El siglo de Barthes

Roland Barthes (1915-1980), filósofo homosexual

Su nombre no está entre los autores más citados de la década (Foucault, Bourdieu, Dérrida y otros) pero sus ideas sí en la obra de cada uno de ellos. “Semianarquista”, como lo calificaban, no tuvo corriente, escuela, partido, se movía con gran libertad y rapidez siguiendo solo el cauce de sus ideas. En los años 70 lo estudiamos en la Escuela de Literatura a insistencia de Raúl Bueno y Aníbal Portocarrero.

Roland Barthes nació en Cherburgo, Francia, el once de noviembre de 1915; de modo que este año se cumple el Centenario de su nacimiento.

VIDA Y OBRA

A pesar de que su padre murió en combate cuando tenía dos años, Barthes  recuerda en su autobiografía que su infancia fue feliz, llena de seguridad, como un “sólido inicio”. De niño estudió piano con una de sus tías en casa de sus abuelos, en Bayona, pequeña ciudad próxima a la costa del Atlántico. A los nueve años se instala con su madre en París; mientras ella trabaja como encuadernadora para mantener a la familia, Roland realiza sus estudios hasta recibir en 1934 el bachillerato. En su dura adolescencia contrajo tuberculosis, y su tratamiento lo obligó a sucesivas entradas y salidas de los sanatorios.

A los veinticuatro años Barthes se licenció en literatura francesa, griega y latina, en la Universidad de la Sorbona, y al año siguiente, 1940, exceptuado del servicio militar en plena guerra mundial empieza a trabajar como profesor de tercero y cuarto grado de liceo. Una recaída de tuberculosis lo obligó a dejar el trabajo y tuvo cuatro años en tratamiento intenso, que aprovechó para realizar en privado estudios sobre marxismo y existencialismo. Obligado por la necesidad tuvo que viajar Bucarest entre 1948 y 1949 para ser profesor de francés, luego entre sus 34 y 35 años, fue a Alejandría, Egipto, donde tuvo la feliz ocasión de conocer a A.J. Greimas y gracias a él la lingüística estructural.

Al volver a Francia, en 1952 es nombrado miembro del Centro Nacional de Investigaciones Científicas de París, cargo que detentará hasta 1959. En 1952 obtuvo una beca para investigar la terminología del debate social a comienzos de siglo XIX, pero en lugar de ello se dedicó a sus propias disquisiciones y al año siguiente edita su primer libro, “El grado cero de la literatura”; tenía entonces treinta y ocho años. Un año más tarde publica “Michelet par lui-meme” (1954).

Perdida la beca tiene que dedicarse a trabajar entonces para una editorial francesa y a publicar numerosos artículos en diarios y revistas acerca de hechos de la vida cotidiana en Francia, material excelente que reunirá poco después como libro bajo el sugestivo título de “Mitologías” (1957). Gracias a algunos amigos consigue otra beca, y en esta ocasión se dedica a analizar en términos sociológicos y semiológicos el “Sistema de la moda”, libro que publicaría en 1967.

A partir de los cuarenta y cinco años (1960) Barthes se desempeñó como profesor y luego como Director de Estudios de una sección universitaria que luego se haría famosa, la Ecole Practique de Hautes Etudes. En 1964 publicó otra colección de artículos y ensayos, esta vez sobre temas literarios y autores de la llamada escuela del Noveau Roman, libro que llamó simplemente “Ensayos críticos”; de ese mismo año data la publicación de sus “Elementos de semiología”, material de estudio para alumnos de la universidad.

Sin embargo el libro que marcó un momento decisivo en la carrera de Roland Barthes, al decir de sus comentaristas, fue “Sobre Racine”, escrito en 1963. Hasta entonces era un autor importante en los círculos universitarios, pero debido a la reacción desmesurada del crítico oficial de la Sorbona, Raymond Picard, publicada con el título “¿Nueva crítica o nueva impostura?” Barthes se vio de pronto convertido en abanderado de la crítica moderna francesa.

En “Crítica y Verdad” (1966) le respondió a Picard y al mismo tiempo propuso los fundamentos de una crítica estructural contemporánea. Basándose en las investigaciones de sus colegas, los críticos de Tel Quel y de la nueva escuela lacaniana,  Roland Barthes dio rápidos pasos en su carrera y publicó estudios sobre “Sade, Fourier, Loyola” (1971), y sobre un cuento de Balzac, en un libro fundamental para todo escritor, “S/Z” (1970).

En 1970 Barthes publicó un libro a partir de su visita al Japón, con el sugestivo título de “El imperio de los signos”. Pasó una temporada dando conferencias por diversas ciudades de Europa, pero pronto volvió a lo suyo, la investigación y la reflexión sobre los fenómenos sociales de la época, y la crítica de sus propias ideas. Dos libros marcaron un cambio en su visión teórica: “El placer del texto” (1973) y “Roland Barthes por Roland Barthes”, una autobiografía en tercera persona en la que hace un ejercicio de objetividad textual.

