Los mangas de Tezuka

Osamu Tezuka es conocido por su apelativo de “dios del manga” por su contribución a consolidar y desarrollar el story manga.

Durante cuarenta años dibujó unas 150000 páginas, que conforman decenas de obras y centenares de tomos. “La princesa caballero”, “Kimba, el rey de la selva” o “Astroboy” -163 episodios televisados en nuestro país entre otros, por su productora, Mushi-son algunos de sus más conocidos -e infantiles- títulos, pero sus obras de madurez creativa siguen siendo en buena parte poco conocidas en Occidente.

 

El productor Takeshi Nagasaka definió a Tezuka como el Leonardo da Vinci del mundo del cómic, así como su Goethe y su Dostoievsky.

Tezuka nació el 3 de noviembre de 1928 en Toyonaka, prefectura de Osaka, aunque en su niñez vivió en Takarazuka, prefectura de Hyogo. Por imposición paterna y tradición familiar estudió medicina en la facultad de Osaka, aunque no llegó a ejercer como galeno.

Sus primeros cómics, publicados cuando tenía 20 años, fueron “La nueva isla del tesoro”, que vendió 400000 ejemplares, o “Diario de Ma-Dan”, en el que ya desarrolla un planteamiento cinematográfico del relato. La línea clara de su dibujo fue por influencia de George MacManus. En 1949 publica “Metrópolis”, basado en otro comic suyo de 1944, “El hombre fantasma”. El protagonista es el robot Michi -base del futuro Astroboy, de la princesa zafiro o de la princesa Caballero; basado en el único fotograma de “Metrópolis” de Fritz Lang -que no vió.

Su trilogía sobre el uso de los avances tecnológicos, la creación de seres humanos artificiales o la idea de que las plantas se conviertan en seres superiores, formada por “Kenichi”, “Lost World” y “Next World” tuvo tanto éxito que generó entre los adolescentes un afán por ser dibujantes de manga.

La II Guerra Mundial, el peligro nuclear, la contaminación del medio ambiente y las conspiraciones políticas, además de su visión crítica aunque humanista sobre la sociedad, fueron algunos de los temas recurrentes en sus obras menos conocidas pero de mayor profundidad. “Fénix” fue su favorita, publicada entre 1953 y 1989 en doce arcos argumentales. Son 3000 páginas que abarcan el pasado prehistórico de su país, el presente y el futuro con innumerables personajes en pos de la inmortalidad, un sueño que deviene en pesadilla. En ella, como en muchos de sus mangas, el autor se autocaricaturiza con su infaltable y poco favorecedora boina y lentes de gruesa montura. La medicina es otro de los temas presente en sus obras, como en “Black Jack”, de 1973, una historia sobre un experto cirujano que ejerce de manera clandestina entre situaciones extremas y dilemas éticos. Al año siguiente publicó “Los tríclopes”. Por aquel entonces, publicaba simultáneamente cuatro series semanales, una quincenal, tres mensuales y una obra corta, todas de distinto contenido y continente, desesperado tras la quiebra de su productora, Mushi, en 1973.

Dos años antes había publicado una de sus obras mejor valoradas, “Buda”, una reconstrucción histórico religiosa del susodicho, su primer amor Mighera, su amigo Tatta, Chapra, el intocable arribista y otras almas perdidas deambulando, en diez tomos, por este valle de lágrimas, entre la crueldad, la incomprensión y el destino, nada menos. El omnipresente espíritu humanista del autor flaquea en ésta ocasión, en que brilla por su ausencia un pensamiento esperanzador.

De la misma época es “Bajo el aire”, relatos de madurez publicados en dos volúmenes en 1971-72. Historias sobre la naturaleza humana ante situaciones y épocas distintas: el lejano oeste, el mundo del futuro, la II Guerra Mundial, entre las que destacan “Punta Escamas” o “La sangre del gato”, sobre las consecuencias de la energía nuclear o “Robama”, sobre los nefastos experimentos científicos, en la que el autor es un personaje secundario.

Sobre los terribles efectos de los vertidos tóxicos en el agua es la truculenta y excesiva “Oda a Kirihito”, tres tomos de penurias del médico investigador Kirihito, víctima de un complot.

MW fue su manga de denuncia social, también de la década de los 70, historias sobre contaminación masiva de agua y alimentos, sobre los activistas de izquierda, sobre la homosexualidad o el gran escándalo político de la época, cuando el Primer ministro japonés fue sobornado por una empresa de armamento norteamericana.

Por completo distintas, del géneros histórico son “Ayako”, mezcla de culebrón familiar y conflicto social ambientado a fines de los años 40 en Tokyo, durante del gobierno de Yoshida, con espías, complots, sicarios y lucha sindical ferroviaria magistralmente detallada por el prolijo autor.

Ambientada en la segunda mitad del siglo XIX es “El árbol que da sombra”, historia sobre el fin del shogunato con dos hilos conductores: uno ficticio, el samurai Manjiro Ibuya, inmerso en intrigas cortesanas y otro real, el propio bisabuelo del autor, Ryoan, médico e hijo de médico, que nos muestra la vida del japonés corriente de entonces y también una interesante historia de la ciencia médica de entonces. Fue publicada entre 1981 y 1986.

Por último está su obra maestra, multipremiada y triunfadora en su edición en castellano de 2001: “Adolf”. Mezcla ficción histórica, género bélico, personajes reales y de ficción a lo largo de 1300 páginas y cinco tomos con cuidadosos apéndices de cronología histórica que abarcan desde el año 1936 en Berlín hasta el Israel de 1983. El periodista Sohei Tage es el hilo conductor de la historia, iniciada cuando asesinan a su hermano Isao por causa de unos documentos sobre el origen judío del siniestro y célebre Adolf. Pero no es éste criminal histórico el personaje principal, sino dos tocayos suyos: Adolf Kamill, un chico judío alemán exiliado en Japón y su amigo del alma, Adolf Kauffman, hijo de una japonesa y de un jerarca nazi. Es la historia de un genocidio, de una amistad imposible, de cómo los conflictos personales se cruzan con el destino y la historia y sobre todo, es una reflexión intelectual sobre la condición humana made in Tezuka: minuciosa, absorbente, monumental y con ritmo.

“Adolf” fue el broche de oro del autor, quien murió el  9 de febrero de 1989. En abril de 1994 se inauguró el Museo del Manga que lleva su nombre en Tarazuka, en honor a quien demostró que el manga podía ser mucho más que un producto juvenil para estólidas e impresionables mentes.

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