Leer a Garcilaso

Sorprendentes fragmentos de una obra fundamental para los peruanos

Garcilaso de la Vega nació un 12 de abril. Autor del libro que representa la partida de nacimiento de nuestra cultura mestiza peruana, “Los Comentarios Reales”, es sin embargo uno de los menos leídos. Casi todas las Bibliotecas Escolares de Arequipa poseen ejemplares de ese libro en una edición del Gobierno Regional; suponemos que este mes ha sido de lectura y comentario obligado. Aquí publicamos una selección mínima y muy atractiva de lo que se puede disfrutar en el libro original.

 

El virrey en su petaca

El virrey don Francisco de Toledo, gobernando aquellos reinos del año 1572, quiso hacer la conquista de los Chirihuanas (como lo toca muy de paseo el padre maestro Acosta, libro VII, capítulo 28), para lo cual apercibió muchos españoles y todo lo demás necesario para la jornada. Llevó muchos caballos, yeguas y vacas para criar. Y entró en la provincia y a pocas jornadas vio por experiencia las dificultades de ella, las cuales no había querido creer a los que se las habían propuesto aconsejándole no intentase lo que los Incas, por no haber podido salir con la empresa, habían desamparado.

Salió el virrey huyendo y desamparó todo lo que llevaba, para que los indios se contentasen con presa que les dejaba y lo dejasen a él. Salió por tan malos caminos que, por no poder llevar las acémilas una literilla en que caminaba, le sacaron en hombro indios y españoles. Y los Chirihuanas, que les seguían dándoles grita, entre otros vituperios les decían: “¡Soltad esa vieja que lleváis en esa petaca”, (que es canasta cerrada) “que aquí nos las comemos viva!”

(“Comentarios reales”, libro séptimo, capítulo  XVII: La nación Chirihuana y su vida y costumbres)

 

Mama Quilla

Al eclipse de la luna, viéndola ir ennegreciendo decían que enfermaba la luna y que si acababa de oscurecerse había de morir y caerse del cielo y cogerlos a todos debajo y matarlos que se había de acabar. Por este miedo, en empezando a eclipsarse la luna tocaban trompetas, cornetas, caracoles, atabales y tambores y cuantos instrumentos podían haber que hiciesen ruido.

Ataban los perros, grandes y chicos. Dábanles muchos palos para que aullasen y llamasen a la luna. Que, por cierta fábula que ellos contaban, decían que la luna era aficionada a los perros por cierto servicio que le habían hecho y que oyéndolos llorar  tendría lástima de ellos y recordaría del sueño que la enfermedad le causaba.

(Para las manchas de la Luna decían otra fábula, más simple que la de los perros. Que aun aquella se podía añadir a las que la gentilidad antigua invento y compuso a su Diana haciéndola cazadora, mas la que se sigue es bestialísima. Dicen que una zorra se enamoró de la Luna viéndola tan hermosa. Y que, por hurtarla, subió al cielo y cuando quiso echar mano de ella la luna se abrazo con la zorra y la pego a sí. Y que de esto se le hicieron las manchas. Por esta fábula tan simple y tan desordenada se podrá ver la simplicidad de aquella gente.

Mandaban a los muchachos y niños que llorasen y diesen grandes voces y gritos, llamándola mama quilla (que es “madre luna”), rogándole que no se muriese, para que no pereciesen todos. Los hombres y las mujeres hacían lo mismo. Había un ruido y una confusión tan grande que no se puede encarecer.

(“Comentarios reales”, libro segundo, capítulo XXIII: Tuvieron cuenta con los eclipses del sol. Y lo que hacían con los de la luna).

 

La resurrección

Creyeron asimismo los Incas la resurrección universal. No para gloria ni pena sino para la misma vida temporal –que no levantaron el entendimiento a más que esta vida presente.

Tenían grandísimo cuidado de poner en cobro los cabellos y uñas que se cortaban y trasquilaban y arrancaban con el peine. Poníanlos en los agujeros o resquicios de las paredes y, si por tiempo se caían, cualquier otro indio que los veía los alzaba y ponía a recaudo.

