Esplendor de agosto en Arequipa

Por: Miguel Ángel Rodríguez Sosa

Arequipa tiene poco menos de un millón y medio de habitantes en un área que se extiende entre las faldas de sus tres volcanes y el cerrerío que marca el inicio de las pampas que rodean su campiña. Se mira bien desde la ventana del avión que se dispone a aterrizar muy temprano en la mañana y el sol ya relumbra apareciendo detrás del Misti entre celajes dorados. Me viene a la mente “El regreso”, ese vals de Mario Cavagnaro dedicado a mi ciudad: “Hoy que regreso peregrino fatigado / con el corazón cansado / de buscar felicidad; / Arequipa, soy feliz en tu regazo / con el beso y el abrazo que me otorga tu bondad”.

Es mucho más pequeña que Lima, aunque ha crecido y se ha extendido bastante con los años, las nuevas urbanizaciones, algunas suntuosas, y las migraciones internas. El concurrido tráfico de vehículos entre el aeropuerto y el hotel, y las gentes arracimadas esperando buses en paraderos así lo confirman. Esa Arequipa mestiza y pujante, también repleta de extranjeros paseantes, se anima temprano.

A la media mañana tomo asiento ante una mesa que da a la plaza de armas en la terraza de la planta alta de La Bóveda, ese recinto señero y hospitalario que propicia el encuentro de almas bajo la advocación de café-bar-restaurante en el portal de San Agustín, al que regreso como haciendo un ritual, una vez al año y mientras me asista el resuello. Detrás de la catedral la cima del Misti y la luz solar marca con crudeza los contrastes de luz y sombra en el contorno de las torres y proyecta las alargadas sombras del Tuturutu y de los árboles sobre la plaza, que ya bulle de gentes, vecinos y muchos turistas.

Sabido es que, cuando llego, se me puede encontrar en ese lugar y a esa hora, bebiendo pausado y contemplativo una cerveza. Cada mañana de mi estadía en Arequipa, llenando mis ojos y mi espíritu con el pulso de la ciudad. Llegan los amigos y nuevos conocidos, y se animan conversaciones hasta pasado el medio día, momento de dirigirse a una picantería para el festín degustativo de rigor.

Es la noche del viernes 19 de agosto en Arequipa. Mi hijo Álvaro y yo salimos de La Bóveda, luego de brindar copas de buen pisco arequipeño con los amigos Misael, Juan y Romel. Tras la presentación de mi libro “El país que no fue” en la sala Atenas del Centro Cultural de la Universidad de San Agustín.

La plaza de armas sigue bullendo de gentes que pasean o la cruzan simplemente, charlan sentados en las bancas o sobre el pretil de la pileta central, bajo la luz amarilla y amable de las farolas ornamentales, que forma halos pequeños bajo el manto negro y estrellado del cielo nocturno.

Frente al portal de la municipalidad admiramos ese espacio monumental vivo, festivo, y es entonces que nos llega desde uno de sus extremos y bajo un arco la música dulcísima de un violín interpretando con maestría una romanza itálica sentimental y popular, cuyo nombre he olvidado. Cruzamos. Es un muchacho con jean y camisa de cuadros el que toca y junto a él sobre el pavimento, el estuche del instrumento en el que los transeúntes, por minutos extasiados con la música, echan monedas y algunos billetes. El muchacho agradece con un gesto liviano de la cabeza mientras sostiene el instrumento bajo la barbilla y mueve armoniosamente el arco frotando las cuerdas. Su interpretación es conmovedora pero más me conmueve el respeto y la emoción de quienes escuchan al artista, suspendiendo por minutos su trajín y a despecho de los ruidos vehiculares sobre los adoquines de piedra de la calzada.

Emocionados recorremos el portal hacia la otra esquina para ubicar el trayecto a la calle Palacio Viejo donde se ubica el Centro de Las Artes de la Universidad San Pablo. Ahí se presenta una magnífica exhibición de grabados, dibujos y algunas pinturas de Pablo Picasso. A esa hora ya está cerrado, pero espero visitarlo al día siguiente.

