La madre de la novela

Por: César Belan

 El segundo domingo de mayo –con cuarentena o sin cuarentena– repetimos las frases de todos los años. Y aunque el vals sentencia que “toda repetición es una ofensa”, por estas fechas movemos el dial, nos podemos románticos, y tararearemos queriendo o no “todos tienen una madre, ninguna como la mía…” y demás tópicos nuevaoleros. La ternura por nuestra madre no se hace la exquisita ni busca ahorrar homenajes. Y entonces, si hemos de hacer homenajes a la madre, ¿por qué no hacer uno a la madre de la novela?

“Madre hay sólo una”, dice el dicho. Sin embargo, en el caso de la novela, debemos decir que son muchos los géneros literarios y obras maestras han dado origen al formato escrito más apetecido en nuestros tiempos. Se dice que la novela nace cuando la vieja épica –escrita en verso, con un tono solemne e impersonal, y atiborrada de referencias mitológicas– se arrejuntó con la narración histórica, ya redactada en prosa e insuflada de un espíritu más verista. De la conjunción de estos géneros (y de geniales obras como La Ilíada, La Odisea, Teogonía, Anábasis, las Historias de Herodoto, etc.) y de otros de corte más popular como las fábulas, nace la novela. Todo esto está bien, sin embargo, ¿hay una obra que podría considerarse la “madre” de la novela? Los estudiosos coinciden que hay un texto inicial que servirá de modelo para este género que se desarrollará en el período helenístico y durante la dominación romana. Se trata de “Dafnis y Cloe”, escrito por Longo de Lesbos en el siglo II.

La narración de Longo tiene como escenario el campo próximo a la capital de la isla de Lesbos, Mitilene. Allí dos hermosos jóvenes son abandonados al nacer (expósitos) y criados milagrosamente por una cabra y una oveja, respectivamente. Dafnis, el joven y Cloe, la muchacha, vivirán suma serie de aventuras al tiempo que descubrirán el erotismo que nace entre los dos, a la vez que el amor. Son muchas las pruebas que deberán atravesar para que su amor se imponga –serán atacados por piratas, sufrirán la guerra y la envidia de los ricos–  pero ayudados de las ninfas pastoriles y del propio Pan y Eros lograrán consumar su aprendizaje de amor.

La novela de Longo, inspirándose en la obra poética pastoril de Teócrito nos ofrece una historia intimista y sensual, poseyendo un estilo que marcará la senda de la novela hasta nuestros días. Así pues, si bien el componente de lo sobrenatural tiene gran cabida en el texto, este pretende contar de la manera más realista posible una historia acaecida realmente, incluida la presencia de ninfas y dioses (seres que según la mentalidad de aquel tiempo existían realmente y convivían con los hombres marcando su existencia). Los personajes ya no serán dioses ni héroes que representan arquetipos humanos o a pueblos enteros, sino seres de carne y hueso con sus pequeñeces, miserias y anhelos. Un público, ávido de entretenimiento, que gozaba al identificarse con los protagonistas y su feliz desenlace, fue el que posibilitó el desarrollo de este género, llamado en estos tiempos el “más burgués” de los géneros.

Justamente, en tiempo del Imperio Romano y cuando la bonanza económica y un espíritu hedonista penetró en amplias capas de la población, se operó a la par un cambio en la mentalidad. Se difundiría una noción de exaltación del individuo, concibiéndose la satisfacción, trascendencia y experiencia de forma personal, obviándose la vieja concepción colectiva. Esta cultura individualista es la que genera la novela, como “pequeña épica” de individuos concretos. Ya casi sin ningún trasfondo moralista o de significación profunda de la existencia, la novela griega antigua –al igual que el común de la novela actual– busca la diversión del lector y su identificación en cuanto experiencias y sentimientos. Es por ello que sus temas siempre oscilarán entre las aventuras y el romance con las que el lector se solaza mimetizándose con los personajes. El erotismo –variable fundamental de una cultura hedonista– será un ingrediente fundamental en su elaboración.

Como señalo, el enamoramiento y la aventura serán los tópicos fundamentales de Dafnis y Cloe. Pero ella no será la única obra de este tipo. Novelas como “Etiópicas” de Heliodoro y “El asno de oro” de Apuleyo, dan cuenta de ello. No faltarán tampoco en estos textos alusiones a las religiones mistéricas de corte oriental, famosos cultos de a finales del Imperio Romano. Así pues, como Eros y Pan serán homenajeados en los relatos de Longo como protectores de los protagonistas; también lo serán Artemisa y Apolo, dioses bienhechores de Teágenes y Cariclea, protagonistas de Etiópicas, en la obra de Heliodoro. Por su parte, Lucio, protagonista el Asno de Oro será fiel seguidor de Isis, una de las más grandes divinidades mistéricas del bajo Imperio, diosa que hacia el final de la novela le librará del infortunio en una aparición.

Lo que diferencia a esta novela, además de ser la precursora de su género, es su calidad narrativa y temática. Ella, de forma única, retrata al amor y la sexualidad de una manera tan natural como el escenario en que se representa la historia. En un relato marcado por las estaciones, la atracción y unión física y espiritual de los protagonistas alcanzará la plenitud, a la vez que la naturaleza se renueva y reverdece o se hace más intensa en el estío. Ello hizo que, aún en tiempo medieval, fue una de las obras más celebradas y difundidas por autores cristianos, quienes –a pesar de algunos pasajes francamente explícitos– la tuvieron por un modelo de narración amatoria.

 

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