CUENTO: EL CACHAQUITO MINAYA

Por: Mario Guevara

 

¿Y qué fue del Cachaquito Minaya?

La pregunta sonó incómoda entre los pocos compañeros de clase que nos habíamos reunido en la pizzería Chez Maggy, de la calle Procuradores. Festejaríamos las cuatro décadas de haber terminado la secundaria en el mejor colegio del mundo y sus alrededores: “José Gabriel Cosio”. Según nuestra modesta opinión, Cosio era un modelo de institución educativa particular; albergaba a expulsados de otros colegios, repitentes eternos, inconformes sociales, fumones de todas las hierbas y otras joyitas de la sociedad cusquense. El colegio no exigía el uso del uniforme escolar único que había implantado la dictadura militar: pantalón plomo, chompa del mismo color y camisa blanca. Uno podía asistir a clases con ropa de calle o con lo que mejor le guste. Y, lo más importante, tampoco exigían el corte de cabello; podíamos llevarlo largo, como hippies, y sin ningún problema. Cosa impensada para esa época, a mediados de los setenta, y con un gobierno dictatorial que se nombraba “revolucionario” y que paulatinamente se debilitaba por el descontento popular.

Bueno, mientras degustábamos de “la insurrecta”, la más sabrosa pizza familiar del local, y bebíamos sangría en vasos de cerámica, volvimos al tema del Cachaquito Minaya. Unos dijeron que no sabían nada de él, que se habían olvidado por completo de su existencia, otros solo recordaban que lo habían expulsado por fumón. Pero todos estaban de acuerdo en su pequeña estatura, sus cabellos negros rizados, y en que siempre caminaba con una sonrisa en los labios. Sin embargo, ellos no sabían que yo había logrado tener una gran amistad con el Cachaquito. Y fue durante los pocos meses que estuvo en el colegio. Entonces les refresqué la memoria contándoles lo que ellos olvidaban o desconocían de nuestro compañero de clase.

―Como recordarán, Minaya casi no hablaba con nadie. Y no era por tímido sino porque desconfiaba de nosotros. Todo ese recelo le nació en el colegio nacional del que lo expulsaron por haberle encontrado entre sus pertenencias un paco de marihuana. El soplo vino de un compañero de aula. Parece que esa experiencia lo marcó con fuego, y lo volvió muy cuidadoso para relacionarse. La verdad, no sé por qué me eligió como amigo si no teníamos nada en común. Tal vez fue porque lo protegí de la furia del Cholo Calluco que lo iba a masacrar porque el Cachaquito lo había insultado en la formación: «Cholo conchatumadre». Yo lo defendí, porque no iba a dejar jamás que un feo, trinchudo y grandulón pegara a un petiso como Minaya. Aunque esa defensa me costó varias heridas en el rostro y una camisa nueva destrozada por el forcejeo. La gratitud del Cachaquito fue un sándwich de jamón y una Inka Cola en el quiosco del colegio. Creo que ese momento marcó el inicio de nuestra amistad. Seguro recordarán que desde entonces con Minaya andaba de un lado a otro y éramos inseparables en los recreos. ¿Y saben por qué? Este enano cabrón me hizo conocer algo indebido: la alita de mosca; mejor dicho, cocaína.

Luego de notar que los amigos guardaban profundo silencio dentro de la bulliciosa pizzería continué con la historia.

―Parecía mentira que el Cachaquito, con el tamaño que tenía y lo frágil que se veía pudiera estar metido en el submundo de las drogas. Y la verdad es que sí estaba bien metido, y me lo demostró con lo toquero que era con los pocos gringos que deambulaban por la Plaza de Armas del Cusco en esa época. Ser toquero era entregarles a los incautos extranjeros aspirina o mejoral molido en vez de cocaína. En esa técnica Minaya era un experto. Convencía al cliente de las bondades del producto en un inglés perfecto, dizque aprendido escuchando rock de los Yunaites en los long plays que coleccionaba su hermano mayor, y cuando el trato estaba consumado, con un toque de alita de mosca incluido, en un rápido juego de manos cambiaba el envoltorio de cocaína por otro de pastillas molidas. Luego, con los dólares obtenidos, desaparecía varios días del centro de la ciudad para no encontrarse con el furioso arrebato de los estafados. Ahora bien, otra cosa con que toqueaba a los gringos era con el mismísimo hachís. Ustedes ni se imaginan de dónde conseguía esa droga. No era de alguna región montañosa de África del Norte, mucho menos del Rif, en Marruecos, sino de nuestro viejo barrio de San Cristóbal que se encuentra hacia lo alto de la Plaza de Armas. Ese trabajo de conseguir “hachís” era el más simple del mundo, y consistía en deambular por sus callejuelas y recoger en una bolsita caca de conejo que hallaba esparcida en algún recodo del barrio. Luego, Minaya levemente la trituraba y aplanaba para vendérsela a gringos infelices que venían a vacilarse en las alturas de Machu Picchu. Y lo que más me jode es que este pequeño cabrón, antes de que yo conociera el origen del bendito “hachís” me hizo fumar esa cagada diciéndome que se lo trajeron desde Katmandú, en el Nepal. Después de enterarme no me quedó otra cosa que estallar de risa: había pagado derecho de piso por inexperto.

