El Quijote en Latinoamérica

Influencia de Cervantes en nuestra literatura latinoamericana

Yo leí “El Quijote” por primera vez cuando entré a la Universidad. Me gustó, me divirtió y me pareció un poco difícil por el idioma, pero no me causó ese estremecimiento de otros libros que había leído desde los trece años, me refiero a “Crimen y castigo” y a “Edipo rey”.

En la segunda lectura me gustó un poco más, pero sospecho que me ayudaron a entender la grandeza del Cervantes mis lecturas de novela contemporánea: Joyce, Proust, Kafka me habían preparado para releer “El Quijote”. Entonces me hice profesor, y como todo profesor di a leer el libro, por episodios. Pero la tercera lectura fue la fundamental para mí. Porque tenía cerca de cuarenta años, había publicado una novela y por diversas circunstancias no pude publicar más. Y entonces me propuse volver a leer las grandes novelas de occidente, y empecé por “El Quijote”, las dos partes. Y ahora, con esta ocasión lo he leído otra vez, empecé a fines de mayo y terminé hace dos semanas, y lo agradezco.

Hay una inmensa, vertiginosa bibliografía sobre “El Quijote”. La mayoría elogiosa; pero también el libro ha tenido sus adversarios, es bueno recordarlo. Ya en su tiempo Lope de Vega fue un adversario de Cervantes. Odiaba y despreciaba al Quijote. Y esa actitud suya se ha prolongado hasta nuestros días: Navokov se preciaba de haber echado por tierra un libro cruel como “El Quijote”. Hay un escritor llamado Fernando del Paso, que en “Viajes alrededor del Quijote” sigue los pasos de Navokov. Pero el libro se ha impuesto, se sigue imponiendo y me alegra que escritores jóvenes sigan leyendo a Cervantes.

Repasemos las huellas que el libro ha dejado en la literatura latinoamericana, especialmente en los fundadores del siglo XX, en Borges, Carpentier y otros.

Borges tiene dos maravillosos ensayos sobre la obra. Uno se llama “Maravillas parciales del Quijote” y es muy elogioso. Pero no solo como teórico se interesa Borges en Cervantes, sino como tema, como incitación. Tenemos al famoso “Tlôn, Uqbar, Orbis Tertius”, que es un cuento que aparentemente no tiene nada que ver con “El Quijote”, pero si en cuanto al planteamiento que es la sustitución de un mundo por otro, y eso es muy cervantino. Y tenemos a “Pierre Menard, autor del Quijote”, donde Menard se propone escribir no otro sino el mismo Quijote, palabra por palabra, y hacer otra obra. Lo interesante aquí es el papel del lector, cómo la lectura puede cambiar a la obra sin que la forma se modifique.

Todos recordamos el famoso prólogo de Carpentier en el que teoriza sobre lo “real-maravilloso” latinoamericano. Y allí Capentier nos habla de la influencia en sus ideas de “Persiles y Sigismunda”, del que mi amigo el historiador Aranibar me decía que es la mejor prosa de Cervantes. Escrita casi al mismo tiempo que “El Quijote”.

Guimaraes Rosa, escritor brasilero por quien siento una gran admiración, muestra la influencia de Cervantes en su libro “Gran Sertón: Veredas”. Allì hay un pasaje en el que un yagunzo vence a otro y le impone como castigo ir a visitar a su amada, que es lo mismo que hizo el Quijote con el vizcaíno, mandarlo a visitar a Dulcinea.

¿Qué tiene que ver Onetti con Cervantes? Aparte de su dominio de la lengua española, porque Onetti es uno de los grandes prosistas del idioma, aparentemente nada. Sin embargo en toda la obra de Onetti hallamos este choque entre la realidad y el sueño, que es cervantino. Una obsesión básica, desde su primera novela, por romper con la oscura realidad gracias a la fantasía. En “La vida breve”, tal vez la más bonita obra de Onetti, asistimos a la creación de un pueblo, de una región a través de la palabra. Braunsen, para salir de esta vida breve es que se propone crear Santa María.

“Un sueño realizado”. La obra de Onetti debería llamarse así, un sueño realizado. Y recordamos el pasaje en el que el duque va a realizar los sueños del Quijote. Larsen es también un  personaje cervantino, pero negativo. Él también tuvo su isla Barataria.

