El cuento epifánico

Chejov, Joyce y los demás

Para nuestros lectores ya debe estar claro que no hay una sino muchas formas del cuento moderno (el cuento gótico, el romántico, el de efecto único, el fantástico, el costumbrista y el indigenista, el de humor, el policial, el de análisis y razonamiento, el erótico, el realista, etc. Y sus todas sus combinaciones). Lo que los hace diferentes unos de otros, hemos dicho siguiendo a los formalistas rusos, es el “dominante” o elemento estructural que predomina sobre los demás y los organiza, los orienta y les da un tono característico, cierto “aire de familia”.

Otra evidencia en lo ya publicado es que el cuento no evoluciona, no progresa, no pasa de una etapa a otra superior y es cada año mejor. Solamente crece: aparecen nuevos tipos de cuentos que conviven alegremente con los anteriores.

En su momento veremos los intentos de definición del cuento; cuáles son los rasgos que permiten decir que el cuento es un “genero” literario. También es posible razonar acerca de por qué un cuento es mejor que otro, aún dentro de la anotada diversidad.

 

Chejov

El ruso Antón Chejov introdujo a finales del siglo XIX otra innovación sustancial. Hasta ese momento el cuento narraba lo extraordinario, lo único y sorprendente, lo inusual. Se podría decir que el cuento seguía aun sin saberlo la tradición de la tragedia clásica: personajes superiores, héroes, príncipes o nobles de algún tipo, metidos en situaciones dramáticas. Lo que hizo Chejov es desdramatizar el cuento, entregarlo a las clases populares, a los hombres comunes y corrientes, nada heroicos; darle a la vida cotidiana un valor que no tenía dentro de la literatura hasta entonces. En sus inicios Chejov escribió cuentos cómicos, quizá eso influyó en su elección de estilo. La comedia, como se sabe, en Grecia estaba temáticamente limitada a las clases inferiores y a los hechos alegres o divertidos, cuando no los llanamente risibles.

Con Chejov la teoría de lo extraordinario no funciona, sus historias son triviales, insulsas, caseras, humildes. A veces terminamos de leer un cuento suyo y no sabemos qué es lo que ha pasado. Sin embargo, hay cierta tensión en él, un sentimiento indefinible que lo hace significativo, y, como dice Cortázar: “Un cuento es significativo cuando quiebra sus propios límites con esa explosión de energía espiritual que ilumina bruscamente algo que va mucho más allá de la pequeña y a veces miserable anécdota que cuenta. Pienso, por ejemplo, en el tema de la mayoría de los admirables relatos de Antón Chéjov. ¿Qué hay allí que no sea tristemente cotidiano, mediocre, muchas veces conformista o inútilmente rebelde?”.

Solo que esa “explosión de energía espiritual” necesita lectores atentos, muy atentos y sensibles a las nuances. La violencia, la confrontación, la muerte, lo inusual, lo raro, la malditez, lo marginal, lo contestatario, etc., son viejas y nuevas formas del romance que por sí solas piden atención.

Beethoven decía: “Es más difícil ser genial en los movimientos lentos”. Y John Glasworthy escribió en 1918: “El gran éxito de Chejov reside en su destreza para transformar la tranquilidad en algo excitante. (…) La forma en que pudo lograrlo es su secreto, que no está al alcance de todo el mundo”. Richard Ford, brillante narrador de cuentos, ha escrito en el Prólogo de su antología: “En realidad, Chejov me parece un escritor para adultos, un escritor cuya obra llega a ser provechosa, y también espléndida, cuando consigue dirigir la atención hacia sentimientos maduros, hacia complicadas reacciones humanas y casi imperceptibles alternativas morales circunscritas en dilemas mayores”.

En los cuentos de Chejov, como “La felicidad”, “La boticaria” o “Pequeñeces de la vida”, la anécdota es lenta y trivial, pero la solidez de la prosa obliga al lector a estar atento y a descubrir el trasfondo sutil que se intuye en ellos.

No es que Chejov no escriba cuentos de efecto único o de final sorprendente (Léase “La cigarra” por ejemplo), solo que los más chejovianos de sus relatos son incomparables.

Lacan analizó “Miedos” en el Seminario 10, y Carver escribió uno de sus cuentos más bellos, “Tres rosas amarillas”, inspirado en los últimos días del escritor ruso y como un homenaje a su maestro.

 

Joyce

Sin duda James Joyce es conocido por “Ulises” (sin embargo, novela poco leída); aunque fue además un gran escritor de cuentos. “Dublineses” es su única colección de cuentos, en los que aplicó la teoría del relato epifánico: son historias de acontecimientos cuidadosamente descritos cuyas implicaciones nunca quedan del todo claras; el narrador evita cualquier comentario o sentencia de sabiduría que ayude al lector a comprender la historia, con lo cual las acciones quedan escuetas y aparentemente sin sentido ante él. Tras la lectura, todo lo que resta es un quieto silencio dentro del cual parece palpitar una revelación muchas veces solo intuida.

Acontecimientos triviales, por ser todo lo que nos entrega la historia, adquieren una importancia inusitada, y nos guían con su simplicidad y silencio hacia una síntesis en la cual “su quiddidad salta hacia nosotros desde la vestidura de su apariencia. El alma del objeto más común, si su estructura está así ajustada, nos parece radiante”, como dice Stephen, personaje de Joyce.

Llegados a este punto conviene anotar que el carácter epifánico compete al cuento como un todo, y no solo a su final o “momento de revelación”, como a veces se dice. En este sentido, el llamado final abierto no garantiza que estemos frente a un relato epifánico; puede que el narrador oculte, como en algunos cuentos de Hemingway, algún dato para incentivar al lector a completarlo, pero que la solución del problema planteado sea tan clara que, incluso, sea innecesario decirla.

Chejov y Joyce han influido en gran parte del cuento del siglo XX, especialmente en la corriente norteamericana que con Hemingway, John Cheever, Charles Baxter, Raymond Carver, Richard Ford, Mary Robison, Lorrie Moore y muchos otros innovó el cuento contemporáneo. En Sudamérica casi no se advierte esa influencia.

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