Vallejo alternativo

Por: César Belan

(Para Percy Altamirano, nuestro querido Cristo Pobre)

Qui pótest cápere capiat.

 

Era el crepúsculo. De abajo se alzaban tenues lamentos de otras celdas. Con la mirada abandonada hace horas – quizás días – en el muro que da al poniente, vio cómo los últimos destellos del día manchaban efímeramente un paredón adornado de frases obscenas y sombreado con heces. Finalmente, los rayos desaparecieron dando paso a la noche y al frío que estremece uno a uno los poros.

“Cholo de mierda – se escuchó en el preciso instante que las sombras cubrieron todo el recinto – ¿me vas a dar Los Incas o te vas a quedar ahí sin poder cagar?”.  Luego de percatarse de la total oscuridad echó levemente el cuerpo hacia delante, mientras su mano, con delicado movimiento, desenfardelaba el saco de yute que le fue entregado esa misma mañana. De entre el silencio surgían, cada vez más fuertes, alaridos e imprecaciones que no se llegaban a formular del todo. Sin hacer caso a los ruidos que – a pesar suyo – se le hacían cada vez más habituales, El Cholo, se ocupaba con envidiable celo a palpar el interior de aquel saco que había permanecido todo el día entre su espalda y la pared. Después de tantear con sus callosas yemas, reconoció los dos paquetes de cigarrillos al interior de la talega, suspiró imperceptiblemente y dio gracias al Taita Santiago porque la Florinda se había acordado. Cogió una de las cajetillas y la guardó en el bolsillo de la camisa, mientras con la otra mano apretaba los chinches que pululaban en el colchón donde estaba acostado; encontró el agujero que buscaba y hundió la otra entre la paja que se escapaba por entre los huecos. “¿Una nomás, cholo de mierda? – fue lo único que se oyó cuando, con rápido pero decidido movimiento, extendió el brazo hacia donde se oían las voces y lanzó el paquete que llevaba en el pecho – ¿no quedamos en dos, serrano? El Cholo no respondió. A pesar de la oscuridad El Chuzo sabía que, en aquel rostro cetrino, se dibujaba aquel sereno ademán que le reventaba los nervios.

El Chuzo nació en Chepén y tenía una cicatriz que le atravesaba la mejilla derecha. Era uno de los hombres del Chiclayano que controlaba la carceleta y compartía la celda con un japonés esmirriado de tez biliosa y mueca imbécil, quien, luego de cualquier frase que El Chuzo pronunciara, reía con ademán nervioso. En plena penumbra El Cholo sabía con exactitud como permanecían recostados en un rincón de la celda, en el mismo lugar y manera como se hallaban tumbados desde la mañana, igual a   como los encontró el día en que llegó al presidio.

Los ruidos de las otras celdas cada vez se hacían más fuertes, de cuando en cuando una sonora carcajada estremecía el lugar. El Cholo permanecía impasible al otro extremo del calabozo. Por fin se escuchó aquello por lo que había esperado todo el santo día: “Cholo – reconocía la voz del Chuzo, mientras se oía el rechinar del portón metálico – anda a cagar de una buena vez, no va a ser que vayas a jodernos todo”. Luego de permanecer unos segundos en silencio que le hubieron de parecer una eternidad, se acercó lentamente a la puerta. Al cruzar el umbral logró escuchar la risa idiota del japonés a quien pudo imaginar hurgándose la bragueta anudada por un cordón mugriento que hacía las veces de cinturón.

Ya afuera, en el pasillo, respiró profundamente y hasta creyó saborear la brisa del mar. Palpando las paredes a su alrededor y tratando de recordar el camino hacia los silos, tanteó cada uno de sus pasos. De cuando en cuando resurgían las voces que se escuchaban de diferentes direcciones. Por fin hubo de coger el mugriento pasamano de la escalera que conducía hasta la letrina.

En la primera planta, pudo distinguir destellos de velas encendidas en diferentes extremos del pasillo; a cada paso que daba hacia los silos, los sonidos que se iniciaron con la noche, adquirían tonalidades humanas logrando distinguir alguna que otra frase. La luna que se escabullía desde el patio le aclaró un tanto el camino. De pronto reconoció la voz del Chiclayano. La oía por segunda vez, sin embargo, era difícil olvidar aquel acento agudo, casi obsceno. Lo había visto varias veces en el patio, hablando con los policías, acompañado siempre por un negro de grandes ojos ovalados, como de asno. Acompañaba con amanerado ademán una mirada siempre esquiva, surgida de unos pequeños ojos biliosos, amarillos como sus dientes y grasienta calva, extraviados en una cara regordeta, embutida – también – en un pequeño y rechoncho cuerpo.