La relación entre Cortázar y el Quijote la encontramos en “Rayuela”, en tres niveles. Uno es el de los capítulos prescindibles de “Rayuela”, y ahí vemos el rol de Cidi Hamete en el Quijote. Otro es el uso del nivel metarrativo en ambos, porque el Quijote muchas veces reflexiona sobre la propia novela, y Cortázar hace lo mismo.

Carlos Fuentes es un escritor deslumbrante; aunque a veces es excesivamente deslumbrante, creo yo, a veces es un poco brilloso. Pero ha escrito cosas interesantes sobre el linaje de La Mancha. Dice que la novela de Cervantes se opone a la novela realista del siglo XVII. Y que los verdaderos herederos del Quijote y de Cervantes son los escritores latinoamericanos, porque pertenecen al linaje de La Mancha; somos los manchados, los híbridos, los que devoran y se apropian de toda la tradición universal de la cultura y de la literatura en especial. Y él mismo, Fuentes, escribe una novela barroca, excesiva, “Terra Nostra”. Sobre esta novela hay opiniones encontradas. Kundera la considera en la línea de los grandes novelistas contemporáneos de Europa. Pero otros, no. Yo no pude terminarla. Pero el planteamiento es sinceramente interesante: llevar la novela cervantina más allá, hasta el final.

Vargas Llosa al comienzo no tiene mucha simpatía por “El Quijote”. Él mismo ha contado que no tenía simpatía por El Quijote porque sus profesores en San Marcos le dijeron que había acabado con esa plaga que eran las novelas de caballería. Él había leído en la Biblioteca de la San Marcos dos novelas de caballería y quedó deslumbrado. Pero hace algunos años ha escrito un ensayo que se llama, si mal no recuerdo, “El Quijote, libro de caballería”. Y desde entonces ha escrito más sobre Cervantes, y su artículo más interesante está en la edición que sacó Alfaguara del Quijote; habla allí del libro como una novela para el siglo XXI.

Pero, como en el caso de Onetti, podemos hallar una relación entre los personajes de Vargas Llosa y los de Cervantes. Es la relación entre la vida y los sueños; solo que en Vargas Llosa los sueños apuntan al poder. Lo vemos en Don Anselmo, en Fushía y también en el Consejero; incluso la descripción física del Consejero se parece a la del Quijote.

Luego viene García Márquez. Veinte minutos después de la muerte de García Márquez me llamó un periodista para saber mi opinión sobre la pérdida que habíamos sufrido. Y yo le dije que García Márquez había escrito la mejor novela después del Quijote. Y esto no es hiperbólico, ya otros lo habían dicho. Fuentes, por ejemplo, cuando leyó los manuscritos de “Cien años de soledad” le escribe exultante, alborozado a Cortázar, y le dice acabo de leer el nuevo Quijote de estas Américas. Y creo yo que “Cien años de soledad” está entre las cuatro o cinco novelas más grandes del mundo.

Hay una relación muy fuerte entre la obra de García Márquez y la de Cervantes. Las dos son novelas muy complejas y sutiles, llenas de misterios que pueden sin embargo llegar como pocas a un público mayoritario. Hay novelas muy buenas, exquisitas, pero son para pocos. En cambio “El Quijote” como “Cien años de soledad” las puede leer cualquiera.

Yo he hecho la experiencia como profesor de dársela a jóvenes y señoritas de quince y dieciséis años, de darles “Cien años de soledad” y han quedado maravillados. Porque es una novela de impulso cervantino, es moderna y tradicional a la vez.

Y veamos la relación entre Cidi Hamete y Melquiades: los dos escriben en otro idioma. Melquiades deja los manuscritos en sánscito, para que fueran traducidos, lo mismo que Hamete que tiene que traducir el Quijote. Y en ambas hay muchas historias metidas dentro de otra historia. Como Cervantes, García Márquez incorpora en su libro muchos dichos, muchas sentencias y refranes del habla popular.

Creo que Cervantes está en muchos de nuestros escritores, pero sobre todo está en “Cien años de soledad”.

(Fragmento de la conferencia del escritor Miguel Gutiérrez en el Simposio sobre la Segunda Parte del Quijote)

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