500 años de “El príncipe”

“Para cuidarse del peligro de la adulación hay que hacer comprender a los que te rodean que no te ofenden cuando te dicen la verdad”

El pasado martes 19 de febrero un heraldo a caballo proclamó el bando de captura contra Niccolo Machivelli, en Firenze, Italia. El bando lo descubrió hace poco un historiador de Harvard, Stephen Milner; fue leído originalmente en 1513 y acusaba a Maquiavelo de conspirar contra Giovanni di Medici, quien ese mismo año sería el Papa León X. Capturado, Maquivelo entró en prisión hasta que el mismo cardenal decretó una amnistía general al ocupar el papado. Fue entonces que Maquievelo se retiró a su finca en Percussina, Florentina, donde en 1513 terminó la escritura de su famoso libro.

De esa manera se iniciaron los actos conmemorativos por los 500 años desde la aparición de “El príncipe”, el libro que según muchos historiadores funda la ciencia política moderna y es parte esencial de la instauración del Renacimiento en Europa.

“El príncipe” es uno de los libros más conocidos por su nombre aunque pocos lo hayan leído. Apenas se repiten una que otra frase suya que, fuera del contexto histórico y social, nos dan la imagen del primer cínico de la edad moderna:

“No hay que atacar al poder si no tienes la seguridad de destruirlo”.

Maquivelo escribió “El príncipe” de un tirón. Caído en desgracia de los Medici, a quienes había servido como diplomático y muñidor durante varios años, utilizó su experiencia de muchos servicios y consejerías para redactar un tratado que ayudase al gobernante a cumplir con su misión. Europa veía separarse lentamente los poderes de las cortes, de la Iglesia y del naciente Estado moderno. Florencia era entonces el lugar privilegiado de esa confrontación, y allí aprendió Maquiavelo su ética del poder.

Para entender “El príncipe” hay que tomar en cuenta la actitud mental de los renacentistas que estaban obligados a usar la razón para desacreditar el dogmatismo religioso que imperaba, y esa razón burguesa requería a su vez librarse del sentimentalismo impreso al gobierno por las cortes a favor del Rey y del “bien”. El estado moderno, el Estado burgués, debía ser ante todo una institución eficiente, sólida e inteligente. En el Capítulo XVIII se puede leer: “El príncipe que quiere conservar el poder debe comprender bien que no le es posible mirar, en todo lo que hace, como virtuosos a los hombres, supuesto que a menudo para conservar el orden de un Estado precisa obrar contra su fe, contra las virtudes de la humanidad y caridad, y aún contra su religión”.

Pero siempre, al menos así lo dice Maquiavelo en algunos pasajes de su libro, el poder del príncipe debe estar al servicio del “bien común” o “res pública”.

 

En celebración del quingentésimo aniversario transcribimos aquí algunas frases representativas de “El príncipe” como una invitación a leer la obra completa.

– Si para conocer la naturaleza de los pueblos es preciso ser príncipe, para conocer la de los principados conviene estar entre en pueblo

– Los hombres que mudan gustosos de señor con la esperanza de mejorar su suerte (en lo que van errados), y que con esta loca esperanza se han armado contra el que los gobernaba, para tomar otro, no tardan en convencerse por la experiencia de que su condición ha empeorado.

– Se tiene por enemigos a todos aquellos a quienes has ofendido al ocupar el principado, y no puedes conservarte por amigos a los que te colocaron en el, a causa de que no te es posible satisfacer su ambición hasta el grado en que ellos se habían lisonjeado; ni hacer uso de medios rigurosos para reprimirlos en atención a las obligaciones que ellos te hicieron contraer con respecto a sí mismos.

– La ofensa que se hace a un hombre debe ser tal que lo inhabilite para hacerte temer de su venganza.

– Cuando las ciudades o provincias están habituadas a vivir bajo la obediencia de un príncipe, como están habituadas por una parte a obedecer y por otra carecen de su antiguo señor, no concuerdan los ciudadanos entre sí para elegir a otro; y no sabiendo vivir libres son más tardos en tomar las armas. Se puede conquistarlos con facilidad y asegurar la posesión suya.

En las repúblicas, por el contrario, hay más valor, una mayor disposición de odio contra el conquistador que allí se hace príncipe.

– El natural de los pueblos es variable. Se podrá hacerles creer fácilmente una cosa; pero habrá dificultad para hacerlo persistir en esta creencia. En consecuencia de lo cual es menester componerse de modo que, cuando hayan cesado de creer, sea posible precisarlos a creer todavía.

– En cualquier ciudad hay dos inclinaciones diversas, una de las cuales proviene de que el pueblo desea no ser dominado ni oprimido por los grandes, y la otra de que los grandes desean dominar y oprimir al pueblo. Del choque de ambas inclinaciones dimana una de estas tres cosas: o el establecimiento del principado, o el de la república, o la licencia y anarquía.

– El que consigue la soberanía con el auxilio de los grandes se mantiene con más dificultad que el que la consigue con el del pueblo.

– Un príncipe que tiene una ciudad fuerte y no se hace aborrecer en ella no puede ser atacado; y si lo fuera se volvería con oprobio el que lo atacara.

– Las armas auxiliares inútiles son las que nos presta otro príncipe. Pueden ser útiles en sí mismas pero son infaustas siempre para el que las llama: si pierdes la batalla quedas derrotado y si la gana quedas deudor suyo de algún modo. Estas armas son más peligrosas que las mercenarias.

– Todo príncipe debe ser temido por clemente y no por cruel, pero no debe hacer mal uso de su clemencia.

Sin embargo el príncipe que se hace temer debe obrar de modo que si no se hace amar al mismo tiempo evite el ser aborrecido.

– Cuando un príncipe ve que sus promesas se convierten en perjuicio suyo y que las circunstancias en que prometió ya no existen no puede ni debe guardarlas y debe encubrir este artificio. El que engaña con arte halla siempre gentes que se dejan engañar.

– Nada gana más admiración que las grandes empresas y las acciones raras y maravillosas.

Debe ser amigo generoso de los talentos y honrar a sus gobernados que sobresalen en cualquier arte.

Además ocupar con fiestas y espectáculos a sus pueblos.

– Un príncipe debe elegir los mejores ministros.

Entre los príncipes como entre cualquier hombre hay tres especies de cerebros: los que imaginan por sí mismos, los que usan lo que imaginan otros y los que no conciben nada por sí mismos ni de otros.

– Para cuidarse del peligro de la adulación hay que hacer comprender a los que te rodean que no te ofenden cuando te dicen la verdad.

Deja un comentario