De la Historia como historia

Presentación de “El carnaval de los espíritus”, por Willard Díaz

Se ha dicho a menudo que si Kafka escribiera en Perú sería un escritor costumbrista. Pienso que el Perú serviría mejor para un escritor de novelas policiales, como las del brasileño Rubén Fonseca, por ejemplo. El manifiesto estado actual de corrupción de las empresas, la sociedad y sobre todo de la política peruana proporcionaría materiales de sobra para novelas negras de la más alta intensidad, en lugar de las escandalosas páginas periodísticas y los noticieros mediocres que las cubren hoy en día.

No es que en Perú no se cultive el género policial; al parecer, por los estudios últimamente publicados, ya se puede hablar de una Historia de la novela policial peruana. Ahí están los trabajos de Güich Rodríguez, Ricardo Sumalavia, Luis Fernando Cueto, Jesús Delgado del Águila entre otros, y la recién editada obra conjunta “Caso abierto. La novela policial peruana entre los siglos XX y XXI”, de Güich y Susti.

Una tradición, una identidad, un canon existen cuando se empieza a hablar y escribir sobre ellos; antes son un conjunto incoherente y desordenado, menor y marginal al que la Historia ordenará y dará legitimidad, dará consistencia y existencia al fin. La novela policial peruana, según ve por los estudios recientes, tiene ya cerca de medio siglo de existencia, y aunque ha sido menor que la de otros países latinoamericanos, y mucho menor que la de Estados Unidos o Europa, no ha dejado de cultivarse de vez en cuando en nuestra literatura. Se citan las novelas de Bedoya y las series de televisión “Gamboa” y “Barragán” como predecesoras, y la novela de Mario Vargas Llosa “¿Quién mató a Palomino Molero” como fundacional. Pero es partir de “Pólvora para gallinazos”, de Mirko Lauer, de 1985, que empezó el trabajo más sistemático en este género. Un artículo de Jesús Miguel Delgado Del Águila publicado en 2020 registra cerca de cuarenta novelas policiales en el período entre 1990-2013, pero otros investigadores añaden a estas unas veinte más. Luis Fernando Cueto, no obstante, piensa que “Hasta ahora, las novelas policiales peruanas han pecado de superficiales, de inacabadas e ingenuas”. Cree que estamos todavía a la espera de una novela policial auténticamente peruana: “Las historias que vamos a encontrar, y las que vemos a diario, son más sórdidas, más lacerantes, pero, a la vez, más intensas y convincentes que las que nos cuentan nuestros vecinos; hay que recrearlas y llevarlas a los libros. Después de más de cien años de mirar a los costados, es hora de hacer novelas policiales a la peruana”, escribe.

La novela que esta noche me honro en presentar pienso que está en esa vía, creo que pretende separarse de la tradición importada, por más magistral que esta sea, e incluso de la incipiente tradición comercial nacional, para tentar un estilo propio y creativo.

Como se sabe, hay varios tipos de novela policial: novela de enigma, novela problema, novela negra, novela policiaca histórica, novela policiaca psicológica, etc.

La que nos ofrece Mario Suarez Simich es una novela policial histórica, que toma mejor que muchas otras escritas en Perú, datos de nuestra historia nacional y pasajes que se prestan para introducir en ellos una hipótesis ficticia y crear así otras posibilidades de significación. Eso es lo que hace nuestro autor: tomar de los acontecimientos peruanos del año 1939, acontecimientos políticos, sociales, culturales, económicos, datos que son parte de los archivos históricos, y encajarlos en una lógica novelesca, unas soluciones y explicaciones nuevas, unos participantes que si no son referenciales parecen serlo y explicar mejor los hechos. Si el lector revisa sus libros de Historia del Perú y del mundo, va a encontrar referidos tal cual los nombres y muchos de los acontecimientos de esta novela. El arte de Suárez Simich consiste en tornarlos una entretenida novela policial con rostro propio, que al mismo tiempo proyecta sobre los lectores y sobre la vida una metáfora de la alta descomposición actual de la sociedad peruana.