En 1976 ingresa como profesor al prestigioso College de France, en la cátedra de semiótica. Al año siguiente se le dedica a su obra un Congreso en Ceresy, mientras Barthes se empeña en hallar nuevas bases teóricas, en darle a la literatura y al discurso un sostén más individual, más subjetivo o “erótico”; y publica entonces “Fragmentos de un discurso amoroso”, una de sus últimas obras.

En febrero de 1980 lo atropella una camioneta al salir de un almuerzo oficial; un mes después no logra recuperarse y el veintiséis de marzo de 1980 muere, a los sesenta y cuatro años.

CRÍTICA

Roland Barthes ha sido uno de los intelectuales más lúcidos en una época de gran movilidad e innovación teórica en un país que por entonces era considerado el centro cultural del mundo. Supo asimilar lo más importante del pensamiento crítico de su tiempo conforme iba apareciendo y perfeccionándose, pero le dio siempre a toda idea su interpretación propia y creó a su vez proposiciones siempre inteligentes, siempre valiosas. Barthes pasó en su breve carrera por varias etapas de influencia; fue existencialista, marxista, estructuralista, crítico textual y de lo posmoderno, sucesivamente. En sus investigaciones combinó la sociología y la crítica literaria, la psicocrítica y la lingüística.

Barthes se caracterizó y es admirado por ser un intelectual muy atento al cambio, por estar buscando siempre los límites previos para romperlos; y porque no dudó en criticar su propia obra y las de sus amigos, en bien del rigor científico. Decía “avanzamos demasiado lentamente siempre, … perdemos el tiempo “creyendo”, es decir, repitiéndonos y regodeándonos, … a veces bastaría con un pequeño suplemento de libertad en un pensamiento nuevo para ganar años y años de trabajo”. Como dice el teórico norteamericano Jonathan Culler:

“Barthes es maravillosamente inventivo, pero sobre todo tiene olfato para detectar lo que está en el aire y puede ser apresado, desarrollado, instalado inventivamente como concepto central de un nuevo proyecto… Su maestría pertenece a una especie singular, propia para experimentar con la inteligibilidad de nuestro tiempo”.

Si uno busca la constante en su obra, se puede decir que fue fundamentalmente un escritor dedicado al análisis de textos. Pero en esta tarea de toda su vida no fue lo que se llama un contenidista, no se contentó -como era costumbre hasta entonces- con el sentido evidente de la obra; buscaba siempre lo menos evidente, lo que está detrás de las falsas nociones y de las ideologías. En sus inicios, bajo la influencia de Jean Paul Sartre y de la izquierda francesa de mediados de siglo Barthes buscó trascender su origen pequeñoburgués y escribir una “literatura comprometida”, que transformara la sociedad. En 1950, a sus treinta y cinco años creía en la inminencia de un cambio radical en Francia. Sin embargo Roland Barthes no fue un incondicional de la izquierda sino un crítico permanente del Partido Comunista francés, si bien evitó ingresar en la crítica filosófica del marxismo.

Cuando el comunismo mostró sus más serias incongruencias en el ámbito mundial, Barthes se fue separando del grupo de Sartre y se interesó por la semiótica, las ideas de Saussure y las investigaciones de Claude Levi-Strauss. Lo importante fue la manera como Barthes tomó los principios estructurales saussurianos para aplicarlos al estudio de fenómenos culturales contemporáneos de la civilización europea. Hizo interesantes aportes al análisis de algunos mitos de la cultura de masas, de la moda y la imagen publicitaria, y de la literatura.

El excesivo formalismo en que fue cayendo la investigación estructuralista en los medios universitarios franceses, y luego en el resto del mundo, ahuyentó a Barthes, quien bajo la influencia de críticos más sagaces, como Foucault, Kristeva o Derrida, pasó a una nueva etapa con brillante ductilidad e imaginación. Al final de su vida sus ideas fueron cada vez más complejas. Buscó una explicación subjetivista erótica de la cultura a través del lenguaje.

Barthes es un ejemplo de ingenio, apertura de ideas, intrepidez intelectual, rigor científico, erudición y compromiso con su rol de crítico en una sociedad de cambios cada vez más vertiginosos.

Sin duda es uno de los escritores más brillantes y lúcidos de la segunda mitad del siglo XX. De él se puede decir lo mismo que pensaba de Julia Kristeva:

“…siempre está destruyendo el último prejuicio, aquel que podría tranquilizarnos y del que nos enorgullecíamos; lo que desplaza es lo-ya-dicho, es decir, la insistencia del significante, es decir, la estupidez”.

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