Muchas veces, por ver los que decían, pregunté a diversos indios y en diversos tiempos por qué hacían aquello. Y todos me respondían unas mismas palabras diciendo: “Sábete que todos los que hemos nacido hemos de volver a vivir en el mundo” (no tuvieron verbo para decir “resucitar”) “y las ánimas se han de levantar de las sepulturas con todo lo que fue de sus cuerpos. Y para que las nuestras no se detengan buscando sus cabellos y uñas –que ha de haber aquel día gran bullicio y mucha prisa– se las ponemos aquí juntas para que se levanten más aína. Y aun, si fuera posible, debíamos escupir siempre en un lugar”.

(“Comentarios reales”, libro segundo, capítulo VII: Alcanzaron la inmortalidad del ánima y resurrección universal).

 

Cabelleras

Las indias del Perú todas traen el cabello largo y suelto sin tocado alguno. Cuando mucho traen una cinta ancha como el dedo pulgar, con que ciñen la cabeza, si no son las Collas, que por el mucho frio que en la tierra de ellas hace la traen cubierta. Son las indias naturalmente amicísimas del cabello muy negro y muy largo, porque lo traen al descubierto. Cuando se les pone de color castaño o se les horquilla o se les cae al peinar los cuecen al fuego en una caldera de agua con hierbas dentro.

(Una de las hierbas debía de ser la raíz del chuchau que el padre Valera dice. Que según yo lo vi hacer algunas veces, más de una echaban. Empero, como muchacho y niño, ni pedía cuenta de cuantas eran las hierbas ni cuáles eran.)

Para mantener los cabellos dentro de la caldera que con los menjurjes hervía al fuego se echaba la india de espaldas. Al pescuezo le ponía algún reparo para que el fuego no le ofendiese. Tenían cuenta con que el agua que hervía no llegase a la cabeza para que no cociese las carnes. Para los cabellos que quedaban fuera del agua también los mojaban con ella para que gozasen de la virtud de las hierbas del cocimiento.

De esta manera estaban en aquel tormento voluntario, estoy por decir casi dos horas. Aunque como muchacho no lo noté entonces con cuidado para poderlo decir ahora ajustadamente, más no dejé de admirarme del hecho por parecerme riguroso contra las mismas que lo hacían. Pero en España he perdido la admiración, viendo lo que muchas damas hacen para enrubiar sus cabellos: que los perfuman con azufre y los mojan con agua fuerte de dorar y los ponen al sol en medio del día –por los caniculares– y hacen otros condumios que ellas se saben. Que no se sabe cuál es peor y más dañosos para la salud, si esto o aquello.

Las indias, habiendo hecho otros lavatorios para quitar las horruras del cocimiento, sacaban sus cabellos más negros y lustrosos que las plumas  del cuervo recién mudado.

¡Tánto como esto –y mucho más–puede el deseo de la hermosura!

 

El loro

En Potosí, por los años 1554 y 55, hubo un papagayo de los que llaman loro tan hablador que a los indios e indias que pasaban por la calle les llamaba por sus provincias, a cada uno de la nación que era sin errar alguna, diciendo: Colla, Yunca, Huairu, Quechua, etc., como que tuviera noticia de las diferencias de tocados que los indios en tiempo de los Incas traían en la cabeza para ser conocidos.

Un día de aquellos pasó una india hermosa por la calle donde el papagayo estaba. Iba con tres o cuatro criadas, haciendo mucho de la señora Palla (que son las de la sangre real). En viéndola, el papagayo dio grandes gritos de risa diciendo: “¡Huairu, Huairu, Huairu!” (que es una nación de gente más vil y tenida en menos que otras). La india pasó avergonzada por los que estaban delante –que siempre había una gran cuadrilla de indios escuchando el pájaro– y cuando llegó cerca escupió hacia el papagayo y le llamó zúpay, que es diablo. Los indios dijeron lo mismo porque conoció la india, con ir disfrazada en hábito de Palla.

 

 

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