Mi profe favorito

Día del Maestro en los centros educativos. En el Congreso se aprueban los primeros artículos de la Ley Universitaria. Una y treinta de la tarde. En Radio Oxígeno el tema del día es “Mi profe favorito”.

 

Esta es una emisora ideada para que las clases medias se diferencien escuchando rock en inglés. Los “yupies” piensan que así se libran del mal gusto y la sinrazón de las radios “populares”. La locutora lee los mensajes del facebook:

“Mi profe favorito es el de Educación Física, porque toda la hora nos hacía jugar fútbol, la pasábamos rebien”. “Mi profe más bacán es el de Mate, en vez de hacer clases hablábamos de otras cosas”, “Mi profe favorito es el de Historia, tiene una cara de gatito, solo le faltan un bigotito, es lindo”. “Mi profe bacán es el de Inglés, enseña muy bien, cree que yo lo odio pero me cae súper”.

En algún lugar del tiempo y del espacio el discurso del profesor comenzó a adquirir las cualidades del lenguaje publicitario: divertido, fácil, convincente y esperanzador.

Divertido

La primera vez que vi una profe divertida fue en primaria. Nos hacía jugar. En secundaria no me topé con ninguno; el mío era un colegio nacional. El segundo que vi fue en la academia: imitaba a un pato sin cabeza que despertaba frente a una olla de agua hervida. Corría por la clase moviendo los brazos como un palmípedo. No recuerdo cómo se llamaba ni qué enseñaba, pero sí su cabello hirsuto engominado agitándose mientras graznaba. Sucedía que en la academia nos gustaba faltar. Y este profesor ideó el “Acto del pato sin cabeza” para acabar con nuestra deserción. Era el profesor estrella. Gracias a él nuestros padres seguían pagando la pensión de la academia.

Fácil

Parece que los profesores deben ser como un curso de lectura rápida. Tienen que ahorrarnos las molestias de pensar en lo que dicen los libros y comunicarnos en un tiempo corto las ideas principales sin que nos esforcemos. Procesan el conocimiento y lo hacen digerible. Es común oír que un docente es bueno porque “hace que la Matemática sea fácil”. ¿Y qué tiene de malo si es difícil? ¿En qué momento empezamos a creer que educarse es una tarea fácil? ¿No era el esfuerzo lo que hacía que adquirir un conocimiento fuera una tarea memorable?

Convincente

El profesor no obliga: convence y seduce. Hace un tiempo fui al Norte a un congreso sobre lectura y enseñanza de literatura. Uno de los expositores con mayores adeptos era un limeño histriónico que arrasó vendiendo burdos resúmenes de obras literarias. Declamaba con un vozarrón los clásicos preuniversitarios de Neruda ante un auditorio boquiabierto de profesoras. Contó que su estrategia para motivar la lectura era narrar cómo Emma Bovary conseguía un amante y detener el relato justo en la parte más candente. Cuando los alumnos le pedían que siguiera, él los invitaba a leer la obra. “De todas maneras funciona”, decía. Declaraba que aquel profesor que obligaba a sus alumnos a leer ya había pasado de moda. Ahora había que encandilarlos, había que hacer que disfrutaran la literatura. “Son adolescentes, es la mejor forma de engancharlos”. Al final de su exposición muchos de los asistentes pidieron les autografiara los resúmenes del clásico de Flaubert que él les había vendido.

Esperanzador

En la Universidad tenía un compañero que aprobaba un curso por semestre. Hasta ahora no sale y ha pasado más de una década. Un día le pregunté cuál era su profe favorito. Me soltó el nombre sin dudarlo. Pregunté por qué. “Me da esperanza, hace que no me sienta tan malo”, respondió. “Parece que de joven él era como yo ahora. Seguro que se tomaba sus tragos y fumaba sus porros, por eso me cae”. “¿Eso quiere decir que quieres ser docente universitario?” pregunté finalmente.

Mi profe favorito

Mi profe favorito resiste al frente de algún salón de una institución pública. No es un showman. Habla despacio. Hay que estar muy atento para comprender sus revelaciones. Algunos incautos lo llaman “diasepan” y lo acusan de malo. Nos pide que memoricemos, que releamos, que hagamos resúmenes. Defiende la ortografía. No permite copiar en los exámenes, ni permite que lo engatusen con un floro barato en las exposiciones. Es capaz de poner cero, a pesar de que la moda pedagógica lo critique. Ama su ciencia, aunque ha perdido algo de esperanza de transmitirla. Su mirada triste guarda el solitario secreto de una gran biblioteca. La última vez ante una pregunta no contestada lo escuche susurrar la letra de aquel tango argentino: “Siglo veinte cambalache…”.

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