Caminamos esta noche a la sombra de los arcos del portal y de alguna parte de la sede municipal emerge el sonido apagado de un coro seguramente ensayando su repertorio: escucho una pampeña. Más música bella. Mas al llegar casi a la esquina oímos con nitidez vibrante una voz singular de tenor de alta gama, que viene de un muchacho flaco, desaliñado y de cabellos largos, que casi recostado a la pared canta un tema de Agustín Lara auxiliado con el sonido y la pantalla de su teléfono celular. Nuestra sorpresa es todavía mayor cuando parados frente a él, extasiados como otros viandantes, entendemos que canta en un español puramente eufónico, en un idioma que no conoce, como se explica con señas entre dos tonadas mientras recibe agradecido y sonriente las monedas que caen en un bolso abierto a sus pies. Es un mochilero japonés. Su voz hermosa congrega un corrillo de oyentes que se detienen por minutos para disfrutarla en la penumbra.

El ambiente nocturno se nos presenta lleno de arte callejero y lo más sorprendente es que sus cultores son jóvenes ignotos que engalanan ese centro neurálgico de mi ciudad. Nuestro deleite aumenta. Cruzamos la plaza y en una de sus amplias aceras una chiquilla delgada que luce en el extremo de sus largas trenzas pompones enormes de papel metálico reluciente baila una tonada de saya con la música de un pequeño parlante adosado a una banca. Viste unos pantalones ceñidos de color blanco que enfundan sus piernas ágiles, brincando y girando con gracia sublime al compás, y sus manitas evolucionando a la altura de las caderas. Turistas la graban con sus celulares.

Avanzamos y a la vera de la pontezuela escuchamos de entre un grupo la animada disertación de un hombre que se dirige a sus oyentes con el comentario pastoril de una parábola del Evangelio: la del hijo pródigo. Entona sus palabras con convicción, escuchado con curiosidad y respeto por locales y por turistas sentados en las gradas del atrio de la catedral. La escena es enmarcada por la iluminación ornamental del templo y esa voz parece resonar en el arco enorme de macizas columnas románicas de ese rincón tradicional.

Caminamos por la calle de San Francisco repleta de jóvenes con todas las apariencias posibles del ambiente cosmopolita de la ciudad, cruzando la zona de “la movida” arequipeña con sus bares y mesas repletas bajo sombrillas donde se lucen muchachas espléndidas muy animadas con la obvia expectativa de una prolongada noche de diversión bajo los regueros de luces en los locales cerca de la nobiliaria fachada de la casona del que fuera último virrey del Perú, Pío Tristán, ahora sede de un banco. Al otro extremo de la calle luce felizmente apacible la umbrosa plazuela de San Francisco con sus jacarandás de flores lila enmarcados por la severidad del entorno monumental de sillar.

Mientras tomamos la pendiente de la calle Jerusalén adoquinada y ornada de bancas amplias y ficus jóvenes plantados y bien cuidados en las aceras limpias y relucientes, hacia el hotel que nos alberga en San Lázaro, comentamos entre resoplidos por el esfuerzo de caminar, como aprovechar mejor la agenda del día siguiente. No alcanza el tiempo: hay lugares que visitar, participaré en una lectura de poesía y narrativa, quiero asistir a la presentación de un libro sobre música regional y me preocupo por los detalles de la participación virtual en una feria de libro de México.

Desde luego, visitar entonces con reverencia y renovado asombro los claustros anejos a la iglesia de La Compañía de Jesús, para deleitarnos bajo la luz cruda de la mañana con los contrastes en las figuras de sillar labrado de las arquerías y tomar un café en una mesilla bajo parasol en el patio de ese recinto que invita a hablar en baja voz ante la magnificencia de su arquitectura. Esa mañana nos espera, en contraste, un desfile de medio centenar de jinetes de Harley Davidson venidos de países distintos y de Lima también, que forman ante el portal de San Agustín para lucir sus máquinas vistosas de roncar asincrónico. Otra muestra del cosmopolitismo que convoca Arequipa.

No he conseguido satisfacer todas mis expectativas, visitas y actividades. Es difícil por la profusa y floreciente diversidad de manifestaciones del esplendor cultural de mi Arequipa natal en el mes jubilar de su fundación española hace 482 años. Tierra bendita. “Cuando yo muera que me entierren en tu suelo / Y algún día, bajo el cielo, unas flores crecerán / Será mi alma asomándose a la vida / Desde mi tierra querida / Para ver a mi volcán.”

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