Cuando se acercó el mozo a preguntar si deseaban otra pizza y más sangrías, dejé de contar. Pero los amigos me pidieron que prosiguiera con el relato.

―Como les contaba, el Cachaquito era buena gente y empecé a agarrarle cariño, aunque en algunas cosas no se abría conmigo. Nunca me dijo, por ejemplo, de dónde venía la marihuana que me hizo fumar en el patio del colegio, el día que reventé de risa ―al extremo que me dolió el estómago― sin que se dieran cuenta los profesores; ni de dónde venía la cocaína que consumía y con la cual toqueaba a su regalado gusto a los ingenuos gringos. Lo que sí me contó, confidencialmente, fue de dónde le venía el mentado apodo de Cachaquito. Me dijo que se lo pusieron en su distrito de Santiago, porque su padre era sargento primero de la Benemérita Guardia Civil del Perú; y la gente en esos años, de forma despectiva, trataba a los policías con el apelativo de cachacos.  Y como Minaya era hijo de un cachaco, le pusieron el sobrenombre de Cachaquito por lo pequeño y jodido que era. Pero hay otra cosa que me informó, y con mucho desconsuelo. Que perdió a su madre cuando aún era chico y que la madrastra era una vieja desalmada que lo maltrataba cuando el sargento primero Minaya no estaba en casa. Los constantes castigos y ultrajes hicieron que el Cachaquito se convirtiera en un adolescente rebelde que no paraba en casa sino con una pandilla de delincuentes juveniles del barrio de Almudena.

Luego de acercarse el administrador del establecimiento con la cuenta en mano y decirnos que pronto cerraría las puertas de la pizzería por lo avanzado de la noche, continué con la historia.

―Se estarán preguntando cuándo este won contará sobre la expulsión del Cachaquito de nuestro colegio. Pues lo contaré, y no porque estuve ese momento sino porque él mismo me lo contó, años después. Fue una noche a inicios de los ochenta y en plena democracia. Los militares habían vuelto a sus cuarteles después de estar doce años en el poder. Caminaba por el Portal de Panes de la Plaza de Armas cuando me lo encontré; estaba cambiado, no era el mismo Cachaquito que yo conocía; había engordado y vestía impecable: una casaca de cuero y botas tejanas de taco alto, una cadena gruesa de oro le colgaba del cuello. Me invitó a tomar unas cervezas en un bar de la calle Plateros. Allí me confesó lo que pasó esa mañana de setiembre del ’76, cuando lo expulsaron. Al final del recreo había ingresado al baño del colegio para fumarse un troncho de marihuana y así estar en onda para la clase de Historia Universal. En eso también ingresa al baño el profesor Yáñez, que era un individuo rechoncho y blanquiñoso, y encuentra infraganti al Cachaquito terminando el troncho. Al instante hace llamar a la policía y se lo llevan a la comisaría de Saphy. Allí todo se complica porque hallan entre sus pertenencias cocaína, LSD, marihuana y hachís, mejor dicho, caca de conejo. A Minaya no lo podían enviar a una cárcel por ser menor de edad, y fue recluido en el Reformatorio de Menores de Marcavalle. Allí estuvo dos años hasta cumplir la mayoría de edad, en esa época veintiún años cumplidos. Ahora bien, el Cachaquito me informó que en Marcavalle la pasó de putamadre porque le abastecía gratis “hachís” al director de dicho reformatorio, indicándole que la droga venía directamente de las montañas de Cachemira, en el lejano Pakistán. Bueno, esa noche entre otras cosas me contó que se iba en unos días para Colombia, porque tenía unos asuntillos que resolver en Medellín. Fue la última vez que lo vi caminando por la Ciudad Imperial. Pasaron muchos años de ese encuentro, hasta que una mañana de fines de los noventa me anoticiaron del fallecimiento de Minaya. Y esa información venía desde México, de la mismísima ciudad Juárez, donde el Cártel del Golfo había asesinado a integrantes del Cártel de Sinaloa. Dicen que entre los muertos se encontraba nuestro querido amigo. La verdad, jamás he creído esa noticia porque parecía sacada de una película barata. Lo único que sé es que el Cachaquito, con lo jodido y desconfiado que era, con seguridad está pintando canas y con arrugas como nosotros, pero veraneando en las playas del caribe colombiano bien acompañado por una escultural morena barranquillera.

Y ustedes, promoción, ¿qué piensan?

 

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