Un encuentro con la palabra primordial

Por: César Félix Sánchez Martínez

Pocas veces se repara –o por lo menos, no tantas como se debiera– en el sentido filosófico de las famosas palabras de Martin Heidegger: «en el tiempo de la noche del mundo, el poeta canta lo sagrado».  La noche del mundo es la secularización absoluta, la pérdida del sentido de lo sagrado, consecuencia inevitable, según el filósofo alemán, del olvido del ser por obra de la filosofía occidental.

Si bien la metafísica sigue bien viva –aunque no goce del aplauso de las “masas envilecidas”– la desacralización es un hecho, todavía no general ni absoluto en nuestra Roma del Perú, pero aun así bastante perceptible. Ante la oscuridad que impide reconocer al Ser, el poeta, según Heidegger, es el que trae de nuevo luz al tesoro de lo Real, a través del lenguaje “violentado”, sea en su plano fonético o semántico, labor más que urgente en estos días, donde el riesgo de perder el asombro, de automatizarnos ante el Misterio, está cada vez más presente.

Es en ese sentido, una agradable sorpresa constatar que todavía las voces que iluminan las apariencias y nos remiten a la palabra primordial siguen presentes en la poesía local en “Naturaleza muerta con langosta” (Ediciones del Drago, Madrid, 2018) de Carlos Llaza, poeta arequipeño que reside actualmente en el Reino Unido. Desde los cisnes del Caystro arequipense antologados por Ventura Travada en su extravagante y maravilloso “Suelo de Arequipa convertido en Cielo” (1750) hasta “Estudio sobre la acción y la pasión” de Oswaldo Chanove, pasando por César Atahualpa Rodríguez y José Ruiz Rosas, nuestra poesía ha mostrado una veta metafísica bastante rica en comparación a otras tradiciones regionales. No nos referimos a que sea una poesía “explícitamente mística” (en ese sentido, la Lima de Rosa de Lima, del Conde de la Granja, de José Pancorvo o de Enriqueta Beleván sigue marcando el compás), sino a que su tratamiento de la palabra siempre ha insistido en una mirada hacia el arjé, una reducción de lo múltiple a lo uno, un extrañamiento del mundo cotidiano para encontrar su secreta esencia. Esto no es tan fácil de encontrar.

Pero parecía que esta veta estaba secándose, en gran medida por obra de hilvanadores de bon mots con mayor o menor fortuna, pero despojados de cualquier entusiasmo superior o siquiera de un conocimiento ordenado de la tradición poética universal o de la lengua castellana. Aunque disfrazados de cultura pop o urbana, anglicismos o «coloquialidad», el plumero de la inautenticidad y de la falta tragicómica de talento se notaba –y se nota – a leguas.

Felizmente, la poesía de Carlos Llaza –así como la de otro coetáneo suyo, César Belan, aunque de raigambre más barroca y producción menos frecuente– es un recordatorio de que todavía esta tierra produce poetas que reflejan la riqueza del logos y el compromiso serio con la calidad literaria. Como muestra de esto, nos permitimos citar un poema que refleja la idea del reditus plotiniano, del camino desde las criaturas y lo cotidiano hacia el Numen, leitmotiv absoluto de “Naturaleza muerta con langosta”. Se titula “La poesía”: es solo parte de la casa; / luz que apuñala una silueta /contra un pasillo, una tostada. /¿O tal vez solo una osamenta / en un baúl desvencijado, / claro de luna sobre piedra?  / ¿Agua que brota del costado / de un huesero, agua con sal?, / ¿la noche oscura del aedo?/ Ebrio de fama y luna, el sol / quiso obligarla a ser su amante/ y ella depuso al animal./ La tosca niebla iridiscente,/ la peste llega a nuestra mesa./ Tras dar un salto la serpiente— / frío turbante sin cabeza— / desaparece entre las sombras / como acostumbra la sonrisa.

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