El maestro de los maestros

A Ring y Ellis, su esposa, dedicó Fitzgerald la recopilación “Todos los hombres tristes”, en testimonio de una sólida -y líquida (alcohólica)- amistad.

Francis Scott Fitzgerald y Ernest Hemingway profesaban admiración por Ring Lardner, a quien citaban como uno de los grandes maestros de la narrativa de su país. Otros fans confesos de Lardner -uno de los autores más leídos durante los años veinte del pasado siglo- fueron Edmund Wilson, Virginia Woolf y H.L. Mencken.

A Ring y Ellis, su esposa, dedicó Fitzgerald la recopilación “Todos los hombres tristes”, en testimonio de una sólida -y líquida (alcohólica)- amistad.

A Ringgold Wilmer Lardner, nacido en 1885 en Niles, Michigan, podría decirse que le sonreía la fortuna: el desahogo material y las inquietudes culturales eran las señas de identidad de su distinguida familia. Ringgold, que abrevió su cacofónico y poco glamoroso nombre de pila- fue educado por su abuela hasta que cumplió los diez años de edad. A esta le sucedió un preceptor, que completó la formación del joven hasta el equivalente al cuarto año de secundaria, de modo que su paso por  las instituciones educativas fue fugaz.

Resulta sui generis -o quizás sea señal fehaciente de su antisnobismo- que un joven cuya novela favorita era “Los hermanos Karamazov” y que hasta el final de sus días admiró sobremanera a Dostoievski eligiera como ocupación, en 1905, la de cronista deportivo -comentarista de la liga de bíesbol, para ser exactos- teniendo otras opciones. No sólo eso: Lardner se consideraba a sí mismo como un periodista deportivo, nunca se ocupó ni preocupó por crear o mantener un status como escritor, pese a que lo era. Una muestra de su genuina modestia y de su escaso afán de notoriedad es que, cuando en 1924 Fitzgerald le vendió a Max Perkins, de Scribner´s Son, la idea de recopilar los cuentos de Lardner, Ring no tenía copias de la mayoría de ellos y ni siquiera recordaba dónde se habían publicado. Fitzgerald, incluso, le sugirió el apropiado título: “Cómo escribir cuentos”.

Lardner publicaba en el diario Chicago Tribune la columna “La estela de las noticias”, un coctel de corte surrealista en el que incluía transcripciones de las conversaciones de sus cuatro menores hijos -dos de los cuales, comprometidos socialmente, morirían jóvenes, como recordaba Ring Lardner II, su hijo, en su autobiográfica “Me odiaría cada mañana” -un repaso a su etapa de guionista hollywoodiense represaliado y encarcelado.

Convertido en columnista de referencia, en 1920 Lardner era leído en 151 diarios -por falta de uno- de su país.

Ring II describe a su padre como una persona de sólidos valores, aunque nunca retrógrada, con nulo interés en asuntos sentimentales: “ni siquiera llegó a escribir sobre lances que normalmente calificaríamos de amorosos”.

Lardner se había casado felizmente en julio de 1911, a los 26 años, con su alma gemela, su fractal, o su equivalente femenina, una joven tan agraciada como inteligente y la única graduada universitaria de la familia, como recalcaba Ring II, quien rememora en su autobiografía las visitas de Scott y Zelda Fitzgerald, tan opuestos en ideas y caracteres, al hogar de los Lardner en Great Neck.

Pese a su saludable aspecto, Lardner había enfermado de tuberculosis, que acabaría agravada por su alcoholismo. Finalmente, moriría de forma prematura el 25 de setiembre de 1933, a los 48 años, de un ataque al corazón, en Nueva York.

La sencillez de Lardner es la característica principal de sus relatos, protagonizados por gente corriente, cuyos modismos y lenguaje coloquial captó a la perfección en narraciones como “Los viajes de Gullible”, ”Ya me conoces”, “Al,Campeón”, “La gran ciudad”, “Algunos las prefieren frías” o “Loose with a smile”, un título alegórico editado el mismo año que falleció.

Las historias y personajes de Lardner son difíciles de olvidar, por su sencilla humanidad. Es el caso del policía de tráfico Ben Collins de “Hay ciertas sonrisas”, o del contador y vate vocacional Stephen Gale, de “El trovador de Maysville”, cuya vida resume así: ”se había casado con Stella Nichols, para quien la falta de dinero no era ninguna novedad”.

O Tom y Grace, los abnegados y adinerados padres de “La navidad de los viejos”, llevando con elegancia y deportividad la ingratitud filial. “No puedo respirar trata de veleidades femeninas” y “A algunos les gustan frías”, de masculinas. “Nidito de amor” o “Un día con Conrad Green” retratan a la exclusiva y farandulera -y deleznable- industria del espectáculo. “Corte de pelo” es un monólogo más revelador que cualquier tratado de sociología sobre la fauna zoocial pueblerina.

Cualquier narración de Lardner demuestra que, pese a sí mismo, fue un notable autor.

 

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