fue un producto primoroso. Así, puede decirse que para el mestizo la poesía fue también su escuela. El yaraví es un ejemplo del poder estructurante y transformador de la poesía. Porque antes que las balas y las barricadas de tantas revoluciones populares que conmovieron la ciudad, fueron los versos tristes del yaraví melgariano los que empezaron a labrar la identidad del mestizo arequipeño, para quien la poesía está en su alma y el poeta en su corazón.

Luego, podemos leer un yaraví, VUELVE, QUE YA NO PUEDO, en la página 44. Los yaravíes, que de por sí son tristes, se sienten más tristes en las voces quebradas y aguardentosas de los cantantes de picantería arequipeños; pero, con todo lo lacrimosa que pueda ser la letra del yaraví, si lo entona una vibrante y juvenil voz femenina la cosa cambia. Así tenemos, al menos, la primera estrofa, cantada por Giuliana Murgía, y repetida luego como estribillo.

Melgar, si ingenuamente creemos que porque nosotros lo queremos y admiramos los demás sienten lo mismo, pues estamos equivocados. Bueno, que es un héroe, no se discute, porque en todo caso el combatiente de Umachiri es un héroe menor, casi como el Cervantes de Lepanto. Con la diferencia de que en la batalla no perdió el uso de la mano izquierda sino la vida, que no es cosa menor. Lo que si se objeta es su condición de gran poeta, que los señores dueños de la lengua española han rechazado casi indignados como si hubiésemos querido hacer pasar gato por liebre. El crítico español Menéndez y Pelayo tenía una opinión despreciativa de las poesías de Melgar, de las que dice que “no pasan de ensayos de estudiante aprovechado”. El aristócrata critico limeño José de la Riva-Agüero tacha su rima pobre y su vocabulario, «reducido y desgarbado». El contradictorio José Carlos Mariátegui habla de su «sintaxis un tanto callejera», (¿quería una sintaxis de salón, el señor socialista?).

No suena esto a elogio, pero el Amauta parece que quiso ponerse sutil, porque también llama a la obra de Melgar “el primer momento peruano de nuestra literatura”. Pero se equivoca, porque en realidad Melgar es el segundo momento peruano de nuestra literatura, ya que el primero es Garcilaso, el Inca mestizo. En su caso la escuela era la novela, ya que nos vendió la gran ficción del imperio incaico. El mismo Menéndez y Pelayo, que ninguneaba a Melgar, se burlaba de la “novela incásica” de Garcilaso, de la que decía que no era historia sino ficción. Existe, sin embargo, una diferencia entre la obra de Garcilaso y la de Melgar, y es que la primera se inspiraba en el sueño de un orden perfecto, que el quipu y el soneto representan; mientras que la segunda estaba imbuida de la opuesta quimera de la libertad, que el yaraví encarnaba.

Las canciones de los héroes son casi himnos. Melgar tiene el suyo, que es el Yaraví. Pero también lo tiene un héroe militar que murió joven, igualmente ejecutado por un pelotón de fusilamiento. Felipe Santiago Salaverry, militar de la guerra de la independencia, nació en Lima; y murió en Arequipa, a la edad que debió tener el Aquiles de Homero. Quedó así en nada su sueño de crear, por el libro y por la espada, una nueva nación. Porque era un militar ilustrado, que los había en esos tiempos de irreales grandes cambios. No descendía hasta a escribir poesía, pero tenía debilidad por la música. Adoptó una marcha militar como suya, admitiendo que podía llamarse en su honor Salaverrina. No le trajo suerte, porque el temerario Aquiles limeño cayó ante los muros de la Troya arequipeña.

Aunque ahora los héroes son los niños y los jóvenes que se rompen el coco leyendo, y también los padres o maestros que se devanan los sesos buscando la manera de hacerles a aquellos menos leprosos los libros.  Porque ponerse a leer un libro no es fácil, al menos no tanto como sentarse a ver TV, ya que, aparte de voluntad, requiere de coco y seso. Y como ahora todos parecen estar sintonizándose en la ley del menor esfuerzo, entonces adiós libros. Pero los héroes precisamente construyen sus sueños a contracorriente, contra el facilismo mental, la mediocridad cultural y la complacencia en lo convencional que siempre impera.

Para estos héroes modernos, de coco fresco y seso despierto, está hecha la Poesía, que le enseñó lo que precisaba Melgar. Orden en la vida como en el soneto, y rebeldía como en el yaraví. Razón y pasión.

 

Deja un comentario