La mañana que llegó a la prisión, El Cholo se dirigió hacia los pozos cercanos a la pared que da al mar, al extremo de la explanada que sirve como patio. Entre ellos se apilaban escombros y fardos de basura, la pestilencia de los alrededores sugería la utilidad de aquellas zanjas. Escondido detrás de los costales llenos de desperdicios, de cuclillas, y con el espinazo apuntando al cielo, sus vértebras se marcaron magníficas en la espalda, como dibujando la cola de un cetáceo antiguo. Cerrando los ojos en busca de un buen recuerdo, alzó su rostro hacia las alturas. Luego sintió el fogonazo en pleno vientre que le hizo caer de bruces en el excremento. El puntapié le había caído en pleno coxis, haciéndole llorar de dolor. Escuchó a lo lejos la voz del Chiclayano, que decía: “¿Al cholito no le han enseñado cuánto cuesta ir a cagar?”. Luego de unos instantes, aún recostado en la inmundicia, reparó que era viernes, día en que la Florinda preparaba esas papitas asadas que le gustaban tanto.

El Chiclayano y su gente ocupa el ambiente que servía como garita de vigilancia, junto al portón que da al terraplén. Ese era el último obstáculo. Con el cuerpo recostado contra la pared y sin hacer el menor movimiento, El Cholo observa de lejos aquel lugar apenas iluminado por un par de velas. En la esquina del recinto se yergue una imagen del Señor de los Milagros, y a sus pies, arrodillado, yace un demacrado personaje vistiendo un roído batón morado, con las huesudas manos entrelazadas en actitud contrita y apenas iluminado por la candela encendida en devoción a la efigie. Detrás se encuentra el Chiclayano, en medio de su séquito de maleantes, quienes celebran a su jefe prorrumpiendo, entre risotadas, en insultos y maldiciones.

Tensando todos sus nervios, El Cholo, se estira hacia la puerta, sin provocar sonido alguno. Es entonces cuando, al dirigir su mirada al cuartucho, de entre los desnudos torsos y extremidades bruñidas que lo poblaban logra divisar cómo se yergue una minúscula cabeza, adornada con ralos mechones canos, renegrida de mugre. “Toca algo de Agustín Lara, pues cojudo – chilló El Chiclayano –  puros chopines te sabes tú”.  Por un instante, iluminado débilmente por el resplandor de una vela, El Cholo pudo observar un rostro pálido, que adquiría tonalidades de cera ante la tenue luz. Con el torso desnudo y de cuclillas ese grotesco figurín digitaba ferozmente –y abstraído de todo mal– sobre la espalda de un moreno recostado en cuatro patas mientras siseaba imperceptibles notas. “!Muy bien, pianista!”, exclamó El Chiclayano cuando el ridículo maniquí dejó de teclear sobre las costillas impecablemente delineadas en la oscura espalda. En la cara del pianista se dibujó una apariencia de beatífica paz. “!Toca una más, conchatumadre!”, le interrumpió El Chiclayano cuando se dispuso a recostarse. Incorporándose de nuevo a la pantomima macabra, el pianista continuaba dando su concierto, hasta que, emitiendo un débil chillido, dejó de acariciar la espalda de su instrumento para dejar escapar a duras penas un chorrillo amarillento, que le fue mojando el trapo manchado que tenía por ropa interior. “El gran final”, repitió el jefe. Mientras tanto, y aprovechando las estruendosas carcajadas de los maleantes, El Cholo se coló en sus narices al patio.

Afuera, mojándose los labios con la punta de la lengua y sintiendo como el aire salado llenaba sus pulmones, se dirigió hacia el basural. El rumor del mar se escuchaba suavemente, sobre su cabeza las estrellas destellaban tímidas en la noche. Al tiempo que se desabrochaba el pantalón, pudo imaginar las olas rompiendo contra el barranco y a la espuma abrazando las rocas. Bien dispuesto contra un pilar de escombros flexionó las piernas. Habían pasado varios días, y su vientre sufría espasmos dolorosos de cuando en vez. Dudaba si podría deshacerse de todo de una vez. Desde allí observó cómo un alcatraz, inmóvil, y erguido sobre una columna de desechos tal y como una vieja deidad marina, escurría entre sus patas un viscoso líquido. “Quién como tú, bicho, que la libras fácil” pensó El Cholo. Luego de coger una colilla del suelo y llevársela a la boca recordó cómo, en ese mismo día, la brisa matutina batía las polleras de la Florinda dejando al descubierto sus tostadas pantorrillas. El Cholo, dando un hondo suspiro y alzando su mirada, se repitió, finalmente, que cualquier melodía suena mejor en casa.

 

Quién hace tánta bulla, y ni deja
testar las islas que van quedando.

Un poco más de consideración
en cuanto será tarde, temprano
y se aquilatará mejor
el guano, la simple calabrina tesórea
que brinda sin querer,
en el insular corazón,
salobre alcatraz, a cada hialóidea

grupada.

Un poco más de consideración,
y el mantillo líquido, seis de la tarde
DE LOS MÁS SOBERBIOS BEMOLES

Y la península párase
por la espalda, abozaleada, impertérrita
en la línea mortal del equilibrio.

 

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