El corazón y el gato de Sōseki

“Soy un gato” es una mirada crítica a la sociedad japonesa de ese tiempo, pero que puede extenderse a la humanidad en general.

—Te va a encantar.

En cuanto Segundo Cancino me lo dijo, ofreciendo prestarme “Kokoro” de Natsume Sōseki, sus palabras provocaron que mi anhelo se incrementara aún más. Me había lanzado aquella frase como se lanza un anzuelo; evidentemente, yo lo mordí con premura.

Era usual que dijese: “léelo, escribe bien” cuando tomaba la decisión de prestarme alguno de sus libros. Se había acostumbrado a hacerlo así porque no es dado a las expresiones de júbilo que revelen su naturaleza emotiva frente a los demás, no al menos sin la protección de su poesía, tras la cual se esconde demasiadas veces, o de esa ironía suya que nos hace sentir indefensos frente a su inteligencia. De modo que escuchar aquello de que me encantaría, significó para mí una promesa de goce al que le siguió el frenético golpeteo en mi pecho, difícil de controlar. Fue como Sōseki vino a formar parte de mi vida.

Leer “Kokoro” —cuyo título podría traducirse en “alma”, “espíritu”, “conciencia”, “mente”, “sentimiento” “corazón”— resultó el encuentro con un poderoso autor de prosa sencilla (solo en apariencia) que da cuenta sutilmente de una profunda reflexión sobre la condición humana respecto a temas como la amistad, las relaciones familiares, el amor, la traición, la culpa, el silencio, la soledad. Ambientada en la época de transición de la sociedad Meiji a la sociedad moderna. Donde el narrador-protagonista, un joven estudiante de la Universidad Imperial, se convierte en el heredero de la historia secreta del Sensei; la cual nos ayudará a comprender la soledad del verdadero protagonista de la novela.

Al terminar de leer Kokoro no conseguía apartarme de él, por lo que retorné al libro una y otra vez. La sola idea de devolverlo me provocaba desasosiego, obligándome a retrasar mi visita a la casa de su dueño original. Y cuando finalmente lo hice, sentí que me estaba quedando un tanto vacía. Sea que Segundo Cancino quiso seguir conduciéndome en el camino hacia Sōseki, sea que solo se apiadó de la tristeza de su tonta estudiante de literatura, el caso es que me ofreció un segundo libro: “Soy un gato”. “Este es completamente diferente al anterior”, me dijo mientras me alcanzaba el grueso ejemplar de la primera novela que publicó Natsume Sōseki.

“Soy un gato” es una mirada crítica a la sociedad japonesa de ese tiempo, pero que puede extenderse a la humanidad en general. Vistos a través de los ojos de un gato —que contempla fascinado la vida del profesor Kushami y su entorno para contarla luego—, quedaríamos descubiertos como una especie digna de burla. En algún momento, el gato nos dice: “la raza humana, en su necedad, será capaz de extinguirse antes de renunciar voluntariamente a la fantasía sobre su propia trascendencia como especie. Cualquier criatura que se compone con semejante inconsistencia de juicio, y que se niegue a reconocer lo contradictorio de tales ínfulas, resultará, como poco, digno de chanza.”. Su arma principal: la comedia. Tras el humor, la crítica a la mezcla contradictoria de comportamientos japoneses y occidentales en la gente de esa época, es mordaz.

Mi profesor tuvo razón, Natsume Sōseki, o mejor aún Natsume Kinnosuke (su verdadero nombre) era fascinante y me encantaba. Fui descubriendo algunos guiños de su propia vida en ambas novelas: su entrega en adopción, cuando tenía dos años, a la familia de uno de los sirvientes de sus padres; sus estudios en la Universidad Imperial de Tokio; su trabajo como profesor de Lengua Inglesa; sus aficiones literarias en la composición de Haykus y en sus lecturas, su propia confusión causada por el tiempo que le tocó vivir, cuando la sociedad japonesa se abría a occidente…

En vida, Sōseki publicó catorce novelas. Yo había leído la primera, “Soy un gato” y su obra maestra “Kokoro”, e iba pensando en aquello de que no podemos hacer cambios significativos en el entorno por mucho que nos empeñemos, pues el cambio no está fuera sino en uno mismo. Dejándome ganar por su pronóstico sombrío de “una sociedad profundamente insatisfecha conformada por gente profundamente infeliz”, producto del individualismo. En este y otros pensamientos me encontraba cuando reparé en mi propia gata descansando plácidamente junto a la computadora. “Y tú, Shaska, ¿qué opinas de todo esto?”. Ella contempló la pantalla del monitor, se estiró desperezándose y dando un brinco, se fue a comer sus galletas. Dándome a entender que dar respuesta a mi pregunta no valía uno solo de sus maullidos.

 

Tacna, 30 de noviembre de 2013

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