La donadora de libros

La hermana Rosa Dominga

 

La biblioteca del Cultural Peruano Norteamericano es un lugar entrañable. Entre la congestión vehicular y el alboroto del centro de Arequipa, aquella casona, ubicada en la cuadra cuatro de la calle Rivero, representa un oasis de calma y una puerta de ingreso a universos alucinantes. Con solo pagar quince soles por semestre, el usuario tiene derecho a recorrer personalmente sus estantes y prestarse libros hasta por dos semanas. Tiempo record para las bibliotecas de nuestra ciudad, donde no se admite préstamos a domicilio y donde se acostumbra mantener a los libros en cautiverio, como melancólicos tigres de zoológico.

Allí, rodeado de textos de toda clase, la probabilidad de vivir una experiencia excepcional es altísima. Y no solo porque sus estantes deparen aventuras y sobresaltos, sino también porque los usuarios y las personas que trabajan en este lugar comparten una feliz veneración por los libros y la lectura. En mi caso, uno de los episodios más interesantes que he vivido en la biblioteca me ocurrió hace algunos días, cuando tuve la oportunidad de conocer a la hermana Rosa Dominga, la donadora de libros.

La vi por primera vez mientras conversaba con José, radiante empleado de la biblioteca y viejo amigo. Se acercó a la sección de préstamos e informes acompañada de una joven que cargaba una bolsa repleta de libros para entregarlos en donación. Si bien me impresionó su avanzada edad y su fragilidad quebradiza (la hermana Rosa Dominga tiene 92 años), me sorprendió aún más la confianza y seguridad adolescentes con que subió las gradas para entregar los volúmenes en la oficina de procesos técnicos. Subí tras ella para pedirle una entrevista y, por intermedio de la directora, accedió amablemente. De aquel pequeño diálogo y de las cosas sorprendentes que luego averigüé en Internet, extraigo la siguiente semblanza:

Marie Trapazo Di´cicco, también conocida como la hermana Rosa Dominga, es una mujer mayor que posee una vitalidad de maratonista. Nació en los Estados Unidos, exactamente en la ciudad donde están ubicadas las cataratas del Niágara, pero hace muchos años que obtuvo la nacionalidad peruana: llegó a Lima en 1954 y reside en Arequipa desde el 2005. Es descendiente de migrantes italianos y sus padres, con la finalidad de que tuviera una buena educación, la acercaron a los libros. Por ello, a la temprana edad de seis años ya utilizaba activamente su carné de lectora y desde los trece empezó a trabajar en distintas bibliotecas. De ahí que se defina así misma como una amante de los libros.

No recuerda con precisión los textos que leía cuando era niña (“eso fue hace tanto”), pero sí recuerda que sobre todo se trataban de cuentos y biografías. También evoca, con el cariño tierno de las amistades infantiles, las historias de Louisa May Alcott, mundialmente famosa por las novelas “Mujercitas” y “Hombrecitos”. Actualmente su afición no ha decaído: “Está tejiendo y está leyendo”, nos dijo su joven acompañante. Además, sus lecturas son realmente variadas: entre los ejemplares donados, los cuales ha leído en su mayoría, podemos encontrar títulos tan diversos como “Budismo zen” de Daisetz T. Suzuki, “¡Indígnate!” de Stéphane Hessel, “Tierra baldía“ de T. S. Eliot, “Disidencia sexual y ciudadanía en la era del consumo neoliberal” de Norma Mogrovejo y “El hobbit” de J. R. R. Tolkien.

Además de su afecto por la lectura, la vocación por servir a los otros ha orientado el destino de esta religiosa. Por ello realizó estudios de trabajo social y es integrante de la sociedad Maryknoll, organización dedicada a trabajar con colectivos desfavorecidos en numerosas partes del mundo. De hecho, de acuerdo al blog “mujeresiconofem”, sitio web que detalla la biografía de cien íconos del feminismo a nivel mundial, esta humilde donadora de libros ha fundado diversas instituciones para el desarrollo de los desamparados y, por su perseverante defensa de los derechos de las mujeres explotadas y discriminadas de nuestro país, ha recibido varios galardones, entre ellos el “Reconocimiento por contribución a los derechos humanos”, otorgado por las Naciones Unidas, y el “Premio María Elena Moyano”, entregado por el Ministerio de la Mujer.

Después de tantos años dedicados a los libros y al prójimo, la hermana Rosa Dominga sostiene, luego de pensarlo pausadamente, que gracias a ellos podemos aprender a estimar a personas de distintos contextos y circunstancias y que, gracias al cariño que se tiene por los textos, es posible despertar nuestro sentido de la responsabilidad. La televisión, dice, ha reemplazado el lugar que ocupaban los libros dentro de la casa. Por ello es un reto para la sociedad difundir el amor por la lectura, para lo que recomienda, quizá basada en su experiencia familiar, propiciar el contacto entre los niños y los libros, así como facilitar su acceso sin imposiciones arbitrarias.

Para terminar, esta donación fue la segunda que la hermana entregó a la biblioteca, la primera data de noviembre de 2015, y aunque tal vez sea la última (pronto regresará a la gris ciudad de Lima para inyectarle su energía inacabable), quiero agradecerle, en nombre de los lectores de la biblioteca, los interesantes volúmenes donados, y, sobre todo, la lección de solidaridad y buen ánimo que nos ha dejado. Cuando uno conoce a la hermana Rosa Dominga, esta famosa frase del poeta Martín Adán cobra pleno significado: “La principal sabiduría es el entusiasmo”.

 

Deja un comentario