A contraluz

Un hombre invisible

Ralph Waldo Ellison nació en Oklahoma en 1915. De origen humilde -descendiente de un esclavo- estudió música en Alabama y formó parte de la marina durante la II Guerra Mundial. En 1937 conoció a Richard Wright, también afroamericano, quien resultó ser una influencia decisiva al animarle -y convencerle- a escribir sobre la discriminación racial. Ellison tuvo una buena acogida en su debut literario con la novela “Un hombre invisible”, dedicada a Ida, publicada en 1952. Se convirtió así, para su absoluta sorpresa y desconcierto, en uno de los escritores norteamericanos más importantes de la postguerra, al ser galardonado con el Premio Nacional de Literatura de Ficción.
“Un hombre invisible” es una extensa y prolija obra sobre un joven afroamericano, en la primera mitad del siglo pasado, que trata de hallar su identidad en una sociedad aliena, formada, claro está ,básicamente por blancos.
El protagonista es un muchacho anónimo, del sur de Estados Unidos, un aplicado estudiante de buenos sentimientos e inocente –cualidad esta que le perjudicará seriamente a lo largo de todo su periplo vital-. Es expulsado de la universidad para negros en la que estudia por un congénere que ejerce deliberadamente contra de él una manifiesta crueldad mental disfrazada de corrección y afán moralizador. El joven invisible se ve obligado, casi en el sentido estricto del término, a migrar al norte en busca de un porvenir o su más perentoria materialización: un trabajo. Tampoco le irán mucho mejor las cosas en la gran ciudad, a excepción de su encuentro con  la digna y generosa Mary, un personaje inolvidable que ejercerá sobre el joven una benéfica influencia.
Tras presenciar un suceso injusto, mientras come camotes calientes en la calle, el joven invisible deviene en héroe de forma inesperada, aunque en realidad, su proceder sea la consecuencia natural de su buena fe. De ésa forma inicia su trayectoria en defensa de los derechos de su comunidad, convertido en portavoz de ésta.
 Pero encauzar su existencia a tan elevados fines, de forma por completo desinteresada le traerá problemas y no de sus adversarios naturales, precisamente. Sus propios compañeros mostrarán el lado más prosaico y estrecho del género antropoide mostrándose hostiles hacia su flamante adalid. Ralph Waldo, oh sorpresa, parece decirnos, a través de centenares de páginas, que las personas no suelen estar a la altura de sus ideales, por si no nos habíamos dado cuenta, a éstas alturas del partido.
La Hermandad, que al principio le pregunta al juvenil líder en ciernes si le gustaría ser el nuevo Booker T. Washington, tras convertirlo en popular y ubicuo portavoz, prolífico autor de discursos, artículos, delegado omnipresente en manifestaciones, asambleas, etc., le acusa de individualismo y afán de protagonismo, además de dejar a la Hermandad en ridículo (!?).
Una versión actualizada de la vieja historia del colectivo antropoide que busca primero a un mesías a quien seguir, para luego convertirlo en un cristo a quien crucificar.
Nunca he sido tan odiado como cuando he querido ser sincero, reflexiona nuestro invisible y atribulado antihéroe, quien desgrana otras grandes perlas de sabiduría-grandes verdades de la vida -como: “Están muertos porque son incapaces de adaptarse a las necesidades de la situación histórica”.
 
Personajes como el hermano Tarp o Clifton ofrecen un contrapunto en medio de la estolidez colectiva, impotentes, como el atribulado protagonista: “Cuando uno es invisible se da cuenta que conceptos como el bien y el mal, la sinceridad y la hipocresía, se presentan en formas tan variables, que según quien las contemple a cada momento, se confunden unas con otras”.
 Ellison fue no exactamente invisible como su personaje literario, aunque sí discreto. Ejerció la docencia en su país y en Europa, enseñando literatura y cultura afroamericana. Publicó, además de su única novela, un par de ensayos: “Sombra y acto”, en 1964 y “De camino al territorio”, veintidós años después. Pese a los escasos títulos publicados, puede decirse que fue un autor prolífico, que nunca dejó de escribir: su segunda novela, “Juneteenth”, no era precisamente breve: 2000 páginas. En el incendio de su vivienda, el manuscrito se quemó. El ya anciano y enfermo Ralph Waldo logró rescribir apenas unas 400 páginas antes de fallecer, en 1994,en Nueva York. Fue editada de forma póstuma -e inconclusa- en 1999.Otro libro, “Flying Home and Other Stories” fue publicado doce años después de su muerte.

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