No puedo hablar aquí de la intriga misma contada en “El carnaval de los espíritus”, sería privar a los lectores del placer del suspenso. Solo puedo decir algo que se sabe con solo darle un vistazo al índice: que el año y el mes en que se ubican las acciones corresponde al décimo quinto Campeonato sudamericano de fútbol, nuestra actual “Copa América”, que se jugó ese año en Lima, y en el cual triunfó por primera vez Perú. El mes: febrero, mes de carnavales. Eso representa la carátula, una máscara y una foto de uno de los jugadores. Hay un muñeco ahorcado y un sello del Banco Italiano además, pero porqué, tendrán que descubrirlo ustedes.

Varios otros datos de la novela son históricos, por ejemplo el nombre de uno de los personajes motivadores de la intriga, un jugador de la selección de fútbol que anotó un gol importante en esos partidos, Bielich, es histórico. El clima político de esos años lo mismo, la inminencia de los carnavales limeños, la referencia a escritores de la época, etc., le dan un marco bastante realista a la novela. Pero sobre todo, el inmenso parecido entre lo que pasaba esos años en Perú y lo que está sucediendo ahora hacen de “El carnaval de los espíritus” un símbolo potente de la vida nacional de este siglo. Voy a citar la última línea de la novela, sin temor de infidencia, la reflexión final del narrador personaje: Total, qué es la historia política del Perú sino una larga y sangrienta crónica policial.

“El carnaval de los espíritus” es pues una novela policial histórica. Encontramos en ella un crimen y la pesquisa que le corresponde, unos motivos, varias pistas falsas y un detective de la Policía de Investigaciones del Perú haciendo su trabajo.

Pero además del marco histórico hay al parecer un marco autobiográfico. El detective apellida Kisich, muy parecido a Simich, y ambos son, por supuesto, descendientes de inmigrantes croatas. La novela rinde homenaje expreso a la desaparecida Policía de Investigaciones del Perú en la cual el padre de Mario Suárez Simich trabajó durante 36 años; y está dedicada a la madre del autor “lectora voraz del género policial”.

Entre las virtudes formales de la novela debo destacar tres. La elección y caracterización del personaje narrador, el detective Alberto Kisich es perfecta, deja ver su gran capacidad de observación matizada por una inteligencia mediana y un arrojo de oficio. Las descripciones de lo observado por el protagonista son tan fieles que sorprenden al comienzo. Tomemos como ejemplo la presentación de una de las mujeres del relato en casi dos páginas, desde el punto de vista del policía, que se fija en la vestimenta de esta manera: “Llevaba puesto un vestido camisero de popelina marrón, con diminutos lunares crema, de manga corta, plisado en el pecho y adornado en el medio con una fila de botones color marfil que ceñía su estrecha cintura con una delgada y fina correa de cabritilla a juego con los guantes, ambos del mismo color de los botones. Las solapas caladas, de color beis, estaban rematadas por un delgado encaje”. Un delgado encaje. Pero esta capacidad de observación está justificada por el carácter de Alberto Kisich, tal como se verá en las páginas siguientes de la novela.

La prosa de “El carnaval de los espíritus”, en general, es ligera, volátil, como corresponde a lo mejor del género. Se lee de un tirón y sin problemas. Los comentarios son justos y pertinentes. “No hay nada más típico en este país que un peruano orinando al pie de un árbol”, “Raquel era de las mujeres a las que preocupa más el escándalo que el pecado. Algo muy limeño por cierto”. “El Perú se jodió cuando Pizarro trasladó la capital a Lima, pero hay que ser jaujino para entenderlo”. Y además de este disparo a Varguitas hay también guiños para los lectores más curiosos. Pasa por ejemplo el nombre de Mandrake, personaje de Rubén Fonseca, pasa nuestro Carlos Alberto Seguín, pasan los Romero empresarios, etc.

Se trata, en suma, de una novela de fácil y grata lectura, amena y a la vez sugerente, que combina la historia sabida con la historia imaginada a fin de permitirnos vislumbrar el estado de nuestra realidad y el de una realidad mejor que esta, en la que la Historia del Perú no sea más “una larga y sangrienta crónica policial”.

 

 

 

 

 

 

 

 

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