Vallejo y Dios

César Vallejo estaba destinado a ser cura también.

 

UNO

Este sábado 16 de marzo de 2014 Vallejo, el inmortal, cumple 122 años.

Nació en Santiago de Chuco, un pueblecito altoandino de La Libertad. Sus padres, con los castizos nombres de Francisco de Paula y María de los Santos, eran, sin embargo, hijos de curas gallegos en mujeres chimú de la región.

Mestizo, moreno de nariz aguileña, el menor de once hermanos, César Vallejo estaba destinado a ser cura también: en su casa se leía la Biblia y se guardaba toda la religiosidad campesina de entonces. Según González Vigil, la primera formación del poeta fue de una parte oral andina, y de otra parte muy religiosa; todo en un ambiente familiar feliz. Una mezcla potente de panteísmo y de cristianismo, de sencillez y sensibilidad, de naturaleza y amor a Dios que los críticos hallaron después en el fondo de los mejores poemas de Vallejo.

DOS

Dos versiones de Dios compiten en el seno de la Iglesia católica: la humanista y la dogmática.

De una parte el Dios de Vallejo, un dios encarnado en el hombre; y de la otra el dios esencialmente distinto al hombre, el eterno y universal, el puro y divino. De una parte la Teología de la Liberación, el Papa Francisco y el “Evangelii Gaudiums”; y de la otra la tradición según Juan Pablo II y el Concilio Vaticano II; de una Nikos Kazantsakis y de otra la beata Bernadette.

Lo dice Gustavo Gutiérrez: “El sufrimiento humano plantea los desafíos más profundos a la idea de Dios y a la fe en Dios, tanto que muchas veces intentamos esquivarlos. Cuando realmente se tiene la experiencia del sufrimiento no es fácil afirmar a Dios”.

“En Vallejo hay, como en algunos personajes bíblicos, una pelea con Dios… Los cristianos nos hemos vuelto muy temerosos de expresarnos así, en términos de pelea y de protesta a Dios. A algunos les suena casi una blasfemia porque no frecuentan la Biblia; en efecto, en ella esa actitud es clara y muy frecuente”.

“Si los personajes bíblicos se quejan ante Dios es porque creen en él y creen en su amor, de otro modo no se quejarían”.

“Creo que Vallejo tiene lo que podríamos llamar un acercamiento dialéctico a Dios”.

TRES

Dios mío, estoy llorando el ser que vivo;

me pesa haber tomádote tu pan;

pero este pobre barro pensativo

no es costra fermentada en tu costado:

tú no tienes Marías que se van! //

Dios mío, si tú hubieras sido hombre,

hoy supieras ser Dios;

pero tú, que estuviste siempre bien,

no sientes nada de tu creación.

Y el hombre sí te sufre: el Dios es él!

 

Hoy que en mis ojos brujos hay candelas

como en un condenado,

Dios mío, prenderás todas tus velas,

y jugaremos con el viejo dado…

Tal vez ¡oh jugador! al dar la suerte

del universo todo,

surgirán las ojeras de la Muerte,

como dos ases fúnebres de lodo.

 

Dios mío, y esta noche sorda, oscura,

ya no podrás jugar, porque la Tierra

es un dado roído y ya redondo

a fuerza de rodar a la aventura,

que no puede parar sino en un hueco,

en el hueco de inmensa sepultura.

(César Vallejo, “Los dados eternos”).

CUATRO

A estas contradicciones en el alma de Vallejo se sumaron luego otras.

Parte a Huamachuco a estudiar la secundaria y luego pasa a Trujillo, donde en 1910 se inscribe en la Facultad de Filosofía y Letras. Solo un año después desiste, y viaja a Lima donde quiere estudiar Medicina. Lo deja también. Vuelve a Trujillo, a Humachuco, trabaja de administrador en la Hacienda “Roma” y sale de allí “marcado”. Decide concluir sus estudios de Letras. Y finalmente viaja a Lima, a tentar el doctorado.

Campesino de nacimiento, al llegar a la ciudad Vallejo conoce el ateísmo y el agnosticismo (Darwin, Comte, Nietzsche, Gonzáles Prada, Marx, etc.) que asume intelectualmente, aunque sentimentalmente sigue siendo cristiano. Para unos, oposiciones violentas que propician su poesía más desgarrada; para otros, como Gonzáles Vigil, “feliz alianza entre corazón (andino-cristiano) y cerebro (marxista)”.

CINCO

Siento a Dios que camina / tan en mí, con la tarde y con el mar. / Con él nos vamos juntos. Anochece. / Con él anochecemos. Orfandad…//

Pero yo siento a Dios. Y hasta parece / que él me dicta no sé qué buen color. / Como un hospitalario, es bueno y triste; / mustia un dulce desdén de enamorado: / debe dolerle mucho el corazón. //

Oh, Dios mío, recién a ti me llego, / hoy que amo tanto en esta tarde; hoy / que en la falsa balanza de unos senos, / mido y lloro una frágil Creación. //

Y tú, cuál llorarás… tú, enamorado / de tanto enorme seno girador… / Yo te consagro Dios, porque amas tanto; / porque jamás sonríes; porque siempre / debe dolerte mucho el corazón.

(“Dios”, César Vallejo).

SEIS

Vallejo empezó a escribir poesía a los trece años, cuando era colegial. Sus primeras lecturas fueron de la poesía española del Siglo de Oro que le dejó un gusto perenne por el endecasílabo y el heptasílabo, por el Conceptismo, y por la poética del Quijote.

Cuando llega a Trujillo recibe la influencia de los bohemios, con lecturas de Walt Whitman, Nietzsche, Rubén Darío; del simbolismo francés, con Herrera Reissig; del antimperialismo, con Martí y Rodó; del novomundismo de Chocano; y del marxismo, con la obra de Marx y Engels.

Estas influencias son notorias en su primer poemario, “Los Heraldos Negros”, publicado en Lima en 1919.

Y aquí hay aun más contradicciones.

Del Romanticismo —dicen los críticos— Vallejo asumió la vertiente negra, la imagen del poeta maldito; el anhelo de Unidad, del Amor como lo Absoluto representado en el color azul; la idea de la libertad expresiva del poeta, nutrida de la autobiografía; la idea de la escisión Mente / Cuerpo, que Vallejo propone equilibrar; y el Pueblo como ideal.

Del Modernismo literario asumió el deseo de Modernidad, de actualizar sus conocimientos con lecturas europeas de vanguardia. Así aprendió el ateísmo y el marxismo; el cosmopolitismo, contra el provincianismo de Trujillo, y contra la sujeción mental a España; la admiración por Darío, que conservó hasta la muerte, en la originalidad, el cambio constante de técnicas, el combate entre Eros y la realidad, la esperanza en una utopía americanista; y por último el gusto por lo litúrgico y lo campestre de Herrera y Reissig.

Según el mismo González Vigil, el aporte original de Vallejo se halla en su poesía que expresa la crisis y la angustia que la Modernidad trae con su crítica a la tradición. Vallejo nos ofrece un lenguaje poético propio que rompe con la estructura métrica y de rima clásica. En cuanto a los contenidos, aparecen en él nuevos temas: la muerte, el dolor, el hogar de la infancia, el absurdo, la duda y la probabilidad. En Vallejo hallamos una sensibilidad indígena: nostalgia, pesimismo, ternura, panteísmo, sentimiento comunitario, etc.; junto al simbolismo numérico, de la Biblia, de la Cábala, de Pitágoras.

SIETE

Hay golpes en la vida, tan fuertes… ¡Yo no sé! / Golpes como del odio de Dios; como si ante ellos, / la resaca de todo lo sufrido / se empozara en el alma… ¡Yo no sé! //

Son pocos; pero son… Abren zanjas oscuras / en el rostro más fiero y en el lomo más fuerte. / Serán tal vez los potros de bárbaros atilas; / o los heraldos negros que nos manda la Muerte. //

Son las caídas hondas de los Cristos del alma / de alguna fe adorable que el Destino blasfema. / Esos golpes sangrientos son las crepitaciones / de algún pan que en la puerta del horno se nos quema. //

Y el hombre… Pobre… ¡pobre! Vuelve los ojos, como / cuando por sobre el hombro nos llama una palmada; / vuelve los ojos locos, y todo lo vivido / se empoza, como charco de culpa, en la mirada. //

Hay golpes en la vida, tan fuertes… ¡Yo no sé!

 

(“Los heraldos negros”, César Vallejo).

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