El rescate de Raúl Figueroa

Todo empezó con el tomo diez de la colección de la Biblioteca Juvenil Arequipa. Por segunda vez el nombre de Raúl Figueroa apareció en una antología de cuentos arequipeños, y con todo derecho. “La pensión escolar” y “Los chacales” están entre lo mejor que han escrito los narradores de estas tierras durante el siglo XX; y sin embargo su autor era inhallable en el pequeño mundo literario arequipeño. Ni los editores de la antología ni los mejor enterados pudieron darme señas de él.

Yo lo conocí hace muchos años. Su nombre me recordaba ciertas lides de izquierda universitaria. Poco a poco a lo largo de varios meses fui rescatando de los fondos de mi gastada memoria ecos de su voz rotunda de fumador. Su figura pequeña e inquieta y su mirada franca se fueron regenerando en mí, y me propuse encontrarlo.
Pero no había dónde. No figura en la guía telefónica y en el google apenas hay un par de datos imprecisos.
Hasta que por fin alguien me dio un nombre, ubiqué a su hermana, quien me dio otro dato; y fui de teléfono en teléfono hasta que una mañana me respondió Raúl Figueroa Mujica. De pronto no supe qué preguntarle, repetí incrédulo “¿Eres Raúl Figueroa?” “Sí”, respondió. “Te habla Willard Díaz”. “Hola Willard” me dijo como si nos hubiéramos visto la semana pasada. Nos citamos en un café de las Galerías Gamesa.
Una semana más tarde conversamos de nuevo después de treinta años. Él me oyó callado contarle mi pesquisa, hablar de sus cuentos, del libro que quiero publicar con la historia del cuento arequipeño. Y cuando se me acabó el aliento, su voz de tonos bajos habló. Y durante una hora rescató para mí una vida de estudios en Lima, de familia, esposa e hijos, de lecturas del boom, de sus placenteros días de profesor de matemáticas, de trabajos de arquitecto y consultor; y de jubilación: “Ahora tengo otra vez tiempo para leer y para escribir”, me dijo.
Quise saber de su obra, aquellos cuentos que ganaron los Juegos Florales de la UNSA cuatro veces seguidas a finales de los años 60. No los tiene, los ha perdido en los muchos cambios de casa, en ese “andar de gitano” del que me habla. No importa, le digo; voy a buscarlos, deben estar en las revistas universitarias.
Pero tiene una novela en progreso, me cuenta entusiamado. Es la historia de una vieja familia arequipeña, de Polobaya. La historia de un agricultor cuya capacidad de trabajo sin desmayo lo sacó de ese pueblo y lo llevó a otro, a La Joya, donde ahora es un gran propietario. “La gente dice que su fortuna se la halló en un tapado, pero no sabe que el tapado es su mujer: una matriarca poderosa que lo siguió, lo empujó y le hizo la vida feliz”. Raúl habla como escritor, me alegra oírlo. Generalmente nos ponemos patéticos con los años, discurseros, chochos, anacrónicos.
Raúl pide disculpas, no quiere fama, no quiere porque nunca ha querido círculo, amigos literarios ni cómplices de juerga. Me explica porqué desapareció: cree que fue infiel a la literatura.
“No creo que esos cuentos valgan la pena”, me dice, “son cosas de juventud”. Replico que esos cuentos que no valen la pena están ahora en dieciocho mil bibliotecas de la región, le aseguro que son de los mejores, que cambiaron el rumbo de la prosa en Arequipa: “Hasta los sesenta éramos coloristas, lonccos, izquierdistas en el mejor de los casos; y apareces tú contando con el mayor realismo, con una técnica moderna, por fin, notables historias de adolescentes. Inauguraste nuestra narrativa urbana clasemediera contemporánea, ¿qué tal?”, le digo.
Duda. Su duda parece sincera. “La verdad, Willard, yo no quería verte. Y sí quería, quise ir a verte el día que presentaste el libro de Barnechea pero no pude. Por eso cuando me llamaste acepté esta conversación. Ahora me siento entusiasmado, tengo ganas de volver a escribir y acabar esa novela. Eso es bueno o es malo. No sé”, dijo.
Suena el teléfono, me necesitan en el trabajo. “Encontrémonos la semana próxima” le pido. Dice que sí. Y sin embargo, mientras me alejo de aquel café voy pensando si Raúl Figueroa volverá. Si acaso